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lunes, 29 de junio de 2015

Sala De Lo Criminal (Georges Simenon)

 SALA DE LO CRIMINAL 
GEORGES SIMENON

CAPÍTULO PRIMERO



Para todos los que estaban allí presentes, a excepción de Petit Louis, no había nada extraño ni en el cielo ni en la tierra, era sólo una tarde luminosa, como suelen serlo las tardes de Lavandou, con esa calma que desciende de un cielo tibio y parece fijar los objetos y los sonidos; un recuerdo digno de conservarse en una tarjeta postal o pintado en las valvas de una concha.
¡Se respiraba bienestar!
Al final de la calle que bajaba en pendiente hasta el puerto, la plaza sombreada conservaba aún su decoración del 14 de julio: hojas de palmera, que a la luz del sol poniente eran de un verde suntuoso, y banderas colgadas que daban la impresión de estar pintadas sobre un telón de fondo.
A nadie se le habría ocurrido que a esta hora, cuando un color rojizo había cubierto ya la mitad del cielo, el azul empezaba a tornarse verde y los últimos resoles se ensanchaban por momentos en las aguas de la bahía, que esta hora, que parecía pertenecer a todo el mundo, era la hora de Petit Louis y cuanto había a su alrededor era pura figuración.
En la playa, delante del casino y junto al trampolín, quedaban algunos remolones tendidos en la arena. Las mamás iban y venían, con sus senos opulentos y sus muslos listados, de venas azules, y volvían sin prisa llevando de la mano a sus niños en bañadores rojos o verdes.
Por la calle bajaba algún coche de vez en cuando. Se oía el golpe brusco de sus puertas al cerrarse y unas siluetas blancas iban a reunirse con otras siluetas que ocupaban mesas en la terraza de la Potinière.
Los ojos de Petit Louis reían, sólo los ojos. Como en esos momentos felices de la existencia en que se puede intentar todo con toda seguridad de éxito. Al mismo tiempo miraba fijamente el reloj de Correos, cuyas manecillas señalaban en ese instante las siete menos dos minutos. Siguió paseando la vista por la fachada del cercano Hotel Provençal, hasta dejarla clavada en una de las ventanas del primer piso.
A su alrededor se habían congregado una veintena de personas que lo contemplaban con admiración: gente que pasaba y se detenía a ver su juego, mujeres en trajes de baño estampados de flores que volvían de la playa con su bolso de labor, hombres atraídos por la fama de su habilidad, pescadores con las ropas húmedas y el pantalón caído en la cadera.
La historia había comenzado cuatro días antes, cuando Petit Louis entró por primera vez en el Café du Centre. Llevaba el mismo traje gris claro, muy claro; los mismos zapatos de fino corte adornados por unas tiras de piel de serpiente algo raídas y cubiertas de polvo, y reflejaba esa alegría particular de las gentes que saborean el placer de vestirse de limpio en las mañanas de domingo, fáciles de reconocer en la calle por la manera de cuidar todos sus gestos, evitar las piedras al andar y espiar su silueta en las lunas de los escaparates.
En el café había toda clase de gentes: pescadores y extranjeros, indiferente tanto a los unos como a los otros, Petit Louis echó en la máquina tragaperras varias monedas de un franco y esperó atento hasta el momento en que se abrió la hucha dejando caer el botín con un crepitar de monedas que hizo estremecerse a los que estaban en la sala.
Nuestro hombre aceptó su éxito como un trofeo merecido y seguidamente se dirigió a un grupo de gentes del país que jugaban una partida de bochas delante de unas redes de pesca tendidas a secar. Los aldeanos gesticulaban dando grandes voces para hacerse entender por los extranjeros que los contemplaban. Petit Louis dijo sólo unas palabras:
—¡Déjame tus bolas un instante, amigo!
Había colocado una bola a veinticinco metros de distancia. El joven calculó, dio tres pasos, tres saltos más bien, y tiró su bola, que fue a chocar contra la primera con un golpe seco que hizo retroceder a público y jugadores.
Los ojos de Petit Louis brillaron. La aventura había comenzado. Y había empezado tal como él deseaba, porque media hora más tarde era aceptado a jugar una partida rodeado de un grupo de espectadores cada vez más numeroso.
—¿Eres de Marsella? —le preguntó un pescador.
—Vengo de por allá... —respondió secamente.
Los jóvenes, aquellos que tenían entre quince y dieciocho años, miraban con envidia su gorra de franela blanca, sus zapatos de buen corte y el bastón que llevaba en la mano izquierda, los veraneantes se lo mostraban unos a otros con un guiño y las mujeres se quedaban atrás para ver su juego.
—¿Cuál es la partida más fuerte de aquí?— preguntó al día siguiente.
Los desafió y los venció. Luego retó al oficial de correos, monsieur Bauche y le ganó cincuenta francos.
—Propongo un mano a mano. Le emplazo para el lunes, en plena calle, delante de la oficina de Correos.
—Siempre que no sea antes de las siete...
Las siete menos dos minutos, menos un minuto. Para entrenarse, Petit Louis se había jugado el aperitivo con el mecánico de un garaje y el cocinero del Hotel Provençal. Nadie se preguntó por qué había elegido aquella calle para la partida y precisamente en un cruce en el que los coches no dejarían de molestarles, en vez de aprovechar las sombras de la plaza.
Detrás del grupo había un coche arrimado a la acera, delante del escaparate de una tienda en el que se exhibían neumáticos, bañadores y balones hinchables.
—Aquí llega nuestro oficial...
Monsieur Bauche se había quitado la chaqueta y se dirigía hacia el grupo sopesando las bolas como calculando la importancia de lo que iba a suceder.
—¿Sigue apostando cien francos contra diez?
—¡Cien contra diez!
Y los ojos de Petit Louis volvieron a brillar mientras los curiosos repetían los términos de la apuesta y una silueta, en el primer piso del hotel, desaparecía de la ventana.
—Usted primero... Tire el tángano...
En la escalinata del Provençal, el maletero, el portero y el jefe de recepción seguían la partida. La puerta giró. Petit Louis no pareció preocuparse, pero sabía que una señora se acercaba a ellos, fascinada y abriéndose paso entre la gente hasta colocarse en primera fila.
Como para recompensarla, tiró a veinte metros e hizo un estanque, luego miró a la mujer preguntándole con la vista:
—¿Estás contenta?
¡Sólo Dios sabía si él tenía que hacer allí otra cosa en aquel momento, si los minutos, a partir de ahora, iban a estar llenos de contenido! Lo abarcaba todo con la vista: el coche al borde de la acera, otro coche aparcado a la derecha en la carretera, dos hombres que fumaban un cigarrillo en la última fila de curiosos y, sobre todo, las manecillas del reloj .y el rostro sanguíneo del de Correos que echaba pestes, no contra la mujer, sino contra los guijarros de la calle.
—¡Tres a cero! ¿Quiere que le dé diez puntos, monsieur Bauche?
La mujer de la primera fila se mostraba insinuante, dulce y tierna, y hacía perder a Petit Louis el hilo de sus ideas hasta tal punto que no podía evitar pedirle su aprobación después de cada jugada.
Todo lo que sabía de ella era que vivía en el Provençal, es decir, en el mejor hotel, que estaba sola de la mañana a la noche, tan poco vestida como un mínimo de pudor le permitía, luciendo en su espalda grasa y carnosa unas quemaduras de sol sangrantes.
La víspera le había dicho en son de broma:
—Apártese un poco, mamá...
Pero al notar que se entristecía arregló los efectos de la frase con una amable sonrisa.
Tendría unos cincuenta años, quizás más, pero esto no le impedía ser cariñosa ni ocupar un puesto en la primera fila siempre que Petit Louis cogía las bolas en su mano. Y se quedaba allí atenta, absorta, hasta que alguien la empujaba cuando se acercaba un coche.
—¡Apuesto a que hago un marro!
Con sus tres saltos inimitables, lanzó la bola que, describiendo una parábola, fue a chocar de pleno con la bola enemiga...
La oficina de Correos era una sala estrecha de forma angular, con una puerta a una calle y otra a la contigua, las ventanas cerradas por rejas y un buzón verde colgado en la pared rosa.
Salió una de las auxiliares, la más vieja, que era de París e iba a reunirse con su madre en una pensión familiar. Luego apareció la otra, una joven algo bizca con la que Petit Louis había galanteado la víspera.
—Tengamos en cuenta que usted es un profesional — comentó el administrador de Correos, apuntando sin mucha ilusión.
En aquel momento, iba a ocurrir todo y era chocante ver temblar el bigote del buen hombre, mientras que dos tipos, aprovechando el grupo de espectadores que los cubrían, penetraban en la oficina de Correos.
Petit Louis hizo una pequeña pausa, encendió un cigarrillo para reanimarse y fue a ver el tanto de su amigo con una falsa despreocupación.
—Esto está ganado... —dijo automáticamente.
Pero perdió la jugada y frunció las cejas sólo porque su admiradora se creyó en la obligación de aparentar un aire desolado.
—Ganaré a la segunda...
Pero también perdió y ganó monsieur Bauche, que volvió esponjado, radiante, con sus bolas.
—Hoy tiene la suerte de espaldas...
Mirando a la oficina de Correos, Petit Louis veía a un tiempo los árboles que daban sombra a la plaza, las banderas del 14 de julio y el sol que se ponía.
Las manecillas del reloj señalaban las siete y ocho minutos. Todavía erró una bola, volvió a fruncir las cejas y empujó a un muchacho que se reía de él.
—¡Mía! —gritó monsieur Bauche.
La partida empezaba a perder interés. Un ruido de motores avisó a Petit Louis. Las gentes se apartaron para dejar paso a un coche y luego a otro y el rectángulo volvió a cerrarse alrededor de los jugadores. La bola de monsieur Bauche acababa de detenerse a tres metros del final.
Petit Louis sintió necesidad de decir o hacer algo y buscó con la mirada a su admiradora. Acariciándola con las pupilas, murmuró:
—¿Apostamos un aperitivo a que me la cargo del primer tiro?
A lo que ella respondió con un movimiento de cabeza porque la emoción le impidió hablar.
—¡No volverá a conseguir ni un solo punto, monsieur Bauche!— dijo, preparándose para tirar.
—Ya veremos...
—Está visto... Mire...
El ruido del hierro contra el hierro de la otra bola dio la respuesta.
—¿Cuántos puntos tiene?
—Tres...
—Si consigue uno más, uno solo, ¿me oye?, le doy por ganada la partida...
A partir de ahora podía permitírselo todo. Estaba seguro de sí. Las bolas le obedecían. Y ni siquiera se tomaba el trabajo de apuntar antes de dar sus tres típicos saltos.
—Trece... Y uno catorce... Y uno...
—Ése no está todavía...
—Espere a que pare... ¿Qué le decía...?
Como en los estadios, al terminar la partida las gentes se separaron, volvieron a su vida, a su propia identidad.
—Voy a buscar el dinero... —dijo monsieur Bauche.
—No corre prisa... Hay tiempo.
—No faltaría más. Cuando uno pierde la partida...
Las mujeres se fueron a la tienda de comestibles a hacer sus compras, otras se sentaron en las terrazas. Petit Louis se quedó solo con su admiradora cuyos senos opulentos temblaban bajo un fular de flores que le cubría el pecho y se anudaba en la nuca.
—¿Y bien? — preguntó.
—Le debo un aperitivo...
—Pues vamos...
Ella se preguntaba aún si era verdad que caminaba junto a él, si era verdad que le ofrecía una silla en la Potinière con su singular galantería.
—Siéntese. El oficial de Correos no tardará en llegar.
Hubo un momento de lucha, pero Petit Louis no pudo reprimir la necesidad de hacer una observación, fue más fuerte que él. Y añadió:
—¡Se va a encontrar en una difícil situación!
—¿Por qué?
El camarero le interrumpió.
—Menta con sifón —pidió Petit Louis—. ¿Y usted, señora?
—Lo mismo... Me da igual... ¿Decía usted...?
—No, nada. ¿Hace mucho tiempo que vive en Lavandou?
—Sólo llevo ocho días y ya me aburro. No me gusta este ambiente.
Sacó su pitillera y luego un bonito encendedor de oro. Petit Louis no pudo sustraerse al impulso de cogerlo en su mano para controlar su peso.
—¡Oh! Aquí predomina el ambiente familiar —comentó, mirando hacia una mesa en la que había un señor barbudo rodeado por cuatro niños.
—Una sociedad de modistillas... —replicó ella.
Él le tocó el brazo:
—¡Mire!
—¿Qué tengo que mirar?
La oficina de Correos no se veía desde el lugar que ocupaban, pero en aquel momento cruzaba la calle el oficial, gesticulando mucho, acompañado por un policía que había ido a buscar a la plaza.
—¿Qué ocurre?
Dejando a un lado toda compostura apretó con la suela gastada de su zapato el pie de su compañera, sin reparar en que ésta iba calzada con unas ligeras sandalias. ¡Pero él se podía permitir todo! Algunas personas se habían puesto de pie y se dirigían a la oficina de Correos, pero nadie sabía exactamente qué ocurría.
—¿Le ha hecho alguna trampa? —preguntó ella, confidencial.
Él respondió con un guiño.
—¿Correrá peligro si se queda aquí?
—Si usted me invita a cenar, nadie podrá impedir que me quede...
—Será un placer. Pero... sucede algo...
Un tropel de gente aparecía y desaparecía por la esquina de la oficina de Correos.
—¿Qué le parece si camináramos un poco...?
Echaron a andar hacia la plaza, él con el cigarrillo en la boca y las manos en los bolsillos.
—Ha llevado a cabo un atraco, ¿verdad?
—Cálmese... ¡No tenga miedo! Todo el mundo ha visto que yo estaba jugando a las bochas. No se puede jugar y desvalijar una oficina al mismo tiempo...
—¿Qué han desvalijado la...?
Por un momento sintió deseos de reñirle, de increparle:
—¡Dios mío! ¡Es usted muy imprudente! Pero él parecía tranquilo, disfrutando la calma del aire, del cielo cada vez más verde, de un bañador rojo que se había quedado en la playa y que era como el último vestigio de un día de sol.
—¿Es usted el jefe? —preguntó la compañera de Petit Louis.
—Todavía no...
—¿Son amigos suyos los que han hecho eso? —Sí, amigos... Pero, dígame, ¿por qué no buscamos una mesa?
—¿Dónde quiere cenar?
—Tal vez no sea prudente cenar en su hotel... Podemos volver a la Potinière.
El ambiente estaba agitado. Delante de Correos se habían detenido varios grupos. Y antes de terminar la cena vieron llegar un coche de Hyères con agentes de la brigada móvil que entraron en el despacho.
A Petit Louis le subió la presión. No había bebido vino ni nada de alcohol, sin embargo tenía las mejillas rojas y las yemas de los dedos cargadas de electricidad. —Cuénteme... —suplicó su compañera. —Dígame usted primero su nombre. —Constance d'Orval... Soy viuda... —¡Estaba seguro! —¿Por qué?
—Por nada... ¿Vive usted en París? —Vivo en Niza y he venido aquí para cambiar un poco de aires... —¿Hotel? —¿Cómo?
—Pregunto si vive en algún hotel de Niza. —De momento vivo en un apartamento amueblado mientras llegan los muebles de mi finca.
—¿Tiene una finca?
—En el Loira... Pero la vida allí es muy triste para una mujer sola.
Estaba enternecedoramente dulce, dócil, enamorada. Parecía que iba a fundirse. Los ojos se le habían llenado de lágrimas.
—Ahora cuénteme usted lo que ha hecho...
—¡Bah! ¡Casi nada! Un golpe que va a reportarme alrededor de unos doscientos billetes...
—¿Qué...?
—Como en Lavandou no hay bancos y este año se ha hecho puente el catorce de julio... Los hoteleros y los comerciantes tenían esta mañana sus cajas a tope. En alguna parte tenían que depositar el dinero... Lo llevaron a Correos...
A cada frase hacía ella un gesto de admiración. —El tren no pasa hasta las siete y treinta y dos... La oficina cierra a las siete... Las plicas y valores sellados quedan depositados en las sacas y como único guardián hasta el momento de ir a la estación con su valija, queda el viejo Macagne, el cartero de invierno. Ella se conmovió:
—¿Lo han matado...?
—¡No! Una buena mordaza en la boca, los pies y las manos atados con cuerdas...
—¿Por eso eligió usted este lugar para la partida de bochas?
—Exactamente...
—¿Y también ha ideado usted el plan? Petit Louis no respondió. Se limitó a sonreír modestamente. Unos instantes después, cuando los dos escuchaban la música que salía del casino, Constance suspiró:
—¿No despertará ninguna sospecha?
—¡Qué importa!
—Pueden detenerle...
Pero él seguía jugando con el encendedor de oro y por un momento sintió la tentación de deslizado en su bolsillo.
—¿Cuándo tiene que encontrarse con sus amigos?
—Cuando me den la señal...
—¿Cómo? ¿Están aquí...?
—No. A estas horas, dos de ellos estarán ya en Marsella y los demás por la parte de Cannes o Niza tal vez.
—¿Llevan coches robados?
—Veo que lee usted las páginas de sucesos.
—¿Y son todos tan... tan jóvenes como usted?
—Titin, quiero decir, uno de ellos, tiene treinta y cinco años.
—¿Y usted?
—Veinticuatro.
—¿Está casado?
Sobre la mesa había una lámpara en forma de bujía cubierta por una pantalla color salmón. Las gentes comentaban en la terraza el atraco a la oficina de Correos, pero Petit Louis no prestaba atención. Eran ya cerca de las once de la noche cuando propuso:
—¿Y si fuéramos a acostarnos?
Ella se estremeció. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie les había oído.
—¿Dónde? —preguntó.
—Pues... en su hotel...
—¿Y si nos ven entrar?
—¿Le molesta...? Vaya usted delante... Dígame el número de su habitación...
—El diecisiete...
—Dentro de un cuarto de hora estoy allí...
Petit Louis se levantó y dio unos pasos bajo los árboles mientras ella pagaba la cuenta. Al pasar junto a él le hizo una seña porque le resultaba imposible pasar de largo sin ofrecerle una muestra de su ternura.
—Dentro de un cuarto de hora... —murmuró.
Aún quedaban cinco o seis curiosos en la acera frente a Correos. Todas las ventanas estaban iluminadas y un policía custodiaba la puerta.
Petit Louis entró en el Café du Centre y se acercó al mostrador.
—Una menta verde... Dígame... ¿Esta historia del atraco es un truco del oficial de Correos para no pagarme los diez francos?
La broma cayó como una loza, pero él se encogió de hombros y siguió:
—Va a ser una bomba periodística... Los gángsteres de Lavandou.
Miró a su alrededor desafiando a los ocupantes del café con la mirada, pero ninguno se atrevió a abrir la boca. Se caló entonces la gorra de un papirotazo, echó cinco francos en el mostrador y salió.
Poco después entraba, tomándose su tiempo, en el hall del Hotel Provençal. El gerente, que estaba todavía haciendo cuentas, levantó la cabeza. El conserje también la levantó.
Petit Louis se detuvo, encendió un nuevo cigarrillo y dijo:
—Voy a ver a madame d'Orval... En el diecisiete... Me espera...
Al poner el pie en el primer peldaño de la escalera recordó algo y volvió a la conserjería.
—Para mí, mañana a las ocho, café negro y cruasán.


CAPÍTULO SEGUNDO



Con el aire del que se prepara a dar un golpe maestro, Battisti le increpó:
—¿Sabes que el viejo Macagne está en el hospital y que si le pasa algo las cosas pueden irte muy mal?
Petit Louis, que todavía conservaba en sus pupilas algunos destellos de alegría, se limitó a responder con desprecio:
—¡Déjese de bromas!
Su vida seguía ahora el ritmo de esas ferias de pueblo que no dejan un momento de respiro. Se levanta uno por la mañana con la cabeza todavía cargada de la noche anterior y antes de que acabe de abrir los ojos se acuerda de que la fiesta continúa y que no puede seguir descansando en su cama porque los caballos esperan a los niños a la salida de misa.
La policía había entrado en el hotel en el momento en que Petit Louis acababa de fumarse su primer cigarrillo y se disponía a hacerse el nudo de la corbata delante del espejo.
—Abajo preguntan por usted...
—Dígales que bajaré en seguida...
Y, dirigiéndose a Constance que seguía en la cama con la bandeja del desayuno apoyada en el vientre, le dijo:
—¡Vístase de prisa...!
—¿Todavía?
—Quiero decir que te vistas de prisa...
Le había suplicado que la tuteara. Pero no era fácil, ¡qué diantre!, y él se equivocaba a cada momento.
—¿Estás seguro de que van a dejarte tranquilo?
¡A toda marcha! El tiempo de bajar la calle en pendiente en un par de zancadas, como un muñeco mecánico y ya estaba frente al comisario Battisti de la brigada móvil al que había visto por primera vez en Marsella. Battisti se propuso mantenerlo a raya con su historia de Macagne, pero Petit Louis repetía invariablemente, mientras exhalaba el humo de su cigarrillo:
—¡Déjese de bromas!
—Escúchame, Petit Louis, ¿puedes decirme dónde duermes desde tu llegada a Lavandou hace cinco días si no estás inscrito en el registro de ningún hotel?
—Puede ser que siempre haya ocurrido como la noche pasada... —murmuró.
—¿Desde cuándo no has visto a tus amigos de Marsella? A ver, enséñame la cartera.
Sólo tenía un billete de cincuenta francos, un billete del autobús Hyères-Tolón, el retrato de una mujer desnuda y un mechón de cabellos castaños.
—¿Es todo el dinero que te queda?
—Todo.
—¿Y qué piensas hacer?
—He encontrado un empleo.
—¿Con la vieja?
—Me ha nombrado su secretario particular. En la acera se habían agrupado siete u ocho personas que esperaban presenciar una detención. Lo que menos sospechaban era que en el interior, el interrogatorio se llevaba a cabo en un tono cordial, casi alegre y que para Battisti el asunto tenía casi el mismo aire de tragedia que para Petit Louis.
—Voy a decirte una cosa que debes tener muy en cuenta. Hasta este momento no ha habido mucho jaleo. ¿Por qué fue tu primera detención?
—Injurias de palabra y obra a un agente de la policía...
—¿Y la segunda?
—Me cogieron en el Modern Bar durante una pelea con una pistola en el bolsillo.
—Pues bien, escucha un consejo de amigo: no te dejes coger la tercera, porque si sucede, algo me dice que las cosas irían bastante peor. Estás demasiado seguro de ti y te gusta mucho fanfarronear.
Petit Louis se llevó la mano a la gorra que no se había quitado y salió. En la puerta, se detuvo un momento mirando a los curiosos que le observaban.
Media hora más tarde se encontraba en un autocar, sentado al lado de Constance. La idea había partido de él.
—¿Y si nos fuéramos a Niza?
Luego le había preguntado, observándola de reojo:
—¿Tiene coche?
—Lo tenía, pero me veía obligada a pagar un chófer...
No había tiempo que perder. Ya hablarían del coche más adelante. De momento tenían que viajar en autocar entre la aglomeración de extranjeros que pegaban su rostro a los cristales para poder admirar cuanto encontraban a su paso.
Hacía calor. El aire olía a eucaliptos y polvo. El movimiento del vehículo adormeció a Constance que cerró los ojos. De vez en cuando los abría y sonreía, con una sonrisa angelical, mirando a su alrededor como si acabara de despertar de un sueño y trataba de asegurarse de que Petit Louis formaba parte de su realidad.
Cuando pararon en la plaza Massena, él ordenó:
—Tomaremos un taxi.
Su compañera protestó:
—Pero si es aquí al lado.
No hizo ninguna objeción porque de momento no pensó nada, pero cuando se vio caminando a lo largo de la hilera de casas, cargado con una maleta pesada y una ridícula sombrerera de cartón se lamentó:
—A ver si me va a resultar también avara...
Pero no podía decir nada antes de ver la casa. En realidad no estaba lejos. Cruzaron la Avenue d'Albert I, entraron en la Rué de France y la primera esquina a la derecha... Una calle tranquila, con dos hileras de casas amarillas exactamente iguales unas a otras.
—Espero no haber guardado la llave en la maleta —comentó ella jadeante porque la hacía caminar a prisa—. A veces tengo un cerebro de gorrión.
Él no hizo ningún comentario, se limitó a dirigirle una aviesa mirada que ella no vio. Feliz y radiante de dicha, Constance miró a las ventanas de ambos lados esperando que algunos vecinos la vieran llegar con su conquista.
—Es aquí... Espera...
En la fachada había una placa de mármol con la siguiente inscripción: «Villa Garnot» y al primer golpe de vista quedaba claro que se trataba de una casa de apartamentos amueblados. En un recuadro junto a la puerta estaban escritos por lo menos los nombres de treinta inquilinos: una comadrona, un doctor en medicina, un nombre ruso, una masajista, un profesor de canto...
La escalera era también de mármol. Constance se detuvo en el segundo piso, torció por un pasillo que ya sólo era de mármol sintético y empezó a buscar la llave.
Se abrió la puerta del apartamento contiguo y Petit Louis pudo admirar la figura de una muchacha joven, despeinada, apenas cubierta por una bata, cuya triste mirada se cruzó con la suya.
—¿Quién es? —preguntó a Constance una vez dentro del apartamento.
—Nadie de bien... Una mala gitana, Petit Louis.
—¿Cómo?
—Bueno... Espero que al menos no te dedicarás a correr detrás de las vecinas.
Aunque lo dijo en tono de broma, él notó que en el fondo de su alma habían brotado los celos. Dejó en el suelo la maleta y la sombrerera y fue a abrir las persianas mientras decía:
—Hay una cosa que conviene que sepa: y es que yo no admito que nadie me pregunte sobre lo que hago.
—¿Vuelves a hablarme de usted?
—Tú, si te gusta más.
—¡Qué malo eres!
¡No! ¡Nada de enternecimientos! Nada de lágrimas y besos mojados como ella solía hacerlo, asfixiándole con el peso de sus senos.
A las cosas hay que darles seriedad. Y miraba a su alrededor sin poder saber exactamente si estaba contento o no.
—¿Esto es el salón?
—Sólo hay tres habitaciones y el recibidor... Si Niuta se va, podemos quedarnos con su apartamento.
—¿La vecina?
—Sí... Espera... No hagas caso del desorden... Cuando me fui no sospeché que volvería acompañada.
Temía que él se llevara una mala impresión y corría de acá para allá poniendo cada cacharro en su sitio y los cojines en sus correspondientes sillones.
—No entres todavía en mi habitación... Voy a verla yo primero...
No estaba ni bien ni mal, como el resto de la casa, como el propio nombre de la entrada, al estilo nizardo de 1900, con peluches, falsos bronces, tapices sombríos por todas partes y figurillas de nácar y vidrio.
Sobre la chimenea presidía un retrato de hombre con el rostro cuadrado, los cabellos grises y una insignia de la Legión de honor en la solapa.
—Ya puedes venir... Mañana lo encontrarás todo más limpio...
Era un cuarto rococó pero acogedor, con mucho satén azul pálido y en el centro Constance que había encontrado la manera de vestirse con un salto de cama.
—¿Te cuesta muy caro? —preguntó Petit Louis después de echarle una ojeada al apartamento.
—Seiscientos francos al mes más gastos extra.
—¿Y la tercera habitación?
—Tengo que arreglarla... Me sirve de cuarto trastero...
Era también un dormitorio, tal vez previsto para una sirvienta, porque daba a un patio interior y estaba amueblado con una cama de hierro, un lavabo cojo y un armario de una sola luna. Estaba lleno de maletas amontonadas, cacharros, sillas que no cabían en otra parle, cuadros con fotografías y acuarelas.
—Se puede cambiar el mobiliario —propuso Constance—. Con un poco de gusto puede hacerse de ella un cuarto de soltero muy acogedor.
Petit Louis no dijo sí ni no. Reflexionó, calculó y habló al fin:
—¿No hay cocina?
—Muy pequeña.
Se la enseñó: una especie de alacena con una placa y unas cacerolas de fondo negro.
—¿Quién es el tipo del salón?
—¿Cuál?
—No te hagas la imbécil... El del pelo a cepillo y la insignia en el ojal...
—Te explicaré...
Petit Louis se había quitado la chaqueta y continuaba su inspección en mangas de camisa.
—¿Me escuchas...?
—Claro, que sí...
—Te he dicho que estuve casada... Y no he mentido porque es verdad que lo estuve cuando apenas tenía diecisiete años...
A él le importaba poco la historia y seguía abriendo armarios y curioseando lo que había dentro.
—Poco después conocí a un personaje de elevado rango que no era libre y me convertí en su amante.
-Fue entonces cuando vine a vivir a Niza... Tenía aquí un chalé, un coche, un mayordomo... ¿Qué dices de todo eso?
—¿Yo? ¡Nada!
—Aquel hombre murió...
Le habría gustado ver a Petit Louis detenerse al menos un instante. Pero él no paraba. Iba y venía sin descanso de una habitación a otra.
—Uno de sus amigos...
—¡Bueno, abrevia! ¿Cuántos has tenido?
—Tres. Todos gente bien... Muy bien situados, quiero decir... El último es diplomático...
—¿Y viene con frecuencia?
—Dos veces al mes. El primer y tercer viernes...
—¿Duerme aquí?
—Sí —confesó ella, sonrojándose.
—¿Y la limpieza?
—¿Cómo?
—Pregunto que quién hace la limpieza...
En el rostro de ella se dibujó un gesto de desconcierto y él comprendió que iba a responder con una mentira.
—Hace tiempo que despedí a la sirvienta porque .comprobé que me robaba... No he tenido tiempo de buscar otra... La portera me echa una mano...
De acuerdo... Se hacía cargo... Petit Louis se la imaginaba por las mañanas con las ventanas abiertas, la ropa de cama puesta a ventilar y ella, en zapatillas, con el pelo recogido en un pañuelo, luchando contra el polvo.
—¿Comes aquí?
—Al mediodía... Por las tardes salgo... En la esquina de esta calle hay un restaurante pequeño donde .nos encontramos cada día los habituales, casi todos son rusos, gente muy bien educada...
Petit Louis recogió su chaqueta, que había dejado encima de la cama, se la echó al brazo y dijo:
—¡Hasta luego!
—¿Te vas?
—Sólo el tiempo que necesitas para arreglar la habitación...
—¿Volverás?
Se encogió de hombros. ¡Claro que volvería! Se dejó acompañar hasta la escalera, aceptó un beso húmedo en las mejillas, miró a la puerta de la vecina y echó a lindar escaleras abajo silbando.
Se detuvo a leer los nombres de todos los vecinos I en el pasillo de abajo, salió a la calle, entró en la taberna más cercana y sin darle mucha importancia hizo varias preguntas.
Al fin se instaló en una mesa en la terraza de un bar pintado de azul cielo y se puso a escribir con mucho trabajo valiéndose de una pluma que rayaba el papel y le hacía agujeros.
Querida Lulú:
No te extrañes si te escribo desde Niza. No, no es lo que estás pensando. He conocido a una señora bien que me ha ofrecido una habitación en su apartamento.
Ya sabes lo que quiero decir con «una señora bien»... En principio me ha dicho que se llama Constance d'Orval, pero cuando, así como por descuido, he metido las narices en sus papeles, he visto que su verdadero nombre es Constance Ropiquet, ¿lo entiendes?
Ya veremos lo que sacamos de aquí. Como picar, ya lo creo que ha picado y sospecho que anda muy cerca de...
Bueno, ve a mi habitación, recoge mi traje de repuesto, las camisas y los zapatos y me lo envías todo a la estación de Niza que yo iré a buscarlo.
Aún no he tenido noticias de los amigos, si tú las tienes escríbeme en seguida a lista de Correos. Iré a mirar iodos los días. Aprovecha esta oportunidad para enviarme algún dinero. No sé cuándo me darán lo que me deben.
Espero que Gene no haya vuelto a visitarte, si va, dile de mi parte que le costará caro.
Saludos a madame Adela.
Un abrazo.
Echó la carta en un buzón, entró en una peluquería, ordenó que le afeitaran y le cortaran el pelo y salió del salón despidiendo un fuerte olor a masaje.
Los periódicos hablaban del atraco de Lavandou y aseguraban que los ladrones se habían llevado cerca de doscientos diez mil francos. Uno de los coches había sido encontrado en la Corniche de l'Esterel, en Trayas. El otro había sido recogido por su propietario en Tolón, estacionado no lejos del lugar donde había sido robado.
M. Battisti, comisario de la brigada móvil, ha interrogado a diversas personas al respecto y parece estar sobre una pista segura...
El aire era dulce como un producto de confitería y la ciudad tenía color de bombón. Petit Louis sonrió imaginándose a Constance afanada en la tarea de limpiar su habitación y arreglarla con ayuda de la portera.
De repente se acordó del taxi que no había querido coger y del comentario sobre la vecina y se dijo:
«Tendré que educarla...»
Conocía bien Niza porque había estado allí otras veces, pero se sentía menos cómodo que en Marsella o Tolón. Miraba con desconfianza las terrazas de los cafés llenas de hombres con pantalón blanco y panamá, y mujeres de edad madura, al estilo de Constance. Estuvo a punto de entrar en el Casino de la Jetee, pero se detuvo porque sólo le quedaban cincuenta francos en el bolsillo.
Cuando salió de Villa Carnot, eran las cuatro de la tarde. Ahora eran las seis. La Promenade des Anglais estaba abarrotada de público y un pequeño hidroavión se pasaba el tiempo despegando y aterrizando con un ruido fastidioso.
«¿Y si llamara por teléfono a mi hermana?», pensó.
Algo le inquietaba. Pero tenía que dejar transcurrir el tiempo, para que Constance pudiera limpiar la habitación y para hacerle creer que tenía cosas que hacer en la ciudad.
Entró en una cabina y pidió comunicación con el Bar des Amis en La Seyne.
Su hermana, tres años mayor que él, estaba casada con el dueño del bar. El negocio marchaba bien porque estaba situado frente a unos astilleros.
—¿Marguerite? Soy Louis, sí... ¿Qué te cuentas?... No. Desde Niza... Ya te lo explicaré más tarde... ¿Está ahí Fernand?... Dile que todo va bien... Battisti ha querido hacerse el listo, pero ha fallado el papel... ¿Me oyes? Escucha... Si ves a alguno de los otros... ¿Comprendido?... No me gustaría que me pescaran... Eso es todo... Hasta otra, Marguerite...
Los pocos kilómetros que había recorrido en autocar eran en realidad una insignificancia y, sin embargo, aquí se sentía expatriado. En Tolón había cincuenta bares donde al entrar, todo el mundo le habría estrechado la mano. En Marsella le bastaba andar cinco minutos para encontrar conocidos... Y en los pequeños pueblos de la costa hasta Lavandou, donde quiera que había una taberna y jugadores de bochas, se sentía en casa...
Acabó por entrar en un cine. Después se fue a comer raviolis a un restaurante italiano y a las once de la noche paseaba solo por la Avenue de la Victoire apretando el mechero con la mano metida en el bolsillo. Al paso descubrió una joyería, muy angosta, que esperaba abierta a los jugadores desafortunados. Petit Louis no resistió a la tentación de entrar:
—¿Qué vale esto? —preguntó.
Detrás del mostrador había una mujer judía de unos cuarenta años que le miró de pies a cabeza. Después de examinar cuidadosamente el mechero, dijo:
—¿Quiere venderlo?
—Si me lo paga bien...
—¿Tiene algún documento de identidad?
Él sonrió.
—No tenga miedo que no lo he robado...
—Yo no he dicho eso...
—Y si lo hubiera dicho tampoco me habría ofendido... ¿Cuánto?
—No puedo darle más de trescientos francos...
—Es decir, que vale mil...
—Cuando lo han comprado seguramente, pero en la reventa...
—¡Démelos!
—No puedo... Déme su dirección y le enviaré un cheque, es el reglamento...
Dudó un momento y al fin decidió:
—Entonces, no...
Si le hubieran entregado los trescientos francos en el acto, habría vendido el mechero, pero si tenía que esperar...
Lo más curioso era que, cada cuarto de hora, por lo menos, le venía al pensamiento la imagen de la joven que había abierto su puerta y cuya mirada se había cruzado con la suya. Un día u otro se la encontraría de cerca...
¡Se acabó! Estaba cansado de vagar por la ciudad y decidió volver a casa. Al llegar al segundo piso, encontró a Constance que le esperaba con la puerta entreabierta.
—¡Entra rápido! Creí que no volverías —murmuró—. ¿Qué has estado haciendo?
Con el salto de cama violeta sin más estampado que unas pequeñas plumas blancas bordadas, muy espaciadas, parecía un obispo.
—¿Has comido?
—¡Faltaría más!
—Y yo que había preparado...
Lo había preparado todo. La habitación iluminada solamente por una lamparilla velada por una mampara de seda y sobre una mesita: pollo frío, ensalada, media langosta y una botella de vino de Cassis.
—¿De veras no tienes hambre?
Constance esperaba alguna expresión de reconocimiento o de ternura, pero él, que aun sin motivo era persona arisca, se limitó a preguntar fríamente:
—¿Y qué es lo que hace exactamente tu «paganini»?
—¿Mi qué...?
—El viejo ese del retrato, ¿no te enteras?
—Ya te he dicho que es diplomático...
Él quería más detalles, pero ya había abierto la puerta de su cuarto que ahora estaba perfectamente limpio y con un jarrón de flores encima de la mesa.
—Tengo sueño... —bostezó de pie entre las dos habitaciones.
—¿Tan pronto?
—A propósito, tendrás que darme una llave...
—Encargaré una.
—Exacto... Buenas noches.
De repente se volvió y preguntó:
—¿Cuánto te ha costado el encendedor?
—No sé... Me lo han regalado...
—¿Quién? ¿El del retrato?
¿Por qué se sonrojaba?
—Bueno...
—¿Te lo han regalado o lo has comprado tú?
—Lo compré yo un día que gané en la Jetée...
—¿Juegas?
—A veces... Es decir, algunas tardes...
—¿Cuánto?
—¿Cuánto qué...?
—¿Cuánto te ha costado?
—Mil cuatrocientos francos... Valía mil quinientos, pero yo regateé un poco...
La cortó bruscamente:
—¡Buenas noches!
Y, sin mirarla, cerró la puerta, se sentó al borde de la cama y se quitó los zapatos.
Estaba seguro de que Constance espiaba detrás de la cerradura esperando de él alguna reacción, pero había allí cosas que no le parecían muy católicas y prefirió acostarse. Algo mohíno, apagó la lámpara y se quedó un rato con los ojos abiertos, mirando las sombras que hacía la luz que entraba por las rendijas de la puerta y que parecían dos piernas grandes y robustas.


CAPÍTULO TERCERO



A simple vista, podía reconocerse en el joven que bajaba del autocar en la plaza del mercado de Hyères, al Petit Louis de siempre: la gorra blanca bien plana, los zapatos bien limpios, asegurándose antes de poner los pies en el suelo, el aire negligente y su forma de mirar a la gente, como una estrella contempla a la multitud anónima que la aclama.
Sentados en la mesa de una cervecería había dos tipos a quienes conocía de vista, les hizo una seña con la mano, sin detenerse y se dirigió con paso rápido a la Rué de Rempart.
Eran las dos del mediodía. La calle era empinada, toscamente empedrada y sin una mancha de sombra. Petit Louis, que detestaba sudar, hacía a cada instante una parada.
A medida que avanzaba, los peatones se hacían más escasos y pudo permitirse reflejar en su rostro una expresión dura, desconfiada e inquieta a la vez.
En primer lugar: ¿por qué Louise había dejado transcurrir una semana sin contestar a su carta? Segundo: ¿por qué no aparecía en «Le Petit Marseillais» el anuncio convenido: «Se vende pareja de pichones. Dirigirse a...»
Al fin se había decidido a telefonearle una mañana a la hora que sabía que ella estaba en casa, la hora en que acostumbraba a acostarse. Le hicieron esperar mucho tiempo. Al cabo de un rato respondió Louise con una voz que no parecía la suya:
—¡Ah! ¿Eres tú? Tienes que evitar las imprudencias... Ya te escribiré...
Era todo lo que le había dicho. En cuanto a la carta, que llegó al fin, decía:
Gene ha venido y no parece muy contento... Me ha rogado decirte que no te muevas hasta nueva orden... No es necesario que vengas...
Llegó a un punto en que la Rué de Rempart estaba completamente desierta. A la sombra de un taller, protegido por cristales azules, un carpintero trabajaba con el cepillo. Luego había una casa grande, con los postigos de las ventanas cerrados, que hacía esquina a dos calles. Allí terminaba la ciudad. Más adelante, sólo había jardines rodeados por muros de piedra y, a doscientos metros, el campo.
Al llegar a la esquina, Petit Louis se encontró ante tres mujeres echadas en tumbonas y una cuarta sentada en el umbral de la casa. Era la hora del descanso, de la siesta. Los saltos de cama que llevaban las mujeres eran tan cortos que no alcanzaban a cubrir sus muslos desnudos ni sus camisas profesionales. Un poco más arriba, en la misma acera, jugaban unos niños.
Las cuatro miraron a Petit Louis y una de ellas, la que estaba en el umbral, se levantó precipitadamente y le dijo antes de que él hablara:
—¿No has recibido mi carta?
Él se encogió de hombros, siguió con el cigarrillo entre sus labios, se metió las manos en los bolsillos y, sin saludar a las otras, aunque las conocía, ordenó:
—¡Entra!
Una vez dentro, la empujó hacia la penumbra fresca de una sala, presidida por un enorme piano, donde una niña de seis años, hija de la patrona, jugaba con una muñeca.
—¡Siéntate!
—¿Qué pasa? — preguntó Louise, cruzando su salto de cama sobre su camisa azul cielo.
Era morena, de carnes claras, la piel fina, suave, casi sin una mancha de vello. Se sentó junto a una mesa y Petit Louis se instaló frente a ella, en el lado opuesto.
—Te decía en mi carta que no vinieras...
—Ya lo sé.
No sonreía ni intentaba seducirla. Al contrario, la miraba a los ojos duramente, sin decir una palabra, para que ella acabara por turbarse.
Y así sucedió.
Louise, esforzándose por sonreír, dijo al fin:
—¿Te ha ocurrido algo?
Petit Louis estaba sentado junto a una ventana abierta por cuyas persianas bajadas se filtraba el fresco y la luz. La niña dejaba de vez en cuando su juego para observarlos atentamente.
—Ocurre que necesito una explicación...
—Te he escrito. Gene ha estado aquí y...
—¿Y qué?
—Está furioso...
De nuevo dejó asomar un trozo de la camisa azul que contrastaba con la piel mate y los cabellos oscuros de Louise Mazzone que despedían olor a verbena.
—¿Por qué?
—Dice que has hecho demasiadas tonterías. Te quedaste en Lavandou el día del golpe haciendo el chulo y jugando al listo con el comisario Battisti... Dice que sólo sirves para maniquí...
—¿Y qué más?
—También dice que has debido hablar demasiado con alguien... Según Gene no se comprende de otro modo... Anteayer bajó la policía al Bar Express y lo ha registrado todo.
Petit Louis se estremeció. Su turbación fue grande, pero procuró no dejarla traslucir.
—Battisti ha confesado que ha habido una denuncia. El jefe del casino de la Jetee le ha enviado a registrar.
—¿Han encontrado algo?
No. Pero eso no impide que Gène, Charlie y Lyonnais estén furiosos contigo... ¿Es verdad que has hablado...?
Él respondió secamente:
—Haz el favor de no meterte en lo que no te importa...
Se sentía más humillado que furioso. Ahora comprendía lo que había ocurrido. Una tarde, fanfarroneando, le había comentado a Constance mientras leían «L'Eclaireur»:
—Cuando pienso que el botín está en un ruinoso bar del puerto viejo de Marsella...
No recordaba haberle dicho el nombre del bar, pero seguramente lo había hecho. Y Constance, que pasaba casi todas las tardes en el casino, habría querido deslumbrar con su perspicacia al jefe de juegos.
—Si buscan por el puerto viejo, a lo mejor...
Y por el hilo habían llegado al ovillo. La niña se había acercado a menos de un metro de la pareja y miraba a Petit Louis a los ojos, asombrada, como si fuera el tipo más extraño del mundo.
—¿No puedes irte a jugar un poco más lejos? —le preguntó a la niña.
Luego se dirigió a Louise:
—¿Cuándo piensan darme mi parte?
—Tardarán algún tiempo. No pueden tocar nada hasta que la policía se olvide del asunto...
—Dime...
—¿Qué?
—¿Estás segura de que piensan darme mi parte?
—Bueno...
Las mujeres de la acera seguían durmiendo la siesta. Los escasos peatones que pasaban por la calle se volvían a mirarlas con una sonrisa maliciosa. En la escalera se oyeron unos pasos pesados y una mujer corpulenta asomó la cabeza por la puerta entreabierta:
—¡Odette! —gritó—, ¿quieres venir?
Se llevó a la niña, volvió luego y dijo a Louise, sin mirar a Petit Louis:
—¿Qué te he dicho...?
—Le he escrito que no viniera...
—¿Y qué? —le gritó Petit Louis irritado—. ¿No puedo venir a ver a mi mujer?
La patrona cometió el desacierto de murmurar algo entre dientes. Petit Louis, furioso, la cogió por los hombros.
—¡Repítelo! ¿Quieres repetirlo?
—¡Bien! He dicho que no estoy segura de que sea tu mujer...
—¿Cómo?
—Aquí la ha traído Gène y yo no quiero historias... Y ahora suéltame, pequeño, que no son éstas maneras de tratar a una mujer como yo... De un momento a otro van a volver los clientes y para entonces me gustaría ver el campo despejado...
—¿Qué ha querido decir...? —preguntó el joven acercando su rostro al de Louise.
—No sé...
—¡Mientes! Ha hablado de Gène... ¿Es verdad lo que ha dicho?
—Yo era la mujer de Gène antes de que...
—¿Y ahora?
Petit Louis veía claro. Gène pretendía conservar sus derechos sobre ella. El pícaro de Gène no le había tomado nunca en serio. Para ridiculizarle le había motejado con el nombre de «El artista».
—¡Vístete en seguida y haz las maletas!
—Pero...
—Escucha... Tengo paciencia... pero no mucha... Si antes de cinco minutos no estás en la calle, entro y armo una gorda, ¿entendido?
Salió sin despedirse de las mujeres que había en la acera, anduvo unos cien metros y se apostó contra una pared para esperar.
No contó los minutos, y fue una medida de prudencia, porque transcurrió por lo menos un cuarto de hora antes de que se abriera una puerta y apareciera Louise inquieta y furtiva, vestida con un traje chaqueta de lana marrón y llevando en la mano una maleta. Con un suave trotecillo, volviendo la cabeza cada diez pasos, llegó hasta donde Petit Louis esperaba y se colgó a su brazo. Al cabo de un rato de marcha silenciosa, le dijo con rencor:
—Creo que has hecho una tontería.


En el autocar no se dijeron una palabra. Al llegar a Niza, bajaron en la Californie y Petit Louis, siempre en silencio, eligió una pensión de dos pisos y pidió una habitación semanal.
No tenía agua corriente. La manta era de algodón gris, muy pesada. Y como lavabo un trípode de bambú con una palangana.
—Sé lo que me hago, ¿entiendes? Y no será Gène, por granuja que sea, quien me dé lecciones a mí...
La ventana abierta dejaba entrar el aire de una noche tranquila y húmeda. Se oía ruido de coches.
—En principio a mí no me gusta que tú vivas en una de esas casas...
El viaje en autocar quizá le había mareado. Ahora se mostraba emocionado, casi tierno.
—¿Qué necesitas para vivir a gusto? ¿Te ha sabido mal que te haya sacado de allí?
—Sólo me pregunto qué va a pasar ahora...
Entonces él habló. Nunca, en toda su vida, había hablado tanto. Y al final de cada frase iba a mirar por la ventana, para deslumbrarse tal vez con las guirnaldas de luces.
—Ya verás como mi filón es mejor que el suyo... ¡Anda! Toma esto para empezar...
De uno de los bolsillos sacó una sortija adornada con un pequeño granate, rodeado de minúsculas perlas blancas, una de esas alhajas de familia sin mucho valor.
—Me la dio ayer... Me da todo lo que quiero... Entre sus papeles he encontrado el recibo de un abrigo de visón que ha llevado a guardar durante los meses de verano...
—¿Pero quién es ella exactamente?
—Bueno, no se llama Constance d'Orval, como quiere hacerme creer, según su documentación es una tal señora Ropiquet, viuda de Ropiquet, de soltera Salmón... Lo único cierto es que vive sin trabajar y le escribe cartas a un notario de Orleans...
—¿Para qué...?
—Y yo qué sé... Mañana, o mejor pasado, te las arreglarás para entrar en el casino cuando estemos los dos allí y te presentaré como a un pariente...
Louise se había resignado sin mucho entusiasmo. Y para distraerse se puso a arreglar la escasa ropa de su maleta y a hacer la cama a su gusto.
—Ayer, por primera vez, le di un par de bofetadas. Estaba yo en el corredor contándole una historia a una chica rumana que abre su puerta cada vez que me oye llegar, salió la vieja y estuvo a punto de gritar al vernos...
—¿Qué dijo?
—¿Cuándo?
—Cuando le pegaste...
—Me pidió perdón y me suplicó que no la abandonara... Dijo que preferiría matarse... ¡Bien! Vamos a dar una vuelta por ahí, todavía no es medianoche...
Caminaron los dos a lo largo del paseo de la Jetee. Louise colgada al brazo de Petit Louis, éste, en una actitud familiar, con las manos en los bolsillos, dando grandes pasos a propósito para marcar la diferencia. Estuvieron un rato sin hablar, cruzándose con gentes cuyos rostros apenas si se distinguían en la penumbra. A veces se detenían a admirar algún palacio iluminado o un coche de lujo aparcado. Petit Louis rompió el silencio con una o dos frases sin sentido:
—Gène y los suyos son unos idiotas... Tenía un gran peso en el corazón que iba saliendo a luz en pequeñas dosis, en frases imprecisas...
—Siempre hacen las mismas cosas y de la misma manera, porque no son inteligentes... Lyonnais tiene experiencia, pero se cree único en el mundo...
—¿No corremos peligro de encontrarnos con ella...?
—¿Con quién?
—Con la vieja.
—A esta hora estará en el casino arriesgando de vez en cuando una moneda de un franco. Me parece un poco avara...
Pero su pensamiento se iba en seguida hacia «los otros»: Gène, Charlie y Lyonnais, y Titin también y los que llamaban «Los marselleses», porque en el fondo ninguno de ellos se lo había tomado en serio.
—Habrías hecho mucho mejor siguiendo como ebanista —le repetían con frecuencia.
Petit Louis tenía un oficio, un verdadero oficio. Cuando su madre llegó a Lille, al empezar la guerra, huyendo de la ocupación alemana, fue a parar, Dios sabe por qué, al pueblecito de Farlet, entre Tolón y Carqueiranne.
Había perdido a su marido y llevaba consigo dos niños de corta edad. Para salir adelante se dedicó a hacer faenas, hasta que el viejo Dutto, el amo de la viña grande entre los pinares, la tomó a su servicio como criada para todo, al menos eso era lo que se decía.
Petit Louis hizo su primer aprendizaje en el taller de un carpintero de Farlet. Un buen día se trasladó a Tolón y luego, caminando de Herodes a Pilatos, fue a parar a Lyon.
En resumen, había trabajado regularmente hasta que le llegó la hora del servicio militar. Después trabajó unas veces aquí, otras allá, en Marsella, en Saint-Tropez, seis meses en Sète y más tarde en Tolón.
—Tenías que haber seguido —le decían «Los marselleses».
Y ahora que tenía una mujer en una casa y que de vez en cuando colaboraba con ellos echándoles una mano, le llamaban «El artista».
—Ya veremos si me dan mi parte o no... ¡Ya lo creo que lo veremos! —amenazó en el preciso momento que pasaba frente al casino.
De repente Petit Louis tuvo una idea y cambió de conversación.
—¿Quieres verla? ¡Escucha! Entraré primero y me pondré junto a ella...
—Pero yo no estoy vestida...
—¿Llevas dinero para pagar tu tarjeta de juego?
Él pasó el control como un habitual. Repasó con la vista las mesas y descubrió, en primera fila, a Constance Ropiquet, sentada en una mesa de ruleta junto al croupier, como era su costumbre.
Solía esperar el tiempo que hacía falta hasta encontrar un asiento junto al croupier. Sacaba entonces de su bolso de mano un lápiz de plata, un billete de cien francos y unas fichas de ruleta donde iba anotando todas las jugadas.
Louise no tardó en llegar y Petit Louis la recibió con una sonrisa disimulada, mientras se colocaba detrás de Constance, que tembló al sentirlo a su espalda.
—¡Chissst! —balbució llevándose un dedo a los labios y mostrándole un montón de fichas que había frente a ella—. Espérame en el bar...
Luego, con un gesto maternal, le puso unas cuantas fichas en la mano y se dirigió al croupier para preguntarle:
—¿Hay tiempo todavía?
—Coloque rápido... Ríen ne va plus?... ¡El siete!
Constance buscó con la vista a Petit Louis, le mostró el siete y sus fichas con las pupilas encendidas de alegría y orgullo.
—¿Gana con frecuencia?
Petit Louis y Louise se habían instalado en el bar y ella, que siempre sentía hambre a eso de la medianoche, porque no comía regularmente, pidió un bocadillo. Desde sus taburetes que dominaban la sala de juego comprobaron que los vestidos de noche escaseaban y que abundaban las mujeres de edad madura como Constance Ropiquet.
—¡Hagan juego!... Ríen ne va plus?...
—¿Gana con frecuencia? —volvió a preguntar Louise.
—A veces... Pero como nunca juega mucho de una vez...
—¿Y no sabes de dónde saca el dinero?
—Sé que tiene un viejo que viene a verla dos veces al mes... Ella asegura que es un hombre muy bien situado, un diplomático, pero yo no lo he visto nunca...
—¿No sentirá celos al verme?
—Le diré que eres mi hermana...
—Llevas un alfiler de corbata muy bonito — dijo Louise de repente. Petit Louis experimentó una sensación de relajamiento al comprobar que le admiraba y pensó que se había apuntado un tanto contra Gene.
—No quiero presionarla demasiado, ¿sabes? Antes tengo que ponerme al corriente de sus negocios... Es muy perezosa y por dos veces me ha pedido que le escriba sus cartas, pero no eran cartas de importancia...
—¡Atención! —exclamó Louise a punto de atragantarse con un trozo de bocadillo.
Constance se acercaba a ellos tímida y desorientada. Petit Louis, haciendo como que ignoraba su emoción, se dirigió a ella y dijo:
—Mi hermana Louise... Mi amiga Constance...
—Encantada, señora...
—Mi hermana ha llegado a Niza esta tarde y se quedará aquí unos días...
—¿Se hospeda en el hotel? —preguntó Constance Ropiquet con aire mundano.
—No —cortó Petit Louis—. Está en casa de unos amigos... Mi hermana tiene muchos amigos aquí en el sur. Su marido era de Niza...
—¿Está casada?
Los ojos de Petit Louis brillaron irónicamente. Y, pura cortar pronto la escena, propuso:
—¿Y si fuéramos a tomar algo? Dirigió una mirada a las manos de su compañera. Ésta comprendió y confesó humildemente:
—He vuelto a perderlo todo... Salió tres veces el siete y yo quise repetirlo...
El jefe de juegos les observaba de lejos con su fría indiferencia profesional. En un rincón, sentado en una banqueta, un inspector de policía esperaba el fin de su servicio.
Louise intentaba ser amable, pero a veces no podía evitar que la angustia se reflejara en su rostro, al acordarse de que era la hora de llamar a Gène al Bar Express y se preguntaba cómo acabaría todo esto. Calculó el tiempo que necesitaba para ir a Marsella.
—Esa mujer está aquí —murmuró Constance con voz queda.
—¿Qué mujer?
—La vecina... Si sigue mirando daré un escándalo. No se puede perseguir así a un hombre... Y mucho menos ella, que no tiene la edad.
Se refería a Niuta que, en efecto, estaba allí acompañada de un joven y que no parecía mostrar el menor interés por Petit Louis.
El vestíbulo estaba desierto, vacío de público, las vitrinas apagadas. Delante del casino había varios taxis estacionados. Y en la calle sólo se oía el mar con su respiración acompasada, turbada a veces por el grito de una gaviota.
—¿Dónde vamos? —preguntó Constance Ropiquet.
—A la Californie —propuso Petit Louis que no tenía sueño.
Se metieron en un taxi. Las rodillas de Petit Louis tocaban las de Louise, y Constance le había cogido la mano. Entraron en tres pequeñas boíles nocturnas, parecidas a tres teatrillos de ensayo; las mujeres bebieron champán y Petit Louis menta verde. Constance aprovechó para mantener una larga conversación con su compañera.
—¿Vive en París?
—Una parte del año...
—Yo, en tiempos de mi marido...
A las cuatro de la mañana estaban los tres en la plaza Massena y Constance insistía:
—Se lo digo de corazón... No estorba en absoluto, ¿verdad, Louis?... No merece la pena que moleste a sus amigos... Le prestaré un camisón y dormirá conmigo...
Los dos jóvenes estuvieron a punto de soltar la risa.
Constance estaba en todos los detalles. Al llegar a casa se empeñó en preparar una taza de café que acompañó de un coñac viejo.
—Ve un momento a tu cuarto mientras tu hermana se pone cómoda...
Luego, ya en ropa de noche, dentro de la habitación de tintes pasados y cojines blandos, siguieron hablando durante un buen rato mientras se oía el motor de los últimos taxis que erraban desocupados por las calles de la ciudad.


CAPÍTULO CUARTO



Petit Louis creía estar a poca distancia de la dicha perfecta, al menos tal como él la imaginaba en los tiempos en que trabajaba en Marsella y desde el taller veía a algunos marselleses, con las manos limpias y bien calzados, pasarse todo el día sentados ante la mesa de un bar.
También él tenía ahora las manos limpias sin necesidad de frotárselas con piedra pómez. El día anterior, por primera vez en su vida, se había hecho la manicura en la peluquería más elegante de la avenue d'Albert I.
A través de sus pestañas espesas que sólo abría a medias, contemplaba sus dedos cuadrados con las uñas lacadas de rosa y al mismo tiempo escuchaba los ruidos de la casa.
Solía quedarse en la cama hasta el mediodía, no sólo por pereza, sino por principio, para vengarse del tiempo en que había tenido que levantarse antes de que fuera de día a timbrazos de despertador.
Tenía los periódicos al alcance de la mano. Constance le había traído también una taza de café, su primer cigarrillo y había abierto un poco las persianas, lo justo para dejar entrar en la habitación un rayo de luz oblicuo, no más grueso que los que pintan en los cuadros de la Anunciación, que ahora daba en la cama.
Louise estaba en salto de cama, ocupada en limpiar el polvo del salón. Ahora vivía en la casa. ¡De risa! Y el caso era que la idea era de la misma Constance que había propuesto:
—¿Por qué has de irte a dormir a casa de extraños si tienes sitio aquí, junto a tu hermano?
La primera noche habían dormido las dos juntas en la misma cama, pero al día siguiente, Louise le comentó a Petit Louis:
—¡Qué olor más ácido despide! No sé como puedes soportarla...
Entonces instalaron un diván en un rincón del salón para Louise, que ya era de la casa, hasta el punto de que nadie se acordaba de cuándo llegó ni se hablaba de su marcha.
La joven tenía mucha paciencia y, como decía Constance, era muy dulce. Capaz de escuchar durante horas las historias que la vieja le chismorreaba mientras estaban las dos sentadas delante de la ventana haciendo ganchillo o tricotando. Siempre aprobaba. Y solía afirmar con gravedad:
—Es cierto.
Y otras veces:
—¡Cómo la comprendo!
Por las mañanas hacían las dos la limpieza en salto de cama y con el pelo recogido en un pañuelo. Para hacer la compra se turnaban para ir a las tiendas de la Rué de France.
El día que le tocaba a Louise, Constance corría en seguida a la habitación de Petit Louis rebosante de dicha y anunciaba desde la puerta:
—Tu hermana ha salido.
Los días que le tocaba a Constance, venía Louise, con más calma, y casi siempre se limitaba a sentarse en el borde de la cama para charlar un rato amablemente.
Desde el cuarto de Petit Louis se oían muchos ruidos: los de la calle, con la frescura penetrante de las mañanas; los de la casa, incluido el que él acechaba con una impaciencia que crecía por días: la voz de Niuta en la habitación contigua, al otro lado del tabique.
La chica estudiaba canto, se lo había dicho la portera. No era propiamente rumana, la cosa era mucho más complicada. Su madre era cantante y hacía una gira por América. El padre debía ser un ruso.
La chica tenía diecisiete años y medio y, para alejarla, la habían enviado a Niza y a través de un banco le enviaban cada mes el importe de su pensión.
Petit Louis estaba convencido de que la chica le amaba locamente y que debía espiarlo durante horas porque invariablemente abría la puerta en el momento preciso en que él salía.
Un día hizo ademán de entrar, con su aire seguro y la gorra tirada sobre un ojo. La chica huyó al fondo del apartamento y se encerró dando dos vueltas a la llave.
Desde entonces, Petit Louis pensaba en ella con más frecuencia y por las mañanas la oía cantar desde la cama, olvidándose incluso de leer el periódico.
Era feliz, sin duda, pero lo habría sido mucho más si hubiera podido acostarse al lado de Niuta, sentirla temblar asustadiza entre sus brazos y, con los labios pegados a los de ella, aspirar hasta perder el aliento.
No dudaba de que esto llegaría un día. Había querido ir demasiado rápido, sin tener en cuenta que era una adolescente, y la había asustado. Pero ahora le sonreía como él sabía hacerlo, de un modo alegre, infantil, desconcertante.
Estaba contento... Y esa especie de tensión física que sentía le iba bien... ¡Era lógico! Los momentos felices van casi siempre acompañados por estremecimientos de angustia, una especie de miedo a perder lo que se tiene...
No había vuelto a ver a Gène ni a «los otros», ni había tenido noticias de ellos, pero Louise recibió una carta de Hyères en la que le decían que la patrona había hecho un viaje a Marsella relacionado con su marcha, lo que hacía suponer muchas cosas.
Se oía escribir a máquina en el piso de arriba. Todas las mañanas igual, a partir de las nueve. Era una señora de cierta edad, viuda de un funcionario, que hacía trabajos de copias a domicilio.
Petit Louis se había informado sobre la vecindad, por curiosidad y porque nunca se sabe qué se puede necesitar.
Serían las once, poco más o menos, cuando sonó el timbre de la puerta.
Eso no era usual, pues los habituales, como el empleado del gas o los suministradores, sabían que la puerta no estaba cerrada con llave, giraban la empuñadura y llamaban:
—Madame Constance...
Sin moverse, con el cigarrillo entre los labios y la cabeza reclinada en la almohada, Petit Louis aguzó el oído y oyó una voz de hombre, pero transcurrió un rato hasta que consiguió informarse de lo que ocurría.
Al fin, entró Louise en el cuarto con aspecto preocupado, le hizo una seña para que no se moviera y murmuró:
—Es un inspector de policía.
—¿Cuál?
—No le conozco. Pero me ha pedido que salga... Se levantó. Con los pies desnudos y el cuerpo embutido en un pijama de seda a rayas, fue a pegar la oreja a la cerradura, al lado de Louise que hacía otro tanto.
—Siéntese —se oyó decir a Constance al otro lado de la puerta—, perdone el desorden y mi desarreglo, pero es la hora de la limpieza...
La hora también en que ella solía tener los ojos hinchados y la cara de un blanco de luna.
—¿Puede decirme si esto le pertenece? —preguntó el policía mostrando a Constance algo que Petit Louis no podía ver.
—Es mío, sí... Lo heredé de mi pobre madre... ¿Cómo ha llegado a sus manos? ¿Se lo ha encontrado alguien en la calle?
—Desgraciadamente, no. Esta cruz de oro la vendieron ayer en una joyería de la Avenue de la Victoire... El ladrón...
Constance lanzó un grito mientras Petit Louis miraba el entrecejo fruncido de Louise.
—¿Por qué dice usted el ladrón? —preguntó Constance con la voz quebrada.
—Porque supongo que esta joya ha sido robada...
—¿Y si yo se la hubiera regalado a alguien...?
—¿A quién...?
—¿O hubiera enviado a mi secretario Louis Bert a venderla en mi nombre...?
—¿Y también le ha enviado a vender esta sortija?
—Claro... Tengo gran cantidad de estas joyas antiguas y deseo aligerarme un poco de ellas.
Petit Louis guiñó un ojo. Las cejas pobladas de Louise se relajaron.
—En ese caso no digo nada... Si usted insiste...
—Pero...
—No obstante, me creo en la obligación de darle a conocer algunos detalles. ¿Sabe usted que ese Petit Louis a quien usted llama su secretario ha estado en la cárcel dos veces?
—Ya me lo ha dicho...
—¿Y sabe que, muy probablemente, un día de estos será llamado a responder del golpe en la oficina de Correos de Lavandou?
—¿Y qué más? ¿Tienen alguna prueba contra él? ¡Bravo Constance! Petit Louis no pudo reprimir una sonrisa y temía no poderse contener durante más tiempo y abrir la puerta para decirle alguna cosa a ese idiota de inspector.
—¡Allá usted! Le ha dado cobijo en su casa y le importa él más que la prudencia... Mi obligación es advertirla... Usted será responsable si le sucede cualquier cosa...
Petit Louis se encogió de hombros, luego hizo ademán de atacar con los puños al descarado.
—¿Qué cree que puede ocurrirme?
—Usted no es demasiado joven... Y sus rentas pueden tentar a un hombre sin medios de existencia...
—¡Por favor! —exclamó en una reacción de dignidad.
—¡Bien! No se ofenda... Una última pregunta: ¿le ha explicado Petit Louis la identidad de la persona que duerme bajo su techo actualmente y que yo he visto al entrar?
—Es su hermana...
Las cosas se ponían serias. Petit Louis escuchaba furioso conteniendo la respiración, mientras Louise le reprochaba:
—¡Ya te lo dije!
El inspector, satisfecho de tener en sus manos una baza, siguió diciendo:
—Lamento tener que darle un disgusto, pero mi deber es avisarle de que la persona en cuestión es una tal Louise Mazzone, nacida en Aviñón en 1912 y que, desde 1932, está bajo la vigilancia de la policía en su calidad de mujer pública. Cuando llegó aquí hace diez días venía de una casa de prostitución de Hyères, donde Petit Louis, que vivía de su ayuda, la había colocado... Esto es todo... Tome buena nota, y si le ocasionan algún trastorno o quiere saber más detalles, estamos a su disposición. No tiene nada más que avisarme a la Sûreté...
Silencio. Un silencio tanto más impresionante cuanto que ninguno de los dos jóvenes podía adivinar lo que estaba sucediendo en la habitación contigua. Por fin se oyó una puerta que se abría y se cerraba y unos pasos en la escalera.
Petit Louis y Louise cambiaron una mirada angustiada. Pero él reaccionó de inmediato: hizo una mueca y se rascó la nuca.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella. Procurando no hacer ruido, Petit Louis fue a peinarse, luego encendió un cigarrillo y escuchó un momento antes de abrir ,1a puerta; Tuvo la impresión de oír unos lamentos acompasados y, dando un suspiro, se dirigió al dormitorio de Constance, dio media vuelta al picaporte y entró en la habitación.
Tardó un momento en descubrirla, porque ella, desolada, se había hundido de tal manera en la cama, todavía sin hacer, que no dejaba ver ni su cuerpo ni su cabeza, sino únicamente el salto de cama bordado de plumas.
Se deshacía en llanto. Estaba destrozada. Con el vientre aplastado contra el edredón, la cara escondida entre sábanas y cobertores, formaba una masa homogénea que se movía a un ritmo sincronizado con alguna sacudida de vez en cuando.
—Ouuuu... Ouuuuu... —repetía con una voz tan extraña que nadie habría creído que provenía de una corpulenta mujer de cincuenta años.
Petit Louis daba vueltas alrededor de la cama con cuidado, como los acompañantes de los enfermos que no tienen mucha práctica se mueven alrededor de la cama de éstos sin saber por dónde cogerlos. —Ouuuu… Ouuuuu.
¿Sabía Constance que él estaba allí? ¿Lo había oído entrar? La mujer seguía llorando sin descanso, con una monotonía desesperante. Y como, por casualidad, lo único que dejaba ver era lo peor que tenía en su cuerpo: sus piernas pálidas, lívidas, manchadas de venas azules.
—Ouuuu...
Las dos ventanas estaban completamente abiertas y desde la habitación podían verse muy bien las ventanas de la casa de enfrente. En una de ellas había un viejo impotente que fumaba una pipa y los miraba fijamente, tan inmóvil que parecía una figura de madera.
—Ouuuuu...
Petit Louis abrió la boca y volvió a cerrarla. El aire que entraba por la ventana aventó el humo de su cigarro hacia la cama. Constance debió olerlo, porque de repente, en lugar de repetir su monótono «Ouuu» exclamó:
—¡Pérfido!
Y volvió a fundirse de nuevo en llantos, enternecida por la palabra que acababa de pronunciar.
Petit Louis se sentó en el borde de la cama. Ella no le miraba y así le hacía más fácil su tarea, porque no se veía obligado a cuidar la expresión de su cara. Puso suavemente una mano en el hombro de Constance, tosió y dijo, hablando despacio, como quien medita sus palabras:
—Lo he oído todo... Estaba escuchando detrás de la puerta... Sabía que esto llegaría un día u otro...
Silencio total. Constance seguía llorando, pero procuraba no hacer ruido, para no perder ni una sola palabra de lo que él decía.
—En primer lugar, si he estado dos veces en la cárcel no ha sido por nada deshonroso... A cualquiera puede ocurrirle... Te encuentras en medio de un tumulto y le largas una patada en la espinilla al guardia que te amenaza con la porra...
-No era esto precisamente lo que a ella le preocupaba, él lo sabía, pero había empezado por ahí para ganar tiempo y crear ambiente.
—Del asunto de Lavandou no te digo nada, pero tampoco hemos perjudicado con ello a ningún ciudadano... Hemos robado al Estado... Ya lo arreglarán vigilando más de cerca el dinero de los contribuyentes.
Ella se incorporó, tal vez impaciente por escuchar el final.
—En cuanto a Louise, los que hablan así de estas mujeres, deberían preguntarse primero de dónde vienen y por qué han llegado donde están... La madre de Louise, que tiene siete hijos, era muy conocida en Aviñón, donde se amancebaba con cualquiera por unas monedas.
Se distrajo un momento escuchando la voz de Niuta que empezaba a cantar La Berceuse de Chopin. La cantaba casi todos los días, tal vez para obsequiarle, porque esa canción tenía el don de emocionarle.
—Cuando conocí a Louise, vivía en una casa de prostitución de Marsella... Intenté sacarla, pero dependía de un tal Gène y lo único que pude hacer...
Descubrió que un ojo ya seco le miraba.
—Me las arreglé para traérmela a Hyères y cuando, gracias a ti, dispuse de un poco de dinero fui a buscarla...
El ojo vino a complicarlo todo. Petit Louis se veía obligado ahora a coordinar sus palabras y sus gestos mientras el viejo del tercer piso de la casa de enfrente seguía mirándolos con su cara de madera.
—Cuando te he dicho que era mi hermana, no te he mentido. Porque Louise y yo sentimos el uno por el otro un afecto de hermano y hermana...
Aquí habló Constance, mejor dicho, salió una voz de aquella masa de carne y sábanas:
—¿Y no habéis hecho nada juntos?
—No te he dicho eso... Al principio, sí, hace tres años, cuando yo iba como cliente a la casa donde ella estaba en Marsella... Luego, poco a poco, aquello fue pasando...
—¿Cuándo?
—Nos conocemos demasiado para...
La voz siguió preguntando, ahora más clara e insistente:
—¿De verdad no habéis hecho absolutamente nada aquí en mi casa?
—Absolutamente nada.
—Ni cuando yo me iba a la compra por las mañanas...
La masa informe se agitó y surgió una cabeza, luego se volvió hacia un lado y se sentó al borde de la cama con la cara hinchada, los cabellos en desorden y las mejillas mojadas.
—¿Cómo has sido capaz...?
—Te juro que Louise y yo, desde que estamos aquí, no hemos dormido juntos...
—¿Ni os habéis besado en la boca...?
Hizo la pregunta con un aire de tragedia, que Petit Louis tuvo que esforzarse para no perder su seriedad.
—En la boca, no...
—¿Ni os habéis acariciado?
—Te digo que no, no seas tonta...
¡Qué remedio! No tenía otra salida. Se inclinó sobre ella, la cogió en sus brazos, juntó su mejilla con la mejilla mojada y, ahora que ella no le veía la cara, se puso a hablar. Hablaba en voz baja, con tono afectado porque sabía que era la manera de emocionarla:
—No voy a decirte que soy un santo... Pero no habría sido capaz de hacer eso. Y prefiero ser lo que soy antes que ejercer el oficio de ese señor que acaba de irse de aquí... Es fácil juzgar a los demás cuando uno tiene todo lo que desea... Cuando yo era pequeño, todo el mundo me llamaba «El refugiado».
»—No tires ese pantalón viejo —se decían las vecinas unas a otras—. Guárdalo para «El refugiado»...
»Me vestía con los desechos de todos los chicos de Farlet. Y mi madre hacía trabajos duros en casa del viejo Dutto, hasta el punto que ya no tenía ni aspecto de mujer...
—¡Calla, por favor! — murmuró Constance.
Pero él no tenía ganas de callar, se sentía en un buen momento. Sus quejas eran sinceras y la música de Chopin y la voz de Niuta en la habitación contigua le animaban. Habría podido continuar así, pegado a ella, quejándose y explicándole que ambos eran dos pobrecitos infelices, hasta deshacerse en lágrimas.
—Y Dutto —prosiguió— no se avergonzaba, cuando tenía ganas, de llamar a mi madre a su habitación y darme con la puerta en las narices... ¡Era horrible!... ¡Y lo es!... Un italiano que lleva cuarenta años en Francia y todavía no ha aprendido a hablar francés... No habla con nadie... Detesta a todo el mundo, cree que todos van a robarle su dinero... Un día le sorprendí incitando a mi hermana que tenía catorce años. Se lo conté a mi madre... Y el viejo encima le dio a ella una paliza... ¿Es esto una infancia?
—¡Calla! No me cuentes esas cosas...
—¿Por qué tenía que malgastar mi vida trabajando de ebanista cuando hay tanto tipo en el mundo que vive sin hacer nada...? Ésta es la verdad... No he querido ser más majadero que los otros...
En este punto fue ella la que retiró su rostro para mirarle. Y de pronto se abalanzó sobre él, como un relámpago y repitió con una inmensa ternura:
—¡Pérfido!
—Escuche, Louise...
—Sí, señora...


Louise no había conseguido llamar a Constance por su nombre como ella le había pedido muchas veces que hiciera.
—Lo sé todo.
—Sí, señora...
Y Louise, menos diestra .en el disimulo que Petit Louis, bajó la cabeza humildemente, como una sirvienta a quien se está despidiendo.
—Conozco su vida y la de Petit Louis. Sé que han sido amantes, pero que ahora se quieren como hermano y hermana...
En la sala flotaba todavía el olor de los apretones que acababan de tener lugar y la cama estaba mojada de lágrimas, con un profundo hoyo. Constance se había puesto polvos y colorete.
¿Se avergonzaba de exponer su debilidad a los extraños y dejar entrever la causa?
—No quiero que esas malas gentes de la policía nos ganen la partida. Han querido haceros daño a los dos...
¿Acaso no sentía ahora una profunda satisfacción ni poder mirarlos desde un poco más alto con aires de bienhechora? Había hecho salir a Petit Louis y éste estaba en el salón contiguo más atormentado que nunca por el deseo de abrazar a Niuta.
—Entre nosotras no ha cambiado nada. ¡No! No proteste... Mi decisión está tomada. Si se marcha entenderé que se han burlado de mí a mis espaldas... Pero estoy segura de que no han abusado de mi confianza. Hoy tendrán que ir a dormir al hotel porque debo recibir a mi amigo el diplomático... Bueno, mejor será que vaya usted sola... Petit Louis se quedará en su habitación...
La máquina de escribir seguía trabajando en la habitación de arriba y el viejo de enfrente sostenía entre sus dientes la pipa, que ya debía estar apagada porque no se había movido para llenarla de nuevo, y, a su ludo, un canario saltaba dentro de su jaula.
—Ayúdeme a poner las cosas un poco en orden... Luego iremos a comer al restaurante, mi amigo no llegará antes de las tres, por tanto tenemos tiempo de ir a comer a la orilla del mar, a Juan-les-Pins, tomaremos un taxi...
—¿Puedo entrar? —preguntó Petit Louis, que no había conseguido ver a su vecina.
—Ven aquí, malo, animalote... Vístete rápido... Ponte el traje nuevo que vamos a ir, en coche, a comer a Juan-les-Pins...
Petit Louis y Louise cambiaron una mirada y él se fue a su cuarto.
—No es preciso que te vayas, ahora que sé que no es tu hermana —dijo Constance—, puedes vestirte delante de ella. ¿Verdad, Louise? —Sí, señora...
—Vamos... Quítate la bata... Petit Louis, volvió la cabeza y esbozó una sonrisa mientras se preguntaba si Constance no estaba algo pervertida.
Una hora más tarde, caminaban los tres por la acera soleada de la calle, endomingados de pies a cabeza, como si los hubieran hecho de nuevo. Un taxi que se detuvo a una señal de ella, puso el último florón a la partida.
—A Juan-les-Pins... No corra... ¿Puede bajar el capó?
A pesar de todo, Constance se había sentado entre los dos y dentro del coche se mezclaban tres perfumes diferentes que iban evaporándose poco a poco en los remolinos del viento.
Por primera vez, Petit Louis iba con un sombrero de paja, que había comprado la víspera y que, según él, se bebía todo el sol.


CAPÍTULO QUINTO



A mediados de agosto, el primer viernes pasado el quince, exactamente, Petit Louis alcanzó, si puede decirse así, el punto culminante de su carrera.
A pesar del calor, la gente acudía a Niza de todas partes, parecía más bien la bulla de una verbena que el ambiente turístico de primavera e invierno. La Promenade des Anglais tenía el aspecto de una exposición internacional y los esparcimientos que en ella se ofrecían, naderías a precios módicos, no hacían sino acentuar su perspectiva ambigua de parque de atracciones.
El guardarropa de Petit Louis, recientemente renovado, concordaba, por el tono y el corte, con el ambiente de la estación.
Tal como siempre había soñado, iba impecable de pies a cabeza a cualquier hora del día, como un obrero endomingado que acaba de salir de manos del peluquero y al que sólo le falta colocarse el cuello almidonado para ir en traje de gala.
Constance se sentía feliz, pese a algunos ataques de celos que la asaltaban de vez en cuando, no por culpa de Louise quien, aunque con ligeros eclipses, seguía viviendo en el apartamento.
Petit Louis, sin quererlo, como por descuido, había inducido a Constance Ropiquet a un nuevo vicio...
Una mañana que ella se mostraba tierna y Louis quiso salir de la habitación para dejar sola a la pareja, Petit Louis comentó espontáneamente:
—No veo por qué Louise ha de estorbarnos...
—Te agradezco el papel que me ofreces... —suspiró Louise con ironía.
Petit Louis no lo había dicho con mala intención. Lo mismo ocurriría después con monsieur Parpin.
Por lo que se refería al dinero, Constance era generosa, pero nunca le daba una suma elevada de una sola vez, prefería hacerlo en billetes de cien francos.
Louise salía sola. ¿Qué tenía que hacer en el apartamento todo el día y toda la noche? Cuando a la una de la noche no había vuelto, quería decir que ya no volvía. Sin embargo, se conducía con prudencia porque había visto rondar a su alrededor al inspector de policía que estuvo en Villa Carnot.
Petit Louis, por su parte, no hacía mucho caso a la policía. No podían reprocharle nada. Todo lo tenía en regla. Incluso un conocido le había proporcionado la representación de una casa de champán y él, no sin cierta ironía, se presentaba en los bares para que hicieran sus pedidos por mediación suya.
Sin embargo, y sin ninguna razón aparente, sentía agitarse en su interior un extraño malestar. A veces se preguntaba si sería un presentimiento. Cuando tuvo la meningitis a los once años, lo había presentido un mes antes y cuando lo dijo, todo el mundo se rió de él.
¿Le faltaba algo? ¡Nada! O bien poca cosa. Al principio se daba una vuelta por los bares de una calle próxima al casino donde se citaban todos los cabecillas de Niza, preocupados siempre por las elecciones, las concesiones de terrenos y los problemas del juego.
Es cierto que nunca les había gritado:
—¡Eh! ¡Soy Petit Louis de Farlet y quiero que me hagan un sitio entre ustedes!
Pero había entrado en el bar dos o tres veces, se había pegado como una mosca a las mesas donde jugaban siguiendo de lejos las partidas de cartas o proponiendo tímidamente alguna jugada.
¡Allí no contaba! Lo miraban con curiosidad, con indiferencia, con desdén y nunca le echó nadie un cable. Se encontraba más a gusto en los otros bares, donde había llegado a ser alguien entre los jóvenes, muchos de ellos pertenecientes a familias acomodadas y que se creían libres porque se acostaban con una prostituta o jugaban a las cartas siguiendo ciertos ritos. Una inquietud vaga, pero real, le asaltaba... ¿Y si se diera de cara con Gène, Charlie o alguno de los de Marsella? Los marselleses no van de buena gana a Niza, coto vedado para ellos, donde son mal recibidos.
La famosa velada con monsieur Parpin, la del primer viernes pasado el quince de agosto empezó, como casi todas las aventuras de Petit Louis, con una frase lanzada al viento por fanfarronería.
Monsieur Parpin era el amigo formal de Constance. Y, al igual que Constance d'Orval no era para el registro civil sino Constance Ropiquet, monsieur Parpin no era diplomático sino un antiguo director de aduanas de la región del norte. Petit Louis se había informado bien y sabía que tenía una hija casada en Niza y que él vivía en Arles en casa de otro yerno.
Cuando venía a ver a la hija de Niza, aprovechaba para pasar una noche en casa de Constance, a la que había conocido en la Promenade des Anglais.
Tenía setenta y dos años. Llevaba consigo siempre un paraguas de seda que le servía de sombrilla y Petit Louis se desternillaba de risa cuando oía a Constance pronunciar su nombre. En dos ocasiones se había quedado en su cuarto, escuchando detrás de la puerta y mirando a través de la cerradura el encuentro de los dos viejos.
Ese viernes Constance había suspirado:
—Cuando pienso que no podremos estar juntos esta tarde... Hoy es el día de Pépé...
Ella le llamaba Pépé sin darse cuenta de que este diminutivo rozaba los límites del ridículo.
Luego, después de un momento de reflexión, añadió:
—¡Estoy deseando saber si se habrá acordado de mi cumpleaños!
Pépé era un hombre obsequioso, de pequeños detalles, y no solía ir a ninguna parte con las manos vacías. Habituado a su papel de abuelo, trataba a Constance con el mismo estilo desprendido con que debía tratar a sus nietos.
—¿Tu cumpleaños? —preguntó Petit Louis con curiosidad—, ¿Cuántos cumples?
—¡Qué malo eres!
—¿Qué te parece si celebráramos todos juntos tu aniversario?
Cuando estaba de buen humor, Petit Louis lanzaba espontáneamente sus ideas, cualesquiera que éstas fueran, y luego esperaba su posible éxito.
—¿Estás loco?
—¿Por qué voy a estarlo? ¿Quién puede impedirnos pasar una velada en familia e incluso cenar en La Régence?
—¿Cómo podríamos arreglarlo?
—Muy sencillo. Cuando llegue el viejo entramos Louise y yo y te besamos llamándote tía... Somos tus sobrinos de Nevers, por ejemplo... Te traemos un pastel de crema...
Mientras hablaba, a través de la ventana abierta, observaba la cabeza de madera del viejo de la casa de enfrente, cuya inmovilidad, durante días enteros, llegaba a ser alucinante. ¿Sería paralítico? De paso acechaba también la salida de Niuta que solía ir a esta hora a la ciudad para su clase de canto. Estaba decidido a abordarla en la calle.
—¡Qué ideas tienes! —murmuró Constance tentada por la proposición.
—Pues es muy sencillo, ¡caramba!
¡No! Aunque lo parecieran, no era tan fácil. Esto respondía a una especie de vicio en él. Se sentía a gusto en medio de todas estas complicaciones y situaciones falsas. Le gustaba mover los hilos de la trama y manejar a las gentes a su antojo.
Petit Louis compró el pastel de crema. Louise le siguió en su papel, aunque de muy mal humor.
—Cómo vamos a divertirnos... —comentó Constance—. Si es que el viejo no me da un plantón...
Petit Louis estaba decidido a aparecer en su papel de sobrino en el momento más inoportuno, pero se contuvo y la escena tuvo lugar en un ambiente completamente familiar, con presentaciones, abrazos y rubores en el rostro de Constance, que temblaba:
—Monsieur Parpin, un buen amigo que viene a hacerme compañía de vez en cuando. Nos distraemos mucho pasando revista a nuestros recuerdos.
Sin embargo, había una cierta tensión. Y como tenía que ocupar de alguna manera el tiempo que faltaba hasta la hora de la cena, Petit Louis propuso una partida de cartas. Cuando llegó el momento, se fueron a La Régence. Delante iba Louise con monsieur Parpin, detrás Petit Louis dando el brazo a Constance.
—Tengo miedo de que sospeche algo.
Monsieur Parpin también tenía miedo de encontrarse a su hija o a su yerno y, por prudencia, eligió una mesa al fondo del salón, en un lugar apartado.
El menú fue selecto: caviar, que Louise aborrecía; langosta a la americana; pollo; helado y champán desde el principio al fin, porque Petit Louis había dicho:
—¡Un aniversario se celebra con champán!
Constance, que bebía con gusto, pero que soportaba mal la bebida, tenía los ojos húmedos y tiernos, mientras monsieur Parpin se mostraba inquieto, pensando en la cuenta a pagar.
—Así es que viven ustedes en la muy noble ciudad de Nevers. Yo hice allí parte de mi servicio militar. En aquel tiempo...
Louise se mostraba muy intranquila y a mitad de la comida empezó a hacerle señas a Petit Louis. Él tardó en comprender o en querer comprender, pero al fin se excusó, se levantó y se dirigió al lavabo donde Louise no tardó en ir a su encuentro.
—¿Qué te pasa?
—No sé. No estoy tranquila. Desde mi sitio veo todo el café en el espejo. El inspector observa desde un rincón desde que llegamos... Ha debido seguirnos.
—¿Y qué más?
—No puedo asegurarlo, pero juraría que he visto a Gène en la acera...
Petit Louis no se inmutó. No quería dar la impresión de asustadizo ni siquiera con respecto a Gène, pero en el fondo sufrió un golpe del que intentó reponerse arreglándose el cabello delante del espejo.
—¿Estás segura?
—Estaba de pie en la terraza hablando con otras personas allí sentadas...
—¿Y sigue en la terraza?
—No lo sé... Procura ser prudente...
Con un gesto familiar palpó su bolsillo y se subió la cintura del pantalón...
—Vuelve a la mesa... Pasados unos minutos te levantas con el pretexto de ir a hacer unas compras... U otro pretexto si te viene mejor... Das un paseo por la acera, te informas bien de si es Gène el que anda por ahí...
—¿Y si me retiene?
Se encogió de hombros.
—Haz lo que te digo y no te preocupes.
Cuando se quedó solo siguió peinándose delante del espejo. Sabía que esto habría de llegar un día u otro, pero prefería no pensar mucho en ello.
Ni había sido prudente arrebatando a Louise de la casa de Hyères, porque ésta pertenecía a Gene, ni se había conducido como era debido después del golpe de Lavandou, donde no había resistido a la tentación de lucir el tipo. Le había confiado demasiadas cosas a Constance quien, a su vez, había ido a contárselas a su amigo el jefe de juegos de la Jetee...
Si era sincero tenía que reconocer que Gène acertaba al calificarle de aficionado, de artista, según su expresión.
—Tía, ¿me permites que salga a respirar un poco de aire fresco? —se excusó Louise una vez que Petit Louis ocupó de nuevo su puesto—. Siento un sofoco... Tal vez sea la langosta...
A partir de ese momento, el destino de Petit Louis iba a cambiar. Sería la última vez —¡la primera también!— que iba a apoyar sus codos sobre el mantel blanco de un restaurante de lujo, después de una comida exquisita, manoseando un mondadientes y agitando con una varilla de madera el champán de su copa.
Empujó su silla hacia atrás para ver en el espejo lo que pasaba a su espalda y reconoció en seguida al inspector que estaba en una mesa frente a una taza de café. Louise salía del salón en ese momento. La vio cruzar la terraza y Petit Louis tuvo la impresión de que le hacía una seña que tal vez quería decir:
—En efecto, es él...
Pero Louise estaba lejos. Entre ella y el espejo había un sinfín de destellos, luces, nubes de humo y gentes que iban y venían.
—Estará usted muy contento —insinuó monsieur Parpin con una sonrisa amable—. Quiero decir que tiene usted una mujer muy dulce. ¿No tienen hijos?
Petit Louis, que en ese instante estaba muy lejos de la comida, lanzó al viejo una mirada vaga y estuvo a punto de responderle:
—¿Qué dice usted, viejo chocho?
Pero no lo dijo. Se limitó a contestar con aire distraído:
—Todavía no...
La bufonada que tenía delante había dejado de divertirle. Al contrario, ahora veía a Constance y a Parpin, en toda su crudeza, corno dos fotografías obscenas, con el rostro poblado de verrugas, los ojos glaucos de buscadores de sensaciones y la timidez de esas gentes que se saben culpables y sonríen de antemano como para implorar perdón.
A Constance se le había subido la sangre a la cabeza, lo que hacía más visible su acné. Monsieur Parpin, con el pelo cortado a cepillo y la mandíbula cuadrada, tenía todo el aspecto de haber sido uno de esos funcionarios intransigentes, con una pizca de esa bribonería astuta que se ampara en las leyes de cara a sus subordinados.
Louise no volvía. Si Gene estaba allí la habría retenido en la acera de La Victoire para pedirle explicaciones. Gène no estaría solo. No era su costumbre. Casi siempre llevaba consigo al corpulento Charlie.
¿Qué haría Louise? ¿Le jugaría alguna mala pasada? Ella había estado enamorada de Petit Louis; y lo estaba todavía, se lo había demostrado abandonando la casa de Hyères sin resistencia, sabiendo a lo que se exponía. Pero no era mujer de lucha, ni siquiera capaz de conducirse sola. Seguía la costumbre. Tenía necesidad de un cómodo runrún cotidiano y desde que estaba en Niza era evidente que añoraba su vida tranquila de Hyères en la casa de citas, con sus siestas en la acera y sus novelas románticas leídas entre dos clientes.
Petit Louis, que no hacía nada como los demás y que era mal visto por todos, debía asustarla.
¿Iría a reunirse de nuevo con Gene a quien Petit Louis no había pagado todavía los cinco mil francos convenidos por cederle a Louise?
En la mesa, monsieur Parpin y Constance se aburrían y ninguno se tomaba ya el trabajo de animar la reunión. Petit Louis seguía acechando, tranquilizado por la presencia del inspector.
«Si le reconocen o Louise les dice que está ahí, no se atreverán a hacer nada, cualquier intervención equivaldría a confesar que han tomado parte en el golpe de Lavandou...»
Poco le importaba que esta actitud fuera un síntoma de debilidad. Nadie lo iba a saber. Pero estaba claro que no sentía ningún deseo de encontrarse con Gène o alguno de «los otros» que podrían obligarle a seguirles hasta un lugar apartado o a la orilla del mar...
—Su esposa no vuelve —comentó Parpin...
—No se preocupe por ella. Es su costumbre...
—Monsieur Parpin y yo estamos cansados, ya no somos jóvenes... Con vuestro permiso, vamos a dejaros...
—¡Claro! No os preocupéis...
Monsieur Parpin pagó la cuenta, se levantó, pronunció unas frases de cortesía y le entregó una tarjeta con su dirección en Arles por si alguna vez pasaba por allí.
Petit Louis se relajó. En lugar de seguir en el fondo de la sala, fue a sentarse cerca del inspector y de paso echó una mirada a la terraza donde no vio a nadie conocido. Lo más ridículo era que la langosta se le había indigestado, lo que no suponía una ventaja en aquel momento.
Se sentía inquieto y furioso al mismo tiempo porque pensaba que en aquel momento se estaba cometiendo una injusticia con él.
¿Por qué venían ahora estas gentes a cruzarse en su camino? Acababa de descubrir la buena vida, con lo que no hacía daño a nadie, e incluso empezaba a sentirse enamorado.
Por la mañana había encontrado en la calle a Niuta, la había saludado con el sombrero diciéndole, con la mayor seriedad del mundo:
—¿Me permite que la acompañe?
—Si lo desea...
Y acompañó la respuesta de una sonrisa amable, mostrando sus dientes de muchacha de diecisiete años y abriendo enormemente sus grandes ojos oscuros. Llevaba en la mano una carpeta con las partituras y él se ofreció a descargarla de su peso.
—¿No tiene miedo de vivir sola en Niza?
—¿Miedo de qué?
—Lejos de sus padres, de sus amigos...
—Mi madre canta en Nueva York, en el Metrópolitan... Una vez vino a Francia a pasar tres meses...
—¿Por qué se encerró con llave el otro día cuando quise entrar a saludarla?
—No sé...
Hacía poco más de un cuarto de hora que había tramado con Constance la confusa historia de la comida de aniversario y ahora caminaba al lado de una chica como un joven cualquiera. La muchacha se detuvo de repente y anunció:
—Hemos llegado... Es aquí...
En La Régence, no lejos del inspector, pensaba que Niuta y la hija del hojalatero de Farlet, a la que había intentado violar en una viña con poca destreza cuando él no entendía todavía mucho de las cosas del amor, eran las dos únicas mujeres que le habían enamorado.
¿Por qué recordaba ahora a Niuta? Tenía la impresión de que al abandonar el restaurante saldría del círculo protector cuyo centro era el inspector. Su seguridad estaba en peligro. Y tanto pesaba en él esta sensación que acabó por ir a sentarse frente al inspector.
—¿Me permite?
—¡Cómo no...! Qué... ¿no marchan bien las cosas?
Ambos guardaron silencio. El camarero se acercó.
—Para mí nada... Estoy servido.
Un nuevo silencio y el inspector preguntó al fin:
—¿Y bien...?
Petit Louis recurrió al sistema de decir mentiras para sacar verdades:
—¿Les ha visto?
—Hace diez minutos estaban ahí —dijo el policía señalando a la terraza.
Puesto que el policía había empleado el plural eran más de uno.
—¿Cree que vienen a buscarme?
—En todo caso, a mí es seguro que no me buscan —bromeó el hombre.
—Yo no les he hecho nada...
Su impaciencia iba transformándose en pánico. Louise no volvía. Lo que era una mala señal. Estaba seguro de que «los otros» le esperaban en la esquina de la calle.
—¿Por qué me mira de ese modo? —preguntó, angustiado, al policía.
—Porque presiento que estás ideando una nueva tontería.
—¿Qué tontería?
—¡Y yo qué sé!
—Cállese, por favor —cortó levantándose furioso, para dirigirse al vestuario a recoger su sombrero.
Estaba seguro de que el policía iba a seguirle y así no correría ningún riesgo. Pero el que corrió tras él fue el camarero porque se había olvidado de pagar la consumición. Ya en la calle miró a derecha e izquierda pero sólo encontró varias siluetas de personas desconocidas. Se dirigió entonces hacia la plaza Massena.
—Será mejor que te vayas a pasar unos días al campo —le aconsejaba su instinto.
Sus dudas estaban en el lugar a elegir. Gene y los suyos no se ausentaban nunca por mucho tiempo de Marsella, donde siempre tenían cosas que hacer. Petit Louis llevaba trescientos francos encima porque la víspera había cogido doscientos del bolso de Louise,
Aún no había tomado una decisión firme cuando pasó a la acción. Un autobús pasaba en dirección a la Promenade des Anglais. No tuvo tiempo ni siquiera de mirar su destino. Lo cogió en marcha y se abrió paso rápidamente hacia la plataforma delantera. Una vez allí miró su cartera y respiró tranquilo al comprobar que el dinero estaba en su sitio.
El cobrador se acercó a él y Petit Louis preguntó:
—¿Dónde va este autobús?
Como el empleado le miraba asombrado insistió:
—Te pregunto que dónde va este autobús...
De repente había vuelto a recobrar su tono huraño y su costumbre de tutear a todo el mundo.
—A Grasse.
—¿Y qué esperas para darme un billete a Grasse?
Hasta ahora no había meditado ningún plan. Sobre la marcha, pensó de pronto que alguien podría haberle visto coger el autobús y conocer su camino.
Sin pensarlo, se dirigió rápido a la puerta.
—¡No hemos llegado todavía! —le gritó el cobrador.
Se acercaban a un grupo de luces y antes de llegar se plantó de un salto en la calle, y le gritó:
—¡Muérete!
Siguió andando sin rumbo. Una señal le avisó de que se encontraba en Cagnes-sur-Mer. Eran las doce y media de la noche. A pocos metros y al borde de la carretera había un bar extraño junto al cual estaban aparcados varios coches de gran tamaño. Empujó la puerta y se encontró envuelto en una densa humareda, en medio de una sala estrecha partida en dos por un mostrador muy alto con tres taburetes delante. Los clientes hablaban alto y fuerte. A un lado del mostrador había unos ingleses sobreexcitados, al otro dos mujeres corpulentas que les respondían como podían mezclando palabras de inglés y francés. Y cuando no entendían lo que sus clientes decían se contentaban con devolverles una sonrisa bobalicona. Petit Louis se acomodó en un rincón y pidió una menta con sifón.


CAPÍTULO SEXTO



Petit Louis no sospechaba que, a partir de este momento, todos sus gestos y movimientos serían casi históricos y que pasado un año se vería obligado a razonar hechos que no podía explicarse en el mismo instante en que los llevaba a cabo.
Entró al bar mohíno, sin ganas de hablar con nadie. En general, los ingleses no le hacían gracia, por eso tenía todas las razones para quedarse en su rincón y además, las mujeres tenían una forma de reír que le resultaba molesta.
Los ingleses, que habían bebido mucho y seguían bebiendo, interrumpieron sus cantos a coro para hacer exhibiciones de fuerza y destreza.
Estaban en ese punto de la borrachera en el que todo es motivo de alegría y cada vez que fallaban una prueba, la sala se conmovía en una explosión de risa histérica.
Petit Louis, con desenvoltura, sin darle importancia, pidió una baraja de cartas y la partió en dos sin ningún esfuerzo aparente. Los otros clientes del bar, que intentaron imitarle en vano, le obligaron a beber con ellos y una hora más tarde, seguía explicándoles trucos en una curiosa jerga acompañada de gestos.
Había uno, uno rubio, que tenía ganas de marcharse y por dos veces murmuró al oído de Petit Louis:
Cinéma!
En la calle se oyó roncar un motor. Las mujeres hicieron pagar a los clientes, una ráfaga de aire refrescó la sala y Petit Louis vio por la puerta entreabierta' a uno que le gritaba desde un coche:
Come in!
Comprendió que le invitaba a subir. Y cuando le repitieron la palabra cinéma decidió llevarlos a un «chalé especializado» cerca de Cannes.
No se olvidaba de Gène y «los otros», pero tenía la impresión de estar huyendo de ellos, el whisky le ayudaba. Se sentía orgulloso de sí mismo.
Una vez en Cannes tuvieron que esperar mucho tiempo la llegada del otro coche, que sin dar ninguna clase de explicaciones llegó media hora más tarde. Luego fue preciso encontrar el camino del chalé. Cuando llegaron, todas las ventanas estaban ya cerradas y como no vieron a nadie se decidieron a llamar al timbre. Esperaron espiando las puertas, al fin se abrió una y asomó una mujer vieja, sin maquillar, que les gritó desabrida:
—¿No ven ustedes que está cerrado?
—Queremos ver a madame Rosa —dijo Petit Louis.
Quería demostrar a los ingleses que conocía el terreno.
—Les digo que está cerrado y si siguen haciendo ruido llamaré a la policía...
Los coches volvieron a ponerse en marcha. Petit Louis ignoraba dónde iban. Sus compañeros estaban medio dormidos. Cuando empezaba a apuntar el día, llegaron a Estérel.
En Saint-Raphaël, el cielo era ya rosa por el este. Los coches se detuvieron. Uno de los hombres dijo algo que Petit Louis no entendió, luego abrió la puerta y le señaló la calle.
Estaba delante de la estación. Las manecillas del reloj, grande y descolorido, marcaban las cuatro y media. No se oía el menor ruido ni había señales de vida en las amplias calles.
Los coches volvieron a ponerse en marcha. Sus ocupantes se dirigieron a Petit Louis con un saludo que a él le pareció irónico. ¿Se burlaban de él?
Pensó que no valía la pena despertar al patrón de un hotel para el poco tiempo de que disponía para dormir. Y también porque éste podría preguntarse:
—Así pues, ha pasado toda la noche paseando solo por las calles.
Y decidió matar el tiempo dando la vuelta al quiosco de la música solitario y contemplando los barquitos de pesca que haciendo roncar sus motores se alejaban sobre la superficie plana y reluciente de las aguas.
Reflexionó como puede reflexionarse cuando se ha pasado la noche en blanco y se ha bebido mucho whisky sin tener costumbre. Se decía que lo mejor sería desaparecer dos o tres días para desorientar a Gène y a «los otros». Y como a aquella hora salía un autocar hacia Farlet, decidió ir a ver a su madre, a quien hacía cuatro o cinco meses que no visitaba.
Para él, como para muchos, la costa de Marsella a Niza y Montecarlo no era sino una inmensa avenida unida por coches, autobuses y autocares que se utilizan por cualquier tontería.
Se tomó un café y dos cruasanes, después no volvería a acordarse del bar que había elegido al azar. La única pista que pudo dar a los jueces fue que de la trastienda salía olor a cola de carpintero y que el dueño era un hombre bajo, moreno y con aire desconfiado.
Sería mejor telegrafiar a Constance. Entró en la oficina de telégrafos de la estación y rellenó el impreso poniendo mucha atención. Petit Louis no había terminado sus estudios primarios. El telegrama decía:
Obligado a emprender corto viaje de negocios. Volveré dentro de tres días. Louis.
Obligado lo escribió con h y viaje con b. Compró luego «L'Eclaireur» y se instaló en uno de los asientos del autocar.
Cuando más tarde le preguntaron si había notado algo anormal en su viaje, respondió que no. Y el presidente del tribunal se apuntó un triunfo al declarar que era muy extraño que no se hubiera dado cuenta de una avería que duró ocho minutos en la primera curva de Sainte-Maxime.
¡Ni se enteró! Embebido en la lectura de un folletín que no sabía cómo había empezado ni en lo que iba a acabar, no se preocupó de mirar por la ventanilla. Más bien por instinto supo que había llegado a Carqueiranne.
Farlet no estaba lejos. A mitad del camino entre Carqueiranne y Le Pradet, a la derecha, en una llanura tórrida donde el verde de las viñas contrasta con la tierra roja y de vez en cuando se ven casuchas que se ahogan en el aire caliente como las moscas en el jarabe.
La casa del viejo Dutto, es decir, la de su madre, estaba fuera de la aldea. Tomó un atajo, un sendero bordeado de cañas, asfixiado por el canto de las cigarras. En el camino se cruzó con un joven que conocía, mejor dicho, que había conocido en la escuela y que ahora era un mozo fornido, demasiado grueso tal vez, y que venía por el atajo sentado en su carreta. No lo saludó. El otro, adormecido por el ruido de las ruedas, no lo reconoció. Y creyó que se trataba de un caminante cualquiera.
Atravesó una viña más. Y entró, como de costumbre, por la puerta trasera, porque era una buena medida de prudencia averiguar antes de entrar si Dutto tenía el día bueno o malo. Agachada delante de un balde había una mujer con un refajo negro arremangado que dejaba ver las medias sujetas con una cuerdecilla roja en las rodillas.
—¡Mamá! —llamó.
La mujer se volvió, entornó los ojos para librarse del sol que le dio de lleno en la cara y sus primeras palabras fueron:
—¿Qué vienes a hacer aquí...?
—¡Nada! He venido porque sí... porque tenía ganas de verte...
—¿A estas horas...?
Le dejó que la besara en la frente, pero ella no cesaba de mirar a su hijo con desconfianza.
—Estoy segura de que has hecho otra tontería...
-—¡No te digo que no! Estaba cerca de aquí y pensé...
—Pensaste que por aquí caería algún billete de cien francos... Pues bien, tesoro mío, ¡no es el momento! Dutto está a punto de dejar este mundo y todavía no he podido averiguar si ha hecho testamento. ¡Carroña como la que yo he conocido...!
—¿Dónde está?
—Allí, no tienes más que empujar la puerta...
—¿No gritará si me ve...?
—En el estado que está... No tiene fuerza ni para abrir la boca...
Petit Louis empujó la puerta. Muy cerca de ésta, sobre una cama alta de campesino, estaba acostado el viejo. Tenía los ojos abiertos y la boca llena de babas; una nube de moscas violáceas revoloteaban alrededor de su cabeza. El aire olía a suero, como la leche cortada.
—Puedes estar tranquilo, no te reconocerá. Lleva diez días así, como un muerto en vida...
La madre tenía la voz chillona y si Dutto hubiera estado consciente lo habría oído todo.
—¿Has llamado al médico?
—El primer día... Me preguntó si quería trasladarle al hospital... No quise... Nunca se sabe...
Las gallinas daban vueltas a su alrededor, las mismas gallinas patilargas que picaban el grano en el corral cuando Petit Louis era pequeño. La vieja estrujó unas ropas y se levantó con trabajo, en dos tiempos, como un muñeco mecánico averiado, y se dirigió a la casa.
—¿Has comido? —preguntó.
—No.
—Ya sabes dónde está el pan... En el armario hay también anchoas saladas...
En ninguna otra parte podría sentirse la pobreza con tanta acritud como en esta casa de techos bajos rodeada, sin embargo, de viñas hinchadas de jugo. Las persianas estaban cerradas, algunas clavadas, por miedo a que entrara un exceso de luz y una carnada de gatos que parecían más bien ratas de gran tamaño, huían a la llegada de los visitantes.
—¿Has visto a tu hermana?
—Hace tiempo...
—No te pregunto a qué te dedicas porque no debes hacer nada limpio...
Petit Louis no respondió, pero empezó a notar que le invadía el mal humor. Comió lo que encontró. No recordaba haber hecho en esta casa, ni siquiera en sus tiempos de niño, una sola comida normal, como todo el mundo. Cada uno iba por su lado y se odiaban unos a otros de tal manera que observados a distancia habrían dado la impresión de una casa de locos.
La disputa fue inevitable. ¿Por qué motivo? Era difícil de averiguar. La vieja vino a decir más o menos:
—Estoy segura de que lo has presentido...
—¿Que he presentido el qué...?
—Que Dutto se muere... Y has venido rápidamente... Por primera vez en tu vida quieres simular que no necesitas dinero...
—Te aseguro que...
—Te conozco como si te hubiera fabricado. Has pensado que voy a heredar unos cuartos y vienes a amenazarme como lo hiciste ya una vez, cuando tenías catorce años...
Estaba dotada de una memoria prodigiosa para este tipo de cosas. No había un error de su hijo del que no se acordara con la fecha exacta, el tiempo transcurrido y en sus más mínimos detalles.
La historia que acababa de evocar era a la vez cómica y dramática. Sucedió cuando fue por primera vez a Tolón a ver una película americana. Petit Louis hizo el viaje colgado a la parte trasera de un camión, A la vuelta sus amigos y él no jugaban más que a bandidos y cada uno se había provisto de un trapo negro, que guardaba en el bolsillo, para taparse la cara.
Un día, medio en broma medio en serio, Petit Louis entró enmascarado en la habitación de su madre mientras ésta se vestía y gritó:
—Dame cinco francos... ¡Dame cinco francos o disparo...!
La pistola que llevaba no era más que una «Eureka», pero le tomaron el juego mucho más en serio de lo que él pudo suponer. Ahora, a diez años de distancia, todavía se acordaba.
—Cuando pienso que tu pobre padre después de nueve o diez horas de trabajo en la mina ni siquiera entraba a refrescarse a la taberna, me pregunto que de dónde sacaría tan mala semilla...
Petit Louis empezó a silbar. Su madre se enfadó. Por la puerta entreabierta se veía al viejo Dutto en la cama, con la mirada fija en el techo, las facciones casi tan rígidas como las del viejo de madera de Niza.
Quizá necesitaba algo, pero como no podía hablar ni moverse, nadie se enteraba.
—Igual que ése, que esa carroña, que me ha tratado durante veinte años como a una esclava y cosas peores que no pueden decirse... Y ahora se va al otro mundo sin dejarme ni un cuarto... ¿Qué será de mí, pobre vieja, que no tengo fuerzas ni para sacar un cubo del pozo? Dime... ¿Qué voy a hacer con un hijo como tú, que no sabe una nunca si está o no está en la cárcel? O una hija como tu hermana que se avergüenza de su madre desde que es capaz de tenerse en pie. Una mañana, en el mercado de Tolón, hizo como que no me veía cuando yo estaba sentada delante de un montón de judías ofreciendo a los clientes mi mercancía... Estoy segura de que no me recogen ni en un asilo...
Mientras hablaba rompió a llorar y luego acabó enfadándose. Petit Louis la había conocido siempre así. Sabía que había sufrido mucho y en Lille, a la llegada de los alemanes, había sufrido una fuerte impresión. Su estado iba de mal en peor a medida que envejecía y el hijo se preguntaba sobre la horrible tragedia que habría sido su constante enfrentamiento con Dutto, que pasaba por ser el hombre más hosco de Farlet y de quien ya treinta años antes se decía que no era un hombre como los demás.
—¡Escucha, mamá!
—¿Qué llevas, una sortija?
Llevaba una sortija en la mano izquierda y el detalle no había escapado a la mirada fría de su madre.
—Sortijas, como una muchacha y...
Petit Louis la cortó con una grosería. Ella le devolvió otra. Es imposible transcribir todas las palabras del diálogo, pero eran incoherentes, sin lógica, una discusión entrecortada en la que ambos rebuscaban las peores basuras para echárselas en cara.
Al fondo, Dutto continuaba en su horrible inmovilidad. Petit Louis acabó por crisparse. Ya estaba bien. Su madre le había dicho demasiadas cosas. Furioso cogió una silla por una pata y empezó a dar golpes contra los cristales, las cacerolas... Toda la casa se inundó de repente del ruido de cacharros rotos.
—Que me cuelguen si vuelvo a poner los pies aquí...
—No te van a poner una soga al cuello, sino que...
Salió jadeante y olvidó su sombrero de paja. A cincuenta metros de la casa volvió a cruzarse con el antiguo compañero que se había engordado mucho y que debía haber oído algo. Tampoco le saludó. Pero el otro volvió la cabeza y lo siguió con la mirada hasta perderle de vista.
¿Qué día era? Petit Louis no tenía ni idea. Como no se había acostado las horas habían ido encadenándose unas con otras y no tenía ni idea de la fecha. Atravesó la aldea sin saludar a las gentes. En Farlet pidió algo de beber en un bar pintado de verde donde debían conocerle, pero no dijo una palabra.
Cogió al vuelo el primer autobús, se bajó en Tolón y se metió en un cine.
¿Qué más hizo durante estos días de los que más tarde iban a pedirle cuenta minuto a minuto? La discusión con su madre le había puesto de mal humor. Él deseaba tener una madre como todo el mundo, llena de indulgencia, perdonándole todo al hijo y dispuesta a ayudarle en cualquier circunstancia.
Pero no era éste su caso. ¡Nunca lo había sido! Ella lo conocía y lo juzgaba tal vez con más rigidez de la que él necesitaba.
En algún momento sintió la tentación de ir a Marsella, al Bar Express, allí encontraría a Gène y a «los otros» y se explicaría de buena fe con ellos.
Decidió comprarse una gorra nueva en el Quai Cronstadt, en la tienda de un antiguo campeón de rugby que le reconoció y se sorprendió mucho al saber que ya no vivía en Aviñón.
Como sólo le quedaban cincuenta francos en el bolsillo se fue a casa de su hermana a pedir una cama.
—¿Te pasa algo? —le preguntó ésta al verle llegar.
—¿Qué puede pasarme?
—No sé... No pareces muy contento...
—Pues no me pasa nada...
A su cuñado no le caía muy bien, sin embargo jugaron los dos una partida de cartas que duró hasta la una de la mañana. A Petit Louis le pusieron un colchón en el bar, lo mismo que otras veces. Al día siguiente, les ayudó a entrar las botellas y a las once de la mañana cortó por lo sano, cogió el autobús de Tolón y jugó una partida de bochas frente a la estación.
Se aburría, le habría gustado saber cómo iban las cosas en Niza... Hacia las tres de la tarde, cogió de nuevo un autobús que le dejó en Saint-Raphaël. En el bulevar, creyó reconocer uno de los coches de los ingleses, pero no estaba seguro, sólo se acordaba de que delante del número de matrícula llevaba las letras GB. Tenía intención de llegar a Niza antes del anochecer, sin embargo, como era la fiesta del barrio, se fue a bailar. Conoció a la camarera de un hotel, que había comido ajo, y no se separó de ella hasta las dos de la madrugada, sin haber conseguido lo que esperaba.
Esta vez durmió en un hotel. Por la mañana se hizo afeitar y a las once estaba de vuelta a Niza con los ojos radiantes y las manos en los bolsillos, camino de Villa Carnot.
Tenía una llave del apartamento. Al entrar no vio a la portera, lo que no tenía nada de extraño porque ésta estaba pocas veces en su sitio. En la escalera tampoco encontró a ningún vecino, sólo escuchó la voz de Niuta que cantaba La Berceuse de Chopin.
Al abrir la puerta se detuvo perplejo: un olor extraño salía del apartamento, el salón estaba en desorden, los cajones abiertos y había montones de objetos esparcidos por la alfombra.
Se dirigió al dormitorio y tuvo que dominarse para no lanzar un grito. Sobre la cama deshecha, en sentido transversal, yacía Constance con un corte en la garganta, con sangre desde el pecho hasta los muslos.
Su primer reflejo fue abrir la ventana porque el olor le mareaba. Su segunda reacción fue huir y salió precipitadamente, olvidándose de cerrar la puerta con llave. Bajó la escalera a saltos y cuando se dio cuenta estaba en la calle intentando sobreponerse, respirar con naturalidad y caminar como los demás peatones.
Caminó un buen rato sin rumbo. Sentía necesidad de alejarse del lugar del peligro. Tenía sed. La garganta se le había secado. Y al final de la Avenue de la Victoire entró en un bar y pidió un refresco.
En el espejo, veía su rostro entre las botellas de la estantería y aunque pareciera increíble, el refresco tenía el mismo sabor acre que el olor del apartamento de Constance. Hizo una mueca y el camarero le preguntó extrañado:
—¿No está bueno?
—Déme otra cosa. Un vaso de vino... O una copa de ron.
—¡Ah! ¿Pero es vino o ron lo que desea...?
Le miró esforzándose por sonreír. Se sentía ridículo pidiendo excentricidades en un bar donde los empleados tenían una determinada psicología.
—Es que me encuentro muy agitado... Ha estado a punto de aplastarme un tranvía... —comentó.
—La semana pasada ocurrió algo parecido ahí mismo, delante de la casa... Fue una anciana... Y le separó la cabeza del tronco.
Estaba tan nervioso que por un momento llegó a preguntarse si el hombre del bar no había hecho este comentario con alguna intención, si todo el mundo estaba ya enterado del crimen de Constance.
Al salir de Villa Carnot se había olvidado de mirar a su alrededor para asegurarse de que no le tendían ninguna trampa. Todo era posible. Salió un momento a la calle, pero no vio nada que le infundiera sospechas.
—¿Cómo está ese ron?
—Muy bueno... Gracias, déme otro...
Se lo bebió de un trago y se limpió la boca.
—¿Qué le debo?
Echó a andar en dirección opuesta a Villa Carnot y se estremeció al encontrarse frente al Palacio de Justicia, desierto como una vista de tarjeta postal.
Buscó una calle sombreada, se sentó en una mesa, al lado de un arriate, a menos de un metro de distancia de una planta de romero e intentó calmarse.
Esto era un golpe de Gène. ¡Seguro! No cabía la menor duda. Y, además, había sido un golpe contra él. Cuando descubrieran el cadáver de Constance todo el mundo pensaría en él, en Petit Louis, que vivía con ella.
Su error había sido echar a correr. Tenía que haber mirado a su alrededor, asegurarse de que no había otras huellas, reflexionar un poco más.
De repente, una sacudida interior le obligó a levantarse. Se palpó los bolsillos y comprobó que se había dejado la llave puesta en la cerradura del apartamento. ¡Cualquier vecino podía entrar! Y comprobarían que la llave le pertenecía y que llevaba impresas sus huellas digitales. Era preciso volver a Villa Carnot en seguida. Pero, mientras pagaba su bebida ya había cambiado de opinión.
Empezaron en ese momento sus horas horribles. Caminaba pegado a las paredes, observando hasta su sombra, tratando de normalizar su modo de andar. Hizo un recorrido por los bares donde podía encontrar a Louise, pero no se atrevió a preguntar por ella.
A lo largo del día, se acercó tres o cuatro veces hasta unos cien metros de Villa Carnot y se aseguró de que la casa no estaba vigilada.
Por otra parte, si alguien hubiera descubierto el crimen, ¿cómo iban a dejar el cadáver en el apartamento con el calor que hacía?
Pensó tantas cosas, que su cabeza llegó a convertirse en una madeja enredada. Cuando intentaba tirar de un cabo para empezar por el principio, llegaba a una conclusión diferente, pero siempre se encontraba frente a un argumento cargado de consecuencias: sólo le quedaban noventa y dos francos en el bolsillo.
No habría sabido decir si el día era extremadamente caluroso o si era él quien sentía el calor. Debía ser día de fiesta, porque las ventanas estaban adornadas con banderas y por la calle pasaba una banda de música... Tal vez era domingo...
Por tres veces estuvo decidido a presentarse a la policía y confesar toda la verdad. Pensaba que podía hacerlo, nadie podía impedirle que lo hiciera. Era libre, perfectamente libre de hacer lo que pensaba.
Se repetía todo esto entre dientes, con rabia, haciéndose la ilusión de que se lo gritaba a Gène y a Charlie a la cara y le parecía verlos reír con su sonrisa implacable y despreciativa.
No se presentaría a la policía, lo sabía muy bien. No se presentaría porque no podía hacerlo, porque algo dentro de él se lo impedía, algo que era a la vez miedo, admiración y respeto.
Pero, ¿por qué habían hecho esto al margen de lo convenido y tan fríamente? ¿Es qué querían burlarse de él...?
Tal vez estaban acechando en una esquina. Mientras tanto Petit Louis daba vueltas alrededor de la casa estrechando cada vez más el círculo, bebiendo vasos de ron en las tabernas más cercanas, lo que acabó por darle un aspecto sarcástico y fatal.
—En principio —murmuró entre dientes— no me creería nadie. Nadie...
Cuando pensaba esto se ponía furioso. Le atormentaba la historia de las huellas digitales en la llave y le aplastaba el recuerdo de los todopoderosos marselleses. De todos modos había que esperar a que fuera de noche. Y esto costaba vasos de ron y paseos por las calles.


CAPÍTULO SÉPTIMO



Pasado algún tiempo, gentes de acreditada inteligencia por diplomas hablarían de premeditación, como si él fuera capaz de premeditar. Un par de guantes llevarían a esta acusación, pero él había pensado en ellos de repente. Eran cerca de las ocho de la noche, las tiendas estaban cerradas y no había manera de encontrar unos guantes de caucho. En una tienda regentada por dos señoritas viejas, que también vendían paraguas, encontró unos guantes color marrón muy corrientes.
Había otro detalle que provocaría conflictos en la audiencia. Cuando el abogado gritara:
—Si Louis Bert —seguramente le devolverían su nombre, que no había utilizado casi nunca porque ya desde la escuela le llamaban Petit Louis—, si Louis Bert no hubiese estado encargado en su regimiento de despedazar bueyes, si, pensando sólo en su fuerza muscular, no le hubiesen destinado a la carnicería, teniendo en cuenta que él ejercía el oficio de ebanista, no habría aprendido a cortar carne y no se habría entregado a...
Y el procurador, bajito, de cara rosada y con unos cabellos de un color blanco sedoso, los bigotes en acento circunflejo, como los del diablo, se levantaría airado de su asiento y gritaría con una indignación tal vez sincera:
—Así pues, el ejército francés es el responsable del horrible crimen de...
Éstas y otras gentes por el estilo discutirían su grado de responsabilidad.
Entre todos ellos, sin haber estado allí, reconstruirían el suceso, mientras Petit Louis era incapaz de coordinar todos sus pensamientos de estos dos últimos días. ¡Habían pasado tantas cosas por su cabeza desde las tres de aquel mediodía! Tal vez eran los efectos del ron, que no le emborrachaba, pero que poco a poco iba haciendo de él su víctima y estrujándole como una mano gigantesca aprieta a un pequeño insecto.
Había, en fin, tantas cosas que las gentes no comprenderían jamás, tales como su reacción de la mañana o, mejor dicho, su ausencia de reacción. Porque al descubrir el cadáver de Constance se había quedado aturdido, luego había huido por miedo a ser detenido y lo único que lamentó era que Louise no estuviera allí.
La soledad le angustiaba. El tribunal se habría reído si lo hubiera confesado, sin embargo era la verdad. La soledad se le hacía insoportable aunque siempre hubiera estado solo. Tal vez no era culpa de la pobre mujer, pero su madre no había sido nunca una madre como las demás. Lo recordaba muy bien. No había cumplido aún los cinco años cuando le gritaba con acento patético:
—¡Eres la maldición de mi vida!
El alcalde de Farlet, que era cerrajero, no lo podía ver y había dado instrucciones a los guardas rurales para que fueran severos con él.
Más tarde, las gentes de Marsella, Gène y compañía, le comprendían menos aún y dudaban de que Petit Louis hubiera llegado a ellos por necesidad de formar parte de un grupo.
El amor no era para Petit Louis tal o cual mujer, sino el hecho de estar dos juntos.
Cuando quería apartar los pensamientos desagradables solía repetir:
—¡Ya está bien!
Y ese día, habría podido repetir: «¡Ya está bien!» durante las veinticuatro horas.
Lo que le obsesionaba era que apenas había conseguido alejar un pensamiento, cuando ya tenía otro, más desagradable todavía, que venía a imponerse, mientras que las gentes vivían su vida sencilla de cada día, sin dudas, paseando por la calle sus rostros inexpresivos.
¿Y si se pusiera en marcha en seguida? Tal vez tendría tiempo de alcanzar la frontera italiana. ¿Irían forzosamente a buscar sus huellas digitales en la llave? ¿Era el dinero de la vieja lo que habían ido a buscar Gene y «los otros»? ¿Lo habrían encontrado? ¿Se habrían llevado a Louise con ellos? ¿Quizás...?
Los hechos perdían su configuración real y Petit Louis seguía pensando, con la cabeza llena como en una pesadilla, esforzándose sin cesar por volver al punto de partida, luchando por mantenerse lúcido y no dejarse impresionar. Petit Louis se encogía de hombros cuando constataba que un rostro, especialmente plácido, flotaba sin razón en el universo...
En la base de todas estas imágenes había una llave en una puerta, un cadáver, sangre y...
Antes de que acabara de descubrir una solución ya la había desechado. Siempre faltaba algún pequeño detalle, como la necesidad de unos guantes, o recordaba un cuchillo grande de cocina que había visto encima de la mesa.
En el armario de luna del dormitorio estaba también una maleta grande, que Constance había comprado el invierno anterior —según le había dicho— para ir a esquiar. Detalles como éstos y mil más se aglomeraban en su imaginación y él luchaba con esfuerzo por clasificarlos.
Por ejemplo, el recibo del abrigo de visón... Él sabía donde estaba, pero ¿lo sabría también Louise?... En este caso se lo habría llevado...
Pasó todo el día sin comer. Esperó a que fueran las nueve de la noche, entró entonces en Villa Carnot y subió la escalera como un inquilino cualquiera que regresa a casa y es, a los ojos de todo el mundo, un individuo corno los demás.
¿Y si la policía estuviera allí tendiéndole una trampa? Pero el pasillo estaba completamente desierto. Se puso los guantes, cogió la llave... En ese momento se abrió la puerta vecina. Niuta apareció iluminada por detrás, pero apenas si podía distinguir su rostro.
—¡Usted! —exclamó.
Como él no respondía nada, la chica volvió a cerrar la puerta murmurando:
—Después de la riña, creí que se habría ido para siempre...
¡Una nueva preocupación! ¿De qué riña hablaba? Constance había luchado contra su asesino y los vecinos habían escuchado el ruido.
Un día se admirarían de su monstruosa sangre fría, ¿Qué podría decir Petit Louis? El caso es que no dejó nada al azar, que conservó hasta el fin su lucidez, una lucidez intensa, minuciosa, inconsciente y buscada a un mismo tiempo.
Así, cuando se llevó la primera mitad del cuerpo en la maleta, tuvo cuidado de envolverlo en una manta y esperó a que pasara media hora después de la salida de los cines.
Su primera intención había sido lanzar su carga al mar al final de la Promenade des Anglais, pero comprobó que no hacía viento ni había oleaje y que, posiblemente, lo descubrirían al día siguiente.
Eligió entonces el puerto, donde el agua era más profunda y los grandes barcos llegaban hasta el muelle.
Como no tenía más que una maleta, tuvo que vaciarla para un segundo viaje.
Las dos veces ató una piedra gruesa al fondo del paquete, como se hace con los perros. Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando volvió a Villa Carnot y entró en el apartamento. Se sentó un rato a descansar porque estaba extenuado.
Como por instinto encendió un cigarrillo, se sirvió algo de beber y se dijo:
«Sobre todo mucho cuidado con dormirme...»
Y abrió la ventana para reanimarse con el aire fresco. Se puso a trabajar con tanto ardor que los vecinos de abajo golpearon en el techo para rogarle que no hiciera tanto ruido.
Lo lavó todo, lo puso luego en orden, cuidando meticulosamente hasta los menores detalles y constatando paso a paso la presencia en el lugar de los marselleses. El dinero y las alhajas habían desaparecido, pero encontró todos los papeles de Constance Ropiquet y los guardó en su maleta junto con su ropa interior, su traje y sus corbatas.
Lo que más le humillaba, porque empezaba a sentirse humillado, era la desaparición de Louise. Palpaba en ello el instinto diabólico de Gène que lo condenaba a vivir solo, completamente solo, sin otra salida que una huida vergonzosa.
Después de comprar los guantes, le habían quedado cincuenta francos.
Se sentó junto a la ventana a esperar, mirando de vez en cuando la hora en el reloj que Constance le había comprado. A las seis exactamente, cuando todavía había pocas ventanas abiertas en el barrio, salió a buscar un taxi a la esquina de la calle más próxima, lo hizo pararse delante de la casa y le dijo al taxista:
—Deje en marcha el motor...
Había preparado la escena. Subió la escalera, volvió a bajarla haciendo un gran ruido, con la maleta en la mano, llamó en la portería, empujó la puerta y gritó:
—¡Madame Solti! ¡Madame Solti...! Un momento, por favor...
Sabía que la mujer dormía y que iba a despertarla. Así fue, y la portera salió con los ojos hinchados, todavía dormida. Abrió el postigo, oyó el ruido del motor y vio a Petit Louis con una maleta en la mano.
—¿Se marcha?
—Nos marchamos, madame d'Orval y yo... Ella está ya en el coche... Vamos primero a París y después, seguramente, a Holanda... El apartamento está cerrado... Si no volvemos antes de fin de mes, le enviaremos el dinero...
Tomó nota de todo y aunque estaba segura de que su inquilina estaba dentro del coche, no salió a la calle.
—¡A la estación! —le ordenó Petit Louis al taxista.
Antes de bajar el cristal de separación añadió:
—Dése prisa, mi amiga espera ya en la estación, se ha ido un poco antes para facturar el equipaje más pesado.
En la estación pagó con el billete que le quedaba, pero el chófer no tenía cambio y entró a cambiar en un café mientras Petit Louis esperaba en la calle.
—Aquí tiene... Son once francos setenta y cinco, más la maleta...
Lucía un sol tibio y la estación estaba muy animada porque a esa hora pasaban dos trenes. Petit Louis paseó unos diez minutos mezclado entre los viajeros, luego desapareció por el pasillo subterráneo y se encontró de nuevo en la ciudad.
Sus primeros pasos fueron hacia un café para dejar allí la maleta y tener libertad de movimientos. Se guardó en un bolsillo los papeles de Constance. Entre todos los papeles estaba el recibo del abrigo de visón que presentó una hora más tarde en la casa donde su amiga lo había depositado durante el verano.
Temía que le pusieran impedimentos, pero se contentaron con presentarle un recibo que él firmó, naturalmente, con el primer nombre que se le ocurrió: Mariani. No sentía fatiga, ni remordimiento ni nada, angustiado por la necesidad de encontrar en seguida dinero para poder huir de Niza donde la policía le tenía el ojo echado.
Eran poco más de las once, se dirigía con la caja del abrigo al Crédit Municipal cuando, al doblar una esquina, se tropezó prácticamente con Niuta que iba a clase. Se quedó tan desconcertado que no fue capaz de articular una sola palabra y se limitó a hacer un gesto torpe a modo de saludo. Pensó entonces que su conducta no había sido normal.
Tal vez debía haber pedido a la chica que, si se presentaba la ocasión, declarara que no lo había visto ese día.
Tenía que pensar en todo. En el Crédit Municipal había seis personas haciendo cola delante de él. Creyó que iba a desmayarse, porque la fatiga y el dolor combinados le aplastaban ahora de repente.
—Un abrigo de pieles...
Intentaba dominarse porque, a causa del cansancio, presentaba un aspecto huraño capaz de hacer sospechar a la gente.
—¿Trae la documentación?
—Aquí está. Es la de mi amiga, a quien pertenece el abrigo.
¡Había cometido un error! Después de examinar el abrigo y haberlo tasado en diez mil francos de préstamo, el empleado tomó nota del nombre y dirección y dijo:
—La señora recibirá un cheque a domicilio.
Para reponerse hizo una pregunta muy simple:
—¿Por correo?
—Sí, señor, por correo.
Se descorazonó hasta tal punto que decidió irse a dormir. Eligió la pensión Californie donde había instalado a Louise el día que ésta llegó a Niza.
La patrona lo reconoció en seguida y preguntó:
—¿Se ha marchado su amiga?
—Ha salido de viaje por unos días.
Encontró la misma cama de hierro, el lavabo con un desconchón negro y como vaso de dientes un viejo frasco de mostaza.
Se durmió con un fuerte dolor de cabeza, despertó a medianoche y tardó más de una hora en volver a dormirse.
Los augustos personajes le preguntarían un día con mirada severa:
—¿No le perseguía el recuerdo de la muerta mientras se entregaba a liquidar la herencia?
No, francamente no. Ni siquiera se acordaba de ella. Tenía otras preocupaciones. Telefoneó a la portera de Villa Carnet simulando hacerlo desde otro lugar:
—¿Es usted madame Solti? La llamo desde Lyon...
Soy Petit Louis... Sí, hemos llegado bien madame d'Orval y yo... Hoy o mañana recibirá una carta de mucho interés a nombre de mi amiga, seguramente certificada... Firme como de costumbre... Pasaré a buscarla dentro de unos días...
Había decidido quedarse en la pensión y, por ello, recogió su maleta. Sólo le quedaban treinta francos que se redujeron a quince después de una modesta comida. Y aunque intentara vender el reloj no le darían el dinero en seguida, se lo enviarían por correo, según el reglamento.
Eran precisamente esos reglamentos, esas decepcionantes cuestiones de dinero los que le complicaban la vida y le desconcertaban. Durante dos horas estuvo en su cuarto estudiando los papeles de Constance y tuvo que hacer grandes esfuerzos, como en sus tiempos de escolar, porque no entendía una palabra de esas historias de títulos al portador, rentas vitalicias, etc.
Sabía, sin embargo, que su amiga recibía cinco mil francos cada mes de un notario de Orleans y decidió escribir a éste una larga carta:
Muy señor mío:
Tal vez extrañe la letra, pero es el caso que he tenido un accidente de coche en la carretera de Montecarlo que me ha imposibilitado y tengo necesidad de una operación bastante costosa. Mi enfermera escribe esta carta en mi nombre, para rogarle que me envíe por giro telegráfico el importe de dos mensualidades, es decir diez mil francos. Mande el giro, por favor, a lista de Correos en Mentón porque no sé todavía en qué clínica me ingresarán para la operación.
Dándole las gracias de antemano, le saluda...
Empezó la carta por tres veces arrugando la frente y pasándose la lengua por los labios. Le faltaba la presencia de Louise para que le dijera si la carta tenía alguna falta de ortografía, pues ella era más instruida que él. Como el papel de que disponía no estaba limpio, fue a comprar una libreta, y la eligió azul pálido, orlada por una línea plateada.
Dudó una vez más acerca de si escribir o no la carta, pero pensó que si no se aprovechaba rápidamente de la situación, después sería demasiado tarde.
Y fue copiando poco a poco el borrador.
Tal vez extrañe la letra..., etc.
Luego le escribió otra carta a monsieur Parpin pidiéndole otros diez mil francos para la operación:
Sobre todo no venga a verme en estos momentos... La familia de mi marido está a la cabecera de mi cama y no quisiera, por nada del mundo, que sospecharan acerca de nuestras relaciones... Esta carta la escribe mi enfermero, un buen chico que...
La cifra diez mil francos le había venido a la pluma dos veces por puro azar. Por el abrigo, le habían ofrecido diez mil francos en el Crédit Municipal. Y pensaba que si sus cálculos le salían bien, la cuenta arrojaría un balance de treinta mil francos.
Huiría al extranjero, quizás a América del Sur... Un viaje que soñaba hacía tiempo.
Sólo lamentaba una cosa: que Louise no estuviera con el.
Por la noche, con las cartas en el correo y acabada la cena, sólo le quedaban cinco francos en el bolsillo. Salió a dar un paseo por la Jetee y encontró a dos mujeres de cierta edad que debían volver del teatro del casino. Andaban lentamente, cogidas del brazo. A Petit Louis le asaltó una idea. Y antes de que ésta acabara de cuajar en su imaginación ya la había puesto en práctica. Se acercó a las mujeres con paso rápido, dio un tirón al bolso de una de ellas y echó a correr. Diez minutos más tarde, después de haber corrido por una serie de callejuelas, se detuvo bajo un farol para hacer el inventario del bolso.
¡Qué miseria! Tres billetes de cien francos, una medalla de san Cristóbal, un lápiz de labios, un pañuelo bordado en seda verde y una carta de escritura apretada que empezaba diciendo:
Querida Ángela...
Ni siquiera sintió curiosidad por leerla. Se guardó los trescientos francos y la medalla, y tiró el bolso al mar.
Esta medalla sería después un testimonio. Y daría lugar a diversas reacciones en la sala, cuando el procurador comentara con ironía:
—¿Contaba acaso con la protección de san Cristóbal para escapar al castigo merecido?
¡Literatura! Él no contaba con nadie, ni con los santos, ni con los hombres, pero era lo suficientemente supersticioso para no arrojar un santo al agua.
No acabó aquí su mala suerte. Cuando se presentó en Villa Carnot al día siguiente, la portera tenía el certificado con el cheque, pero éste estaba barrado. Petit Louis lo presentó en dos bancos sin éxito y, como solución desesperada, entró en una joyería, eligió un solitario con un brillante que valía cinco mil quinientos francos y entregó el cheque para pagar.
El comerciante hizo un gesto de desagrado y Petit Louis insistió:
—Llame al banco o envíe a alguien a preguntar y se convencerá de que hay fondos...
Comenzaba a sentir un profundo desprecio por toda esta serie de precauciones que rodean al dinero. A las cuatro de la tarde le entregaron por fin la sortija y los cuatro mil quinientos francos del cambio. Naturalmente firmó el resguardo con el nombre de Constance Ropiquet, cuya firma había aprendido a imitar. La letra de Constance dejaba entrever que ella había tenido en la escuela tan poco éxito como Petit Louis.
En Mentón tampoco fueron fáciles las cosas. No sabía por qué había elegido Mentón. Tal vez se había acordado del nombre de esta .ciudad porque había pasado allí una tarde en una casa de citas. Ahora necesitaba...
Porque en Correos le habían dicho que tenían algo para madame Ropiquet, pero que tenía que ir ella personalmente.
Petit Louis se dirigió a la casa en cuestión, eligió la mujer que le pareció más dócil, se sirvió un vaso de vino y hablaron un rato.
—¿Te gustaría ganarte quinientos francos?
La oferta tuvo eco. Al día siguiente fue con ella a la oficina de Correos después de haberle entregado la tarjeta de identidad de Constance. En la tarjeta había una fotografía, pero madame Ropiquet había puesto un retrato de cuando era joven y no hubo problemas.
El notario, como los del Crédit Municipal, había picado el anzuelo. Mandó los diez mil francos con su deseo de un pronto restablecimiento y anunciaba que el siguiente mes pasaría seguramente por Niza.
Petit Louis entregó a la chica los quinientos francos prometidos:
—¿No será un negocio sucio? —le preguntó su amiga. Él se encogió de hombros.
¡Pobre amiga mía!
Con lágrimas en los ojos, he leído su carta en la que me anuncia su tragedia...
Seguía luego una enternecedora página de consejos:
A nuestra edad los problemas de las articulaciones...
Y por fin:
Usted sabe cómo me cuidan mis hijos, para ahorrarme preocupaciones, se encargan ellos de la administración de mi dinero... Mi yerno cobra mi pensión directamente y la ingresa en el negocio del que yo soy accionista...
No recibo grandes sumas de dinero sino estipendios de cien o doscientos francos, como un estudiante. Pero dispongo de una módica cantidad que conservo en una cuenta corriente secreta... No es muy cuantiosa, pero de esta reserva he sacado los cinco mil francos que le envío...
Dos páginas más de minuciosos consejos... Lo que debía comer, lo que tenía que beber. Le recomendaba no leer en la cama, desconfiar de los cirujanos y no dejarse influir por toda esta familia que... Y, al final:
Espero que su sobrino y sobrina, tan simpáticos los dos, no le abandonarán en...
Por primera vez en su vida, Petit Louis tenía veinticinco mil francos en el bolsillo.


CAPÍTULO OCTAVO



Pero ignoraba que sus actos y sus gestos no tenían ya sentido, que vivía una tregua, porque la suerte, muy ocupada por otras partes, le dejaba con la soga al cuello, segura de volverle a encontrar.
Petit Louis ni lo sospechaba. Sin embargo, por más que lo intentaba, no podía evadirse de una especie de angustia, mal localizada, que no era ni remordimiento, ni miedo, ni cualquier otra cosa a la que pudiera darle nombre, pero que era suficiente para empañar sus minutos, quitarle toda la sal a la vida y diluir las pequeñas alegrías cotidianas que se permitía.
Porque se mimaba a sí mismo como se mima a un niño o a un enfermo y pensaba:
«Bastante tiempo has vivido vistiendo los desechos de otros, soñando con ir bien vestido y poderte dar el lujo de estrenar un traje.»
A su paso por Cannes se había comprado uno. Pero no un traje como los que visten los chicos de la costa, sino un equipo de veraneante de esos que venden en los almacenes de lujo de la Croissette. También había comprado unos zapatos, una corbata haciendo juego y una camisa.
Una mañana cogió el barco en la Tour Fondue para dirigirse a la isla de Porquerolles. Instalado en primer plano a bordo de la barca blanca, como un mascarón de proa, se repetía para sus adentros, mientras dos jóvenes le miraban con envidia:
«Desde que por primera vez llegué a la costa, había soñado siempre con ir a visitar la isla de Porquerolles, pero nunca había tenido ocasión... Ahora me dirijo a ella con los bolsillos repletos de dinero, un diamante en un dedo y un vestuario de rico...»
A lo lejos, destacaban entre el verde la pequeña iglesia amarilla y los tejados rosa del pueblo. Él se distraía mirando las plantas marinas en el fondo del agua clara, pero no conseguía gozar como habría deseado. ¿No habría adquirido mentalidad de jugador? Tenía veinticinco mil francos en el bolsillo. Con ellos podría haberse ido a América y esperar allí acontecimientos.
Pero la misma facilidad con que el dinero había acudido a su llamada, tal vez le impedía alegrarse. Desde el momento en que Constance estaba muerta ¡y bien muerta! ¿no sería trágico perder todo lo que había conseguido? Tenía dos meses por delante. La portera, advertida, no se inquietaría por la ausencia de su inquilina que tenía derecho a ir de viaje como todo el mundo. En principio pensó irse a París, pero nunca había subido más arriba de Lyon y cada vez que pasaba de Aviñón, o todo lo más Montelimar, creía haber atravesado la frontera de su mundo y se sentía extranjero.
Había elegido Porquerolles porque sabía que allí no iban los amigos de Gene y allí la policía no se ocuparía de él.
Desembarcó. Mezclado con los turistas atravesó la plaza, rodeada de casas bajas pintadas de colores, dudó antes de instalarse en un hotel de lujo donde entraban los ingleses y se decidió al fin por un hostal de los que a él le gustaban; con su mostrador de zinc, su máquina tragaperras y un piano para bailar por las tardes con las chicas del pueblo.
Aparentemente mantenía la desenvoltura y la seguridad en sí mismo de la tarde que deslumbró a Constance Ropiquet delante de la oficina de Correos de Lavandou.
Pero sólo aparentemente; la agilidad de aquella jornada, su impresión de ser un joven dios y que podía permitírselo todo, su serenidad, la seguridad de sus gestos y pensamientos, no había vuelto a recobrarlos de nuevo. Había sido una hora única. Y guardaba en el subconsciente un recuerdo tan claro de ella que podía repetir el lugar exacto donde estaban las banderas tricolores y cómo estaban plantadas las palmeras del quiosco de la música.
Ahora le decepcionaba esta especie de vacío que sentía a su alrededor. ¿Qué misterio se encerraba en él? Hiciera lo que hiciese, tenía la impresión de no hacer nada o de que lo que hacía no tenía ningún sentido.
Por ejemplo, cuando leyó la correspondencia que había encontrado en la habitación de Constance, después de pensarlo bien, decidió dar un gran golpe. Había entre las cartas una del notario de Orleans que decía:
Monsieur Robín, propietario de la finca de Loup-Pendu, insiste en comprar su finca de Ingrannes. Esta semana ha venido a ofrecerme ciento cincuenta mil francos... Creo que esta suma... etc.
También había otra carta.
No me ha contestado en relación con la oferta de monsieur Robín, sin embargo...
Durante dos días, Petit Louis con traje claro y sombrero de paja, estudió el problema en todos sus aspectos mientras iba y venía a lo largo de la plaza, seguía de cerca una partida de bochas, tomaba el aperitivo en la terraza o echaba una moneda en el tocadiscos.
Un mañana le preguntó a la patrona:
—¿No tendría una máquina de escribir?
—Sólo hay una en el hotel Miramar.
El hotel Miramar era ese rodeado de palmeras donde dudó si quedarse el primer día. Se presentó allí, contó una complicada historia y consiguió el permiso para usar la máquina media hora.
Necesitó mucho más tiempo, porque escribía con un solo dedo, buscando las letras, olvidándose del espaciador o pulsándolo dos veces.
Muy señor mío:
Después del accidente, he decidido pasar unos días en Italia para recuperarme, necesito dinero y he pensado en la oferta de Robín. Puede venderle la casa por los ciento cincuenta mil francos a condición de que la venta sea al contado. Le ruego me envíe el importe a Porquerolles donde me encuentro en este momento.
Dicto la carta a otra persona porque aún estoy lejos de encontrarme completamente restablecida, sin embargo, poco a poco, voy empezando a mover la mano.
En espera de sus noticias...
CONSTANCE ROPIQUET
El asunto parecía fácil. Pero Petit Louis ignoraba cómo Constance «acostumbraba a escribir a su hombre de negocios y cómo se habla de ciertas cosas, como por ejemplo la venta de una casa.
Leyó la carta varias veces, no estaba muy conforme, pero al fin se decidió a echarla al correo después de sostenerla un buen rato en el aire. Había dado la dirección de su hotel y anunció a la patrona:
—Espero a mi prima Constance Ropiquet que llegará dentro de unos días, si recibe alguna correspondencia para ella, entréguemela.
No tenía otra cosa que hacer más que esperar los resultados y procurarse algunas de las pequeñas alegrías que siempre había deseado. Disponía de medios para desafiar a cualquiera al póquer, a las bochas, disfrutar de excursiones caras y pasear por la plaza, dejándose admirar por las gentes sencillas.
Sabía que era la envidia de muchos, que los jóvenes intentaban imitar su manera de andar y su estilo de lanzar las bochas. Los veraneantes se volvían a mirarle, sobre todo las mujeres algo maduras como Constance. En el baile destacó como el mejor bailarín.
¿Qué le faltaba? No se privaba de nada que contribuyera a realizar viejos deseos, algunos de los cuales databan de su infancia, caprichos a veces ridículos, como el de fumar cigarrillos con el filtro dorado.
En las horas cálidas, solía ocupar la banqueta de hule que había frente al mostrador de zinc y se quedaba solo con la sirvienta, hablando tiernamente.
Ella admiraba sus corbatas y él le regaló tres y le prometió traerle un cinturón igual al suyo, de piel de lagarto, comprado en Cannes.
—¿De verdad no tienes ningún amante? La chica se dejaba hacer la corte con una sonrisa de satisfacción. Pero debajo de esta capa, lo que se cocía en el corazón de Petit Louis, y que él no quería reconocer ni en el secreto de su intimidad, era una profunda humillación.
Jugaba al pícaro: fanfarroneaba, se exhibía, causaba admiración a los pescadores y a las gentes sencillas del país, pero no podía superar la idea de sentirse abatido. No es que creyera que, en su momento, debía haber ido a la policía a denunciar a Gène. No se trataba de eso por varias razones, entre otras porque un paso así no debe darse, no sólo por honradez o por temor a no conseguir resultados, sino porque gentes como Gene, que tienen de su parte a todos los rufianes de Marsella, incluidos los políticos y las gentes de alto nivel, no tardan en ser vengados.
Lo que tenía que haber hecho, lo que hubiera hecho para comportarse como un hombre, era haberse ido a casa de Gene en Marsella o al Bar Express y haberle gritado al otro con una calma cargada de amenaza y mirándole a los ojos:
—Vengo a pedir explicaciones.
Y todo esto con la mano en el bolsillo derecho del pantalón, el dedo en el gatillo y el cañón apuntando detrás del tejido. Gène habría intentado ganar tiempo gastándole alguna broma... Y los que estaban con él en la mesa habrían olido en seguida el tufo de un ajuste de cuentas...
—Uno por Louise... Otro por la vieja... Otro por...
Y así hasta seis balas: una, dos, tres, cuatro, cinco y seis... El cargador vaciado a través del bolsillo del pantalón. Luego a la calle de un salto y una carrera jadeante por varias callejuelas.
¡Pero no lo había hecho! Se había limitado a fanfarronear delante de unas momias, a hacer la corte a una sirvienta bastante picara que le tenía en vilo sin concederle nada y que trataba de contentarlo con sonrisas amables.
... -A la vista de su carta, he notificado a monsieur Robín que está dispuesta a reconsiderar su oferta y le he rogado que pase por mi despacho. Espero sus noticias para...
Sin dificultad le entregaron la carta dirigida a Constance Ropiquet. Al ver el nombre escrito en el sobre, Petit Louis se sobresaltó. La carta había traído al rincón sombreado del café, desde donde se veía la plaza con su iglesia amarilla, un halo de Niza, del apartamento tranquilo, cuya calma sólo era turbada por la voz de Niuta que entraba a través de la pared tapizada con papel de flores y la mirada del viejo de la cabeza de madera que chupaba su pipa, siempre apagada, en la ventana de enfrente.
Apretó los dientes y sintió hacia Gène un profundo odio, tanto más profundo cuanto que sabía que no podría desahogarlo jamás, ni lo intentaría, porque «ellos» eran más fuertes que él, y tenía miedo.
Cada mañana, cuando veía llegar el barco desde la terraza donde tomaba el desayuno en pijama, cruzaba la plaza con paso sereno, se dirigía a la tienda estrecha donde vendían los periódicos y esperaba su turno. Compraba siempre «L'Eclaireur», por las noticias de Niza, pero nunca decía nada que le atañera.
Habría sido una extraña casualidad que el ancla de un barco enganchara alguno de los paquetes...
Y aun así, habría sido imposible identificar el cadáver... Más valía no pensar en ello... Constance estaba ya muerta... Lo demás no tenía mucha importancia... Además... Había buscado por toda la casa un objeto pesado y sólo encontró la plancha... ¿Qué le iba a hacer? Una vez que se había puesto manos a la obra tenía que llegar hasta el final, ¿O es que iba a dejarse condenar por un crimen que no había cometido? Pero ya no había por qué pensar más en ello. No se puede jugar con esos recuerdos como con un diente que se mueve, a menos que se sea un retorcido, porque la verdad es que después uno mismo no comprende cómo lo ha hecho.
Casi siempre conseguía vencer estos pensamientos grises más fácilmente que el recuerdo de Gene o de Louise, que ahora estaría otra vez en «su casa». Leía los últimos acontecimientos, acababa de tomarse el café, ya frío, se levantaba silbando, iba a hacer su aseo personal y el resto del día era ya suyo, unos días claros y limpios en su universo reducido a un pequeño islote. No contaba los días ni pensaba que estas vacaciones no podían durar eternamente. Su única meta era esperar los ciento cincuenta mil francos que iban a permitirle elegir la vida que deseaba, pero tampoco hacía proyectos. Su vida consistía en sentarse en el bar, tomarse una copa, jugar a algo, poner en marcha el tocadiscos.
Una tarde intentó entrar en el cuarto de la sirvienta, ésta no se enfadó pero se negó a abrirle la puerta y él se sintió humillado, sobre todo porque se había gastado en ella más de quinientos francos. Ese día estuvo al sol más tiempo que de costumbre y a la mañana siguiente se levantó con un fuerte dolor de cabeza.
Pero sin ningún presentimiento. No se le había ocurrido pensar que, en el continente que tenía enfrente, los periódicos aparecen a las cuatro de la mañana.
Llegaron a la isla, todavía desordenada, sin ninguna prisa, a bordo del barco blanco.
—¿Ha dormido bien? —le preguntó la sirvienta. Hizo un gesto desabrido, volvió la cabeza y se encogió de hombros. Miró a las gentes que acababan de desembarcar, dejó al vendedor de periódicos el tiempo de desatar su mercancía y un cuarto de hora más tarde leía la primera y segunda páginas del periódico antes de llegar a la crónica de Niza:
Misteriosa desaparición en Villa Carnot. La policía cree en un crimen salvaje.
¿Por qué se acordó instintivamente de la plancha? Podría haber pensado en cualquier otra cosa antes que en ese detalle. Y antes de acabar de leer el artículo estaba ya seguro de que la plancha desempeñaba el papel principal. Había tomado todas las precauciones imaginables. Antes de salir había dado diez veces la vuelta al apartamento para asegurarse de que no dejaba tras él ningún indicio. Después, había evocado con frecuencia los menores detalles haciéndose la misma pregunta.
De repente recordó que se había olvidado de la plancha. ¡La había olvidado! Le parecía estarla viendo... En la bandeja de abajo de la mesilla de noche... La había puesto allí con idea de volver a cogerla... Había sido uno de los momentos más duros, estuvo a punto de vomitar y tuvo que asomarse a la ventana para respirar un poco de aire fresco.
Se quedó paralizado, con el periódico en la mano, sin leer, mirando sólo imágenes en blanco y negro, y sobre ellas la plancha eléctrica, mientras una joven, en la mesa de al lado, mojaba su pan untado de mantequilla en una taza de chocolate.


Lo más curioso era que la culpa de todo la tenía Niuta. Había salido a las once de la mañana, como de costumbre. Media hora más tarde, un médico suizo que vivía tres puertas más adentro, avisó a la portera.
—Hay un escape de gas en alguno de los pisos. Debería subir a mirar...
La portera subió y llamó a varias puertas. En el pasillo se formó un pequeño grupo. Por casualidad, alguien dijo:
—Debe ser en el apartamento de madame d'Orval. ¿Está todavía de viaje?
—No volverá hasta dentro de un mes o dos —respondió la portera.
La escena languidecía. Por distraerse la estaban prolongando demasiado...
—¿No tiene una segunda llave?
—No. Se la llevó el joven.
—¡El secretario! —comentó con ironía una señora gorda de cabellos lacios.
—¿Y si llamara a un cerrajero?
Mientras tanto, el médico suizo se había inclinado y miraba por la cerradura...
—Yo diría que esta cerradura es igual a la mía... Esperen, voy a probar mi llave.
¡Exacto! Hasta aquel momento nadie se había dado cuenta de que una docena de puertas del inmueble tenían la misma cerradura.
El grupo entró:
—¡Qué olor tan raro!
—Aquí huele a cerrado, caramba, pero no a gas...
Los curiosos aprovecharon la ocasión para fisgar un poco por el piso.
—Parece mayor que los nuestros, ¿verdad? Yo creía que todos eran iguales.
—No. Los del lado de la escalera...
—¿Dormían los dos en la misma habitación?
—No. Hay un cuarto pequeño detrás...
Ya se iban a buscar el escape de gas por otra parte, cuando la portera tropezó con un transformador de corriente y se agachó para apartarlo.
Del transformador salía un hilo. Y en el otro extremo del hilo había enchufada una plancha. La mujer la cogió para dejarla en cualquier parte, cuando descubrió algo.
—Parece pelo —comentó.
Y puso cara de asco al comprobar que la plancha tenía pegada una substancia oscura y un puñado de pelos.
—¿Qué dice usted de esto?
—Creo que...
El médico suizo, que era tan comadre como el grupo de mujeres, miró la plancha de cerca y no tardó en afirmar:
—Esto es pelo de madame d'Orval. Lo conozco bien... Una vez estuvo en mi consulta...
—-No pretenderá que...
—Pretendo hacer constar que hay sangre y que han utilizado esta plancha para...
Cinco minutos después, el policía de la esquina acudía a la llamada de la portera. El hombre se limitó a cerrar la puerta hasta que viniera el comisario.
Éste hizo varias preguntas y avisó a la Sûreté.
Las idas y venidas animaron la casa durante todo el día. Primero el médico forense acompañado de un inspector de policía. Después el jefe de la Sûreté en coche y, a las cinco de la tarde, una comisión del juzgado compuesta por el juez, ayudante y escribanos.
Nadie volvió a acordarse del olor a gas. A las doce y media, cuando volvió Niuta, comprobó que se había dejado abierto el calentador.
Las gentes acudían al corredor y la escalera sin descanso. La portera tuvo que subir diez veces más y siempre para responder a las mismas preguntas. La mujer acabó por cansarse.
—Ya se lo he dicho. Se fueron en un taxi a las seis de la mañana. Desde mi cuarto se oía el motor en marcha.
—¿Les vio usted?
—Ya le he dicho que el joven me despertó para decirme que se iban de viaje.
—¿Y los vio?
—¡Cómo le estoy viendo a usted ahora mismo!
—¿Y vio también a madame d'Orval? Es decir, a madame Ropiquet...
—Diga siempre madame d'Orval, porque así la conocemos aquí todo el mundo.
—¿La vio usted?
—Sí...
La mujer no mentía, sin embargo dudó un momento como alguien que se siente sorprendida en una falta. La verdad era que no estaba muy segura.
—Piénselo bien pues esta respuesta es importantísima. ¿Afirma que vio a madame d'Orval esa mañana?
—Sí...
Poco importaba. Decidió seguir diciendo que sí antes que contradecirse.
—¿Cómo iba vestida?
—No me fijé.
—¿Le dijo algo?
—No recuerdo... Creo que no...
—¿No se despidió de usted?
—¡Y yo qué sé! Empiezan a aturdirme con sus preguntas... Mientras tanto, mi niña está sola en la portería...
«L'Eclaireur» no daba tantos detalles, sólo unos cuantos e incluía una vieja foto de Constance Ropiquet que habían encontrado en uno de los cajones. La crónica terminaba así:
La policía busca activamente al secretario de la víctima, Louis Bert, conocido por el nombre de Petit Louis, con antecedentes penales.
Petit Louis siguió leyendo sin moverse de la terraza. Al cabo de un rato se levantó para ir a la tienda de periódicos.
—¿Tiene «Le Petit Var» y «Le Provençal»? Se los leyó de un tirón para ver si decían algo de él, pero no encontró nada. Seguramente los corresponsales en Niza no habían tenido tiempo de telefonear al periódico con la información.
—¿Tiene más ejemplares de «L'Eclaireur»?
—Sólo me queda el que reservo para el cocinero del Grand Hotel.
—¿Vende muchos?
—Ocho.
No se inmutó. Estaba maravillado. Viéndole pasear por la plaza bajo la sombra de los eucaliptos, cuando el reloj de la iglesia marcaba las once, nadie habría sospechado... En ese momento salía un barco para la Tour Fondue, pero ya era tarde para cogerlo.
Había otro a las dos, pero si no quería esperar hasta esta hora, podía alquilar una lancha motora de las que había en el puerto.
—Ayer te portaste mal —le dijo a la sirvienta con voz triste al volver al café.
Le había afectado el comportamiento de la chica.
—Que me preparen la cuenta...
—¿Se marcha?
No pudo reprimir su inquietud:
—Si no me lo impiden...
Y para evitar problemas, subió a su habitación y se puso a hacer sus maletas.


CAPÍTULO NOVENO



La habitación daba a la plaza y las ventanas estaban abiertas. Mientras recogía su ropa en la maleta de cualquier manera, vio, detrás del marco luminoso, como una superficie de agua, a cuyo alrededor daban sombra los eucaliptos, la puerta de la oficina de Correos que se abría.
Estaba al final de todo, junto a la iglesia. Un hombre bajito y nervioso bajó los escalones, atravesó la plaza en diagonal y se fue derecho a la casita, al lado del hotel, que servía de ayuntamiento.
Petit Louis no necesitó ver el periódico que el hombre llevaba en la mano. Aunque lejos y reducido a una silueta, el hombre era tan elocuente, que el joven dejó de hacer su equipaje. Habría jurado que el jefe de Correos hablaba solo. Y se lo imaginaba agarrando al inspector de policía por las solapas de la chaqueta y gritando:
—¿Sabe a quién tenemos aquí? Al asesino de la rentista de Niza.
De cualquier manera, Petit Louis no se conmovió. Siguió mirando a la plaza y luego echó una mirada a la maleta con sus trajes mal doblados.
Estaba-atrapado. Un solo movimiento para tomar el barco y la policía estaría sobre sus talones y si, por ventura, conseguía partir de la costa, serían avisados todos los puertos de los alrededores.
Se miró al espejo orgulloso de sí mismo, de su calma, de la sonrisa que poco a poco iba subiéndole a los labios; luego, en la penumbra de la escalera se encogió de hombros y suspiró:
—¡Pobre Petit Louis!
Sólo tuvo un momento de emoción. Cuando llegó al café encendió un cigarrillo con mano temblorosa y se acordó de que la sirvienta había admirado su encendedor.
—¡Toma! —dijo—. Puedes quedártelo. Tal vez al verlo lamentes lo que hiciste ayer.
—¿Todavía insiste?
Ella no comprendería el significado que esto tenía para él. El salón estaba casi vacío. Dos marineros de yute, con una palabra inglesa escrita sobre el jersey, dormitaban en un rincón. El policía cruzaba la plaza con la misma decisión que el jefe de Correos.
—¡Sírveme un tomate, vamos!
Se trataba de un pernod con unas gotas de granadina. Por lo general no bebía alcohol, pero tenía ganas de aspirar una vez más el olor del pernod.
—¿Qué mira con tanto interés? —le preguntó la sirvienta.
—Ese que habla con el policía es el alcalde, ¿verdad?
—Sí... ¿por qué?
El alcalde, que era también el tendero, tenía grandes bigotes negros y vestía una blusa gris como la de los quincalleros y los linotipistas. Los dos hombres discutían a pleno sol.
A Petit Louis le tocaba esperar y se preguntaba si aquellos hombres se atreverían... En su rostro se dibujó una sonrisa cuando el policía se separó al fin de su compañero y se dirigió al café con la mano derecha crispada sobre el estuche de su revólver.
—¡Entre, Bonnet! —le gritó Petit Louis, que lo conocía de haber tomado con él varias veces el aperitivo.
—¿Usted es el llamado Louis Bert?
—No me avergüenzo de serlo.
—Louis Bert, le ruego que facilite mi trabajo y no dé lugar a un escándalo. Le advierto que al primer movimiento me veré obligado a disparar. ¡Levante las manos!
Petit Louis no pudo evitar una sonrisa y al mismo tiempo que levantaba las manos, dirigió una mirada a la sirvienta.
Bonnet se portó bien. El momento era grave para él porque al día siguiente toda la prensa hablaría de esta detención,
—¡Pase! —le dijo a Petit Louis abriendo la puerta de su despacho con las banderas del 14 de Julio arrolladas en un rincón y amontonados junto a ellas los cohetes que no habían servido y varios farolillos.
—Siéntese...
Cerró la puerta con llave. Algunos curiosos pegaron la cara a los cristales y el inspector bajó las persianas. Los dos quedaron en una semipenumbra.
—Todavía no tengo la orden de detención, pero aun así, creo que debo asegurarme sobre su persona. De momento voy a llamar a Hyères para pedir instrucciones.
—¡No faltaría más! —aprobó Petit Louis.
—El tema es mucho más delicado de lo que usted piensa. No hay flagrante delito propiamente dicho.
Daba la impresión de estar contento porque tenía delante a un interlocutor capaz de comprender sus problemas. Y no podía evitar su inclinación a tratarlo como un huésped de categoría y, mientras llamaba por teléfono, le dedicó algunas miradas más de admiración que de reproche.
—¿Hyères?... ¿El comisario de policía?... ¡Oiga!... ¡Quiero hablar con el comisario!... Aquí Bonnet de Porquerolles... ¡Oiga! ¿Es usted, señor comisario? (Aquí guiñó un ojo a Petit Louis)... Tengo el honor de anunciarle una noticia de interés... Se trata del asunto de Niza... ¿Está al corriente?... Tengo al asesino frente a mí, en mi despacho... ¿Sería tan amable de indicarme qué debo hacer?... Sí... Bien... No me moveré de aquí...
Colgó y miró a Petit Louis embarazado:
—No creo que haya necesidad de un interrogatorio oficial —dijo preocupado—. El comisario volverá a llamar. Está pidiendo instrucciones a Niza.
Hacía frío en aquel cuarto pequeño presidido por una litografía del presidente de la República y una Mariana cubierta de polvo y manchas de tinta. De repente, Bonnet levantó la persiana y gritó irritado:
—Si continúa el desfile, mando desalojar la plaza.
Hasta las tres de la tarde todo fue cordial, incluso distraído. Pero a las tres llegaron dos gendarmes para hacerse cargo del prisionero. Uno de ellos era joven, bien afeitado y pulido, Petit Louis no podía quejarse. El otro, gordo y bien curtido en el trabajo, con un hombro más alto que el otro, gesto huraño y cara de pocos amigos, se acercó al prisionero con aire malhumorado:
—¿Eres tú el chulillo que mata a las viejas?
Al mismo tiempo que hablaba le dio un pisotón, intencionadamente, a Petit Louis, que no se movió y le sostuvo la mirada.
—¿No irás a desafiarme, verdad, crápula?
Y con gran fuerza dejó caer su mano sobre la mejilla de Petit Louis, quien, para desahogarse, escupió en el suelo.
—¡Eh! ¿Qué quieres decir con eso? ¿No será un insulto...?
No había necesidad de excitarlo. Ya lo hacía él solo. Sin ningún escrúpulo le registró la chaqueta y cogió su paquete de tabaco.
Petit Louis no se movió. Cuando acabó la operación, tenía el labio superior hinchado y una magulladura en la sien izquierda. Además, le había desgarrado la corbata y arrancado el cuello de la camisa.
—Espera que te arreglemos un poco...
A las cinco, los dos gendarmes le condujeron al barco. Era un recorrido de unos doscientos metros. A lo largo del camino, los curiosos se agrupaban en silencio, impresionados, y todo transcurrió con bastante dignidad.
Tal vez temían que Petit Louis se tirara al mar, porque lo metieron en una cabina cerrada que olía a madera húmeda, mientras los pasajeros hacían el viaje en cubierta.
En la Tour Fondue, esperaban refuerzos: un teniente de la gendarmería y un brigadier con un coche. Media hora más tarde estaban en Tolón. Llevaron a Petit Louis a un andén de la estación y le embarcaron en el rápido París-Niza.
No había comido ni bebido desde hacía once horas, pero no se habría perdonado perder la sangre fría.
En Niza, una quincena de periodistas y fotógrafos le esperaban en la estación y hubo que hacer uso de la fuerza para conducir a Petit Louis hasta el coche que había de llevarlo a la Sûreté.
Permaneció más de una hora sentado en el banco de una sala donde varios inspectores trabajaban, llamaban por teléfono, iban y venían, y le miraban con curiosidad. Ya hacía rato que trabajaban con las luces encendidas. Dos policías, de paisano, hicieron subir unas jarras de cerveza y ni siquiera pensaron en ofrecerle un trago al prisionero.
Al fin sonó un timbre. Uno de los hombres se levantó e hizo una señal a Petit Louis:
—¡Pasa!
Cruzaron una puerta acolchada. En el centro de la habitación había de pie un hombre redondo: redondo de cuerpo, redondo de cara, los ojos redondos y tres papadas redondas superpuestas bajo una boca blanda.
—¡Déjenos solos, Janvier! Cierre la puerta y diga que no me molesten.
Petit Louis descubrió a un segundo personaje en un rincón: el inspector que había ido a casa de Constance. Se mantenía a distancia, en silencio, como si no quisiera mezclarse en nada y estuviera allí como un simple observador.
Se llamaba Mine, Petit Louis lo sabía. Y también sabía que sus compañeros le llamaban el «Calamitoso» porque era un hombre gris, apagado, mal vestido, nunca limpio ni bien afeitado y escupía enseñando una dentadura amarillenta que le daba mal aliento.
—Siéntate, Petit Louis... Aquí... ¿Un cigarrillo?
El jefe de la Sûreté, Balestra, paseaba por la habitación buscando por dónde empezar. Le dio fuego a Petit Louis, que seguía con las manos esposadas y luego tomó un papel de encima de la mesa.
—Para evitar complicaciones, voy a mostrarte en primer lugar la orden de arresto, que luego los abogados empiezan a buscar atajos por donde escapar... Como medida de prudencia, esta orden ha sido telegrafiada a Porquerolles a las tres de la tarde, así es que todo se ha hecho en regla.
El otro, el «Calamitoso», sentado en su rincón, simulaba consultar notas escritas en una libretilla mugrienta atada con una goma.
Petit Louis tenía sed, pero se habría dejado cortar una oreja antes de confesarlo, y miraba a uno y a otro para demostrarles que no les tenía miedo.
Ni desconfió de ellos inmediatamente ni se dejó arrullar por la hombría de bien que le demostraba Balestra, porque no era la primera vez que la policía le interrogaba y ya conocía el asunto. Después de cada pregunta se detenía a reflexionar un momento y no podía evitar interrogar con la mirada al «Calamitoso», como si entre ellos hubiera algún acuerdo. En la sala contigua se oía a los periodistas impacientes, hablar en voz alta. Uno de ellos llamaba a su periódico en París y hablaba tan alto que no se le perdía ni una sílaba.
—En el momento en que llamo, el miserable es sometido a un riguroso interrogatorio por el experto jefe de la Sûreté, rnonsieur Balestra...
Petit Louis esbozó una sonrisa, el policía también sonrió, pero se dominó en seguida, abrió la puerta y, al tiempo que hacía girar los ojos, gritó:
—¡Un poco de silencio!
Varias cabezas se levantaron para ver a Petit Louis sentado ante la mesa del despacho, luego volvió a cerrarse la puerta.
—Una pregunta: ¿cuánto te daba cada mes?
Petit Louis respondió con un gesto nervioso. Era la tercera vez que le hacían esta pregunta y como no le parecía normal, buscaba la trampa que le tendían con ella, pero no la encontraba.
—No estaba a sueldo fijo —respondió con humor.
—¿Cobrabas en especies? —bromeó el jefe—. Dime ¿qué día te regaló el brillante que llevas en ese dedo?
—¡Y yo qué sé! Algún día de los que ganó en el juego...
—Ella jugaba a la ruleta, ¿verdad?
—Creo que sí, pero yo no iba siempre detrás de olla...
—¡De acuerdo! Tú conocías todos sus papeles, porque eras su amante, pero ante todo su secretario...
A Petit Louis no le gustaba el rumbo que tomaba el interrogatorio. Eran las diez y media de la noche y aún no le habían hecho ni una sola pregunta de las que él esperaba. Ni siquiera la fundamental. Por el momento ni habían pensado en preguntarle:
—¿Has matado a madame Ropiquet?
O incluso:
—¿Con qué despedazaste a la vieja?
Ni una sola alusión a la historia de Lavandou ni a sus relaciones con los de Marsella. Ni una palabra sobre la comida de aniversario a la que el «Calamitoso» había asistido de lejos.
¿Era posible que el inspector no hubiera puesto a su jefe al corriente? ¡Increíble! Él estaba allí y su presencia debía tener una explicación. ¿Qué era lo que buscaban exactamente?
—Deseo hacer una declaración —dijo Petit Louis mientras dirigía una mirada poco amistosa al inspector—. Ese señor que está ahí puede atestiguar...
—En seguida te daremos tiempo para que hagas todas las declaraciones que desees, pero de momento soy yo quien pregunta y no quiero que inviertas los papeles. En la cartera que los gendarmes acaban de quitarte, hemos encontrado un recibo del Crédit Municipal. Esta fechado el veintiuno de agosto y extendido a nombre de madame Ropiquet. Así pues, el veintiuno de agosto todavía estaba viva, puesto que llevó su abrigo de visón al Crédit Municipal...
No hubo respuesta. Petit Louis habría deseado disponer de un papel y un lápiz para ir tomando nota de todo este enredo de fechas. Había pasado días y días en Porquerolles sin hacer nada y no se le había ocurrido preparar sus respuestas a esta clase de preguntas.
—¿Me sigues, verdad? El veintiuno de agosto llevó a empeñar su abrigo y te pidió que le guardaras el resguardo. Seguramente desconfió de su propensión al desorden. Te confiaba sus papeles de interés y eso era normal, puesto que le hacías de secretario.
El aspecto de Petit Louis iba cambiando. Empezó a replegarse sobre sí mismo, a meter el cuello entre los hombros y su mirada iba haciéndose cada vez más suspicaz.
—¿Qué respondes? ¿Te entregó ella el resguardo?
—¿Y qué más?
—¿Admites el hecho?
—Supongamos que lo admito...
¿Se decidirían por fin a hablarle del crimen y del cadáver? ¿O quizás todavía no?
—Ese día, el veintiuno estabais pues los dos en Niza. Y este hecho ocurrió por la tarde, mientras que, según la portera, habíais cogido un taxi a las seis de la mañana para ir a la estación.
Petit Louis no se conmovió. Balestra daba de vez en cuando una vuelta alrededor de la mesa de su despacho, cogía una cajita que había encima, la agitaba, sacaba un cachunde y lo ponía con cuidado sobre su gruesa lengua.
—Ten en cuenta que la aclaración de estos detalles corresponde al juez de instrucción. Yo pregunto por cuenta propia, a grosso modo como quien dice. Tal vez cogisteis otro tren a mediodía o por la tarde...
Una serie de pequeñas gotitas de sudor cubrían el labio superior de Petit Louis. No ignoraba que cuanto dijera en este momento sería definitivo y que más tarde intentarían atacarle con sus propios argumentos.
—¿Qué tren cogisteis?
—No me acuerdo.
—Varias personas creen haber reconocido a madame Ropiquet, vestida de azul, en el autobús de las diez.
¡Imposible! Porque, a esas horas, Constance estaba ya partida en dos en las aguas del puerto. No podía perder de vista que cada pregunta del jefe tenía una intención y que debía adivinar cuál era esa intención.
—Llamaste a la portera desde Lyon. ¿Desde qué hotel?
—Desde una cabina pública.
—¿Una cabina del despacho de correos?
—No. De la estación.
—¿De qué estación?
—De la estación grande...
Sólo había estado una vez en Lyon y no recordaba el nombre de la estación Lyon-Perroche.
—¿Una cabina automática?
—Sí...
El «Calamitoso» seguía en su rincón pasando y repasando las hojas de su libreta como si ésta hubiera contenido las tablas de la ley.
—¿Estás cansado o prefieres que sigamos hoy?
—Como usted quiera —replicó Petit Louis, aunque nunca en su vida había sentido la sed con tanta intensidad como en este momento.
—¿Te han dado los gendarmes algo de comer?
—Me han dado bofetadas —respondió Petit Louis, mostrándole su rostro amoratado.
—¿Tienes hambre o sed?
—Lo que usted diga...
Sabía bien lo que se hacía y no quería dejarse ablandar por un bocadillo y un vaso de cerveza. Balestra salió, se oyó un momento el murmullo de los periodistas. Petit Louis creyó que el «Calamitoso» le diría algo, pero el inspector siguió en su rincón y guardó silencio. Tal vez el jefe había salido pensando que Petit Louis aprovecharía el momento para hablar con el inspector.
Balestra volvió.
—En seguida te suben una cerveza... ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! ¿Cómo se te ocurrió ir a meterte en Porquerolles? Es un rincón bonito ¿verdad?... Seguramente porque estaba cerca de la casa de tu madre... Ella vive en Le Farlet, ¿verdad?
Le molestaba que pasaran tan fácilmente de una idea a otra. ¿Qué tenía que ver su madre en todo este asunto? ¿Qué les habría dicho? ¿Dónde querían ir a parar?
—¿Murió ya el viejo Dutto?
—No lo sé.
—¿Desde cuándo no la has visto?
—Hace ya tiempo...
—¿Cuánto? ¿Un mes?
—No lo sé...
—He dado orden para que llamen a Farlet y digan a tu madre que puede venir a verte si quiere, que no tendrá más que presentarse aquí y yo le daré una autorización para que pueda visitarte en la prisión.
—Mi madre no puede venir.
—¿Por qué?
—Porque tiene que cuidar a Dutto.
El camarero de un café cercano entró con unas cervezas y Petit Louis pudo al fin calmar su sed. Se habría bebido los tres vasos, tanta era la sed que tenía, pero el líquido fresco no tardó en hacer brotar el sudor en su piel.
—¿Qué era lo que ibas a comprarle...?
—¿A quién?
—A Constance...
—No entiendo.
Eran las once y media. En la oficina no entraba el aire por ninguna parte y el jefe acabó quitándose la chaqueta.
—Por algo debió empeñar el abrigo de visón. Debía necesitar dinero urgentemente, veinticinco mil francos por lo menos, que es la cantidad que te ha confiado y que llevabas encima.
—¿Y qué más...?
—Tal vez quería comprar una baratija en Porquerolles...
—Tenía todo el derecho...
Estaba dispuesto a no responder ni sí ni no. Para ello intentaba sortear todas las trampas y el esfuerzo que debía hacer daba una expresión dura a su rostro, hasta el punto que no parecía el mismo hombre.
El joven atractivo y atlético, de caminar despreocupado que se paseaba con las manos en los bolsillos y la gorra blanca terciada por las plazas de los pueblos con una sonrisa irónica en su boca, había dejado de existir.
En su lugar había nacido un muchacho de aspecto recogido y duro, un hijo de minero, un hijo de las cuencas hulleras capaz de dominar su voluntad durante horas y horas sin desfallecer un solo instante.
—Mañana seguiremos hablando, es decir, será el juez quien te interrogará... El asunto no es complicado y la instrucción estará pronto terminada.
¿Quería burlarse? ¿De qué instrucción hablaba sí ni siquiera había mencionado la muerte de Constance? ¿Si no había hecho la menor alusión a ésta cuando lo mismo podía suponérsela viva que muerta?
¿Y ese inspector que estaba allí y que se había ocupado del golpe de Lavandou, por qué no decía nada?
—Descansa un poco... Esta noche dormirás en cualquier parte, mañana te buscaremos un lugar en la cárcel... ¿Otro cigarrillo?
Durante media hora Balestra consultó unos informes e hizo varias llamadas telefónicas que no tenían nada que ver con el asunto. Una de las llamadas fue a su casa para avisar que no volvería antes de las dos o las tres de la madrugada.
—¡De nuevo estoy contigo! —dijo dando un suspiro—. No tenemos más remedio que dejar claro todo esto y parece que todos los problemas surgen a la vez... A propósito de ese dinero...
A las dos y media, el interrogatorio continuaba y aún no se había mencionado ni el crimen, ni el asesinato, ni el cadáver, ni la plancha.
No se había hecho mención de más datos que la hora de salida de un tren, del destino del mismo, de una cantidad y una fecha en las que Petit Louis y el jefe de la Sûreté no conseguían ponerse de acuerdo...
—Hasta mañana... O hasta no sé cuándo... Porque ahora es el juez quien ha de continuar... En todo caso tu abogado no podrá quejarse luego de que la policía te haya tratado mal... ¿Un cigarrillo?
Llamó a dos inspectores, éstos se llevaron a Petit Louis y ahí terminó todo.


CAPÍTULO DÉCIMO



A partir de este momento, Petit Louis empezó su verdadera vida, la vida según su destino.
Había sido un niño insignificante, siempre cubierto de costras, detalle sin consecuencias porque nadie le besaba.
En la escuela de Farlet no había dejado huella, había pasado como un muchacho oscuro y, más tarde, como aprendiz, no fue ni muy diestro ni un inútil...
He ahí por dónde todo esto tenía ahora un sentido. Pequeños incidentes, a los que nadie había prestado atención eran ahora investigados y revalorizados como se aprecian las piezas de un rompecabezas indispensables para acabar una imagen.
Durante un mes, Petit Louis estuvo al margen de todo esto. Sólo le habían hecho comparecer una vez ante el juez de instrucción y el interrogatorio fue breve.
El magistrado se llamaba Monnerville, o De Monnerville para ser exactos. Era un hombre seco, observador, de tal manera atento a su trabajo que no encontraba un momento para dirigir una mirada a Petit Louis.
—Le hago comparecer en mi presencia para notificarle los cargos de crimen, robo, falsificación, uso de falsificación y estafa...
Leyó con cuidado, tenía miedo de olvidarse algo.
—La ley prevé que desde este momento nombre a un abogado para que le asista.
Como Petit Louis no dio ninguna respuesta, el juez levantó por fin la cabeza, sin admiración ni interés por el personaje que tenía delante, como si lo hubiera conocido de toda la vida y, sin embargo, le veía por primera vez.
—Le ruego que me indique un abogado —repitió con voz algo enternecida.
—¿Quién ha de pagarlo?
—Correrá de su cuenta.
—¿Piensan devolverme el dinero que me han quitado al detenerme?
Incluso para una pregunta tan banal como ésa, el magistrado tuvo que consultar el informe.
—Se le devolverá si se demuestra que le pertenece.
Petit Louis se encogió de hombros con una sonrisa cínica.
—¿Qué responde?
—Que no nombro abogado.
—Pediré al Consejo que le nombre uno de oficio...
Al final de sus palabras hizo una seña a los guardianes sentados a ambos lados de Petit Louis y éstos lo sacaron de la sala sin que hubiera tenido oportunidad de ver los ojos del juez una vez más.
Desde entonces, cada vez que alguien abría la puerta de su celda preguntaba:
—¿Me reclama de nuevo el juez?
El guardián acabó por decirle:
—No te lamentes de que esto se prolongue. Al contrario, ya puedes desear que siga así por mucho tiempo...
—¿Por qué?
—Por nada...
Y le hizo un gesto de inteligencia al preso que compartía la celda con Petit Louis, un árabe que hablaba sin descanso, reía, contaba chistes, narraba historias y hacía tan bien el tonto, que daba la impresión de no ser un hombre normal.
«¿Qué habrá querido decir?»
Para los demás estaba claro. Sólo Petit Louis ignoraba que cada día, los periódicos dedicaban dos columnas, por lo menos, a su asunto. Veinte reporteros hacían encuestas paralelas a las de la policía y continuamente se publicaban revelaciones sensacionalistas, declaraciones de testigos que surgían de todas partes y cuyas fotografías se insertaban en las primeras páginas.
Petit Louis se preguntaba a veces por qué no le llamaban para interrogarle y se extrañaba de que hasta ahora nadie le hubiera preguntado si confesaba haber matado o no a Constance.
Aceptaba su encarcelamiento con filosofía, incluso con buen humor, y si bien sólo dirigía la palabra al árabe para mortificarle, no pasaba .día sin que gastara alguna broma a los guardianes.
Algunas mañanas se tendía en el suelo boca arriba, sobre un rayo de sol en forma de triángulo, siempre en el mismo sitio, cerraba los ojos y pensaba en Villa Carnot: en el canto de Niuta, el hombre de la cabeza de madera y su canario.
Porquerolles era también para él un recuerdo claro y alegre, como el recuerdo de una fiesta.
Otras veces pensaba en lo que tenía que responder o se dedicaba a poner en orden sus ideas.
Había sido detenido el 13 de setiembre, el mismo día 13 por la tarde fue interrogado en el despacho del jefe de la Sûreté en presencia de el «Calamitoso» y el 16 compareció ante el juez Monnerville.
El 15 de octubre, un mes más tarde, un día que llovía a cántaros, vinieron a buscarlo en un coche celular y lo llevaron al Palacio de Justicia. De momento no comprendió por qué le hacían entrar por una puertecilla estrecha ni por qué cuatro gendarmes le conducían por una escalera y unos pasillos, completamente desiertos, para llevarle directamente, sin hacerle esperar un segundo, al despacho del juez.
No sabía que en el gran pasillo un servicio de orden público reforzado contenía con gran esfuerzo a la prensa y los fotógrafos y que en la calle, por la que suponían que había de pasar, esperaban más de cien curiosos desde hacía unas dos horas, sin temor a la lluvia.
Durante el camino reafirmó, como él decía, y ordenó sus ideas para hacer frente al magistrado y entró en el despacho con aire de luchador que pisa la pista. El día era gris. La sala estaba mal iluminada, pero esto no le impidió descubrir fácilmente a un joven con toga que sospechó sería su abogado. Lo observó con sentido crítico.
No parecía uno de los de élite. Para hacer de abogado de oficio no suelen llamar a los tenores de la justicia. Se habría atrevido a asegurar que el joven estaba impresionado por su cliente.
—Su abogado, monsieur Bouteille, asistirá desde ahora a los interrogatorios y tendrá derecho a estudiar el informe.
Petit Louis se sentó y frunció el entrecejo al observar la aplicación minuciosa del juez sobre un expediente compuesto por centenares de hojas.
Diez minutos más tarde, el joven se preguntaba si era verdaderamente él quien estaba allí y, sobremodo, si él había vivido esa vida frustrada que evocaban ahora con acento derrotista.
—A la edad de nueve años —recitaba el juez con voz monótona— fue expulsado de la escuela de Farlet. El alcalde del pueblo tuvo que interceder para que volvieran a admitirle...
Era lo último que habría esperado. Y Petit Louis se quedó inmóvil, con los ojos fijos en aquel rostro hipnotizado por un fajo de papeles.
—A continuación voy a dar lectura a la información facilitada al respecto por Ernest Ceccaldi, su antiguo maestro, al comisario de policía que le visitó...
Petit Louis se vio cubierto de un sudor de angustia.
—Por otra parte — seguía diciendo la voz monótona —, monsieur Grimau, el quincallero, ha declarado que siempre desconfió del joven Louis Bert y que, cuando tenía trece años, le sorprendió en la plaza con un par de bochas que le había robado la semana anterior. Añade que no le denunció a la policía en atención a su madre y...
El juez se detuvo y, cambiando de tono, preguntó:
—¿Reconoce haber robado un par de bochas?
Petit Louis se limitó a murmurar entre dientes:
—¡Desgraciado!
—¿Cómo dice?
—Nada, señor juez... Siga. Esto me interesa...
Pura ironía. Con una mueca sarcástica siguió esperando las bellas frases para saludarlas al paso.
El juez continuó. El expediente se movía constantemente y el magistrado lo sujetaba como el obrero agarra a su pala y ni siquiera una vez sintió curiosidad por observar los reflejos del reo.
El abogado, de espaldas a la ventana, tomaba notas en un cuadernillo con una pluma de oro.
—Su primer patrón fue el carpintero Morzenti... ¿Quiere decirme por qué lo dejó?
Silencio de Petit Louis.
—Repito la pregunta: ¿Quiere decirme por qué...?
—Es usted quien va a decírmelo a mí —le cortó Petit Louis—. Porque supongo que lo tendrá escrito ahí...
—Morzenti declara: Petit Louis estuvo seis meses a mi servicio. No era un muchacho mal dotado, pero daba malos ejemplos a mi hijo. Se lo llevaba a todas las fiestas de la comarca. De repente noté que me faltaba dinero en la caja...
La historia vino a durar unas tres horas con el reloj en la mano. Un cortejo de personajes surgía del pasado y todos, invariablemente, amasaban acusaciones. Muchos de ellos apenas si habían conocido a Petit Louis y, sin embargo, recordaban sus menores hechos y gestos. Algunos, a ocho años de distancia, daban toda clase de datos e incluso la hora exacta de tal o cual acontecimiento.
—A los dieciséis años, era el amante de una mujer casada a la que usted llevó a faltar a sus deberes...
La afirmación le hizo estallar. No podía asegurarse si lloraba o reía. Tenía los ojos brillantes, húmedos, y el rostro descompuesto.
—¡Por favor, señor juez! —suplicó como aquel que da un consejo a alguien que exagera.
—¿Lo niega?
—Pero, señor juez... Esa mujer era una veraneante que ocupaba todos los años el mismo apartamento a cien metros de nuestra casa y tenía treinta y cinco años...
—No comprendo... ¿Qué tiene eso que ver?
—Acaba usted de decirlo. Yo tenía dieciséis, todavía no los había cumplido... Creo que es a ella a quien deberían acusar por corrupción de menores...
—No le he pedido ningún comentario...
—Tengo que observar... —apuntó el abogado.
—Señor — cortó el juez en un tono que no admitía réplica—, le ruego que me deje acabar el interrogatorio como yo lo estime oportuno. Ya tendrá ocasión de intervenir en la audiencia de lo criminal y espero que lo haga con el éxito que acostumbra.
Esto lo decía porque hacía pocos días habían condenado a un cliente de monsieur Bouteille a la pena capital.
—Madame Patrelle — siguió diciendo la voz monótona—, que es amiga de su madre...
—Déjese de bromas...
¡La vieja Patrelle! La bruja más bruja de todo Farlet, que se pasaba la vida escribiendo anónimos a todo el mundo...
—¡Silencio! Madame Patrelle, digo, declara en estos términos: La pobre madame Berí, que ha sufrido mucho porque era refugiada, me ha repetido muchas veces que el mayor de sus sufrimientos era su hijo, que le daba miedo y que un día acabaría dándole un mal golpe...
La habitación era pequeña para contener a tanta gente y lo mismo sucedía con la cabeza de Petit Louis. Eran tantos los personajes que aparecían de repente que habían llegado a formar en su cerebro un barullo trágico y grotesco. Todo el pueblo estaba allí, los viejos, los jóvenes y hasta un compañero casi imbécil que había ido con él una vez, cuando ambos tenían diecisiete años, a una casa de prostitución que había en Tolón.
—Batistin Lange declara: Petit Louis tomaba una sola consumición, parecía un cliente habitual de aquellos lugares, tuteaba a ¡as mujeres y ellas conocían su nombre. Yo le esperé en una sala mientras él subía... ¡Qué curioso! Había vivido estas cosas como todo el mundo y ya las tenía archivadas en el rincón del olvido cuando, de repente, las circunstancias le obligan a replantearse su vida, pero no a su manera, porque no era él quien se la planteaba y la juzgaba. Eran los demás...
Y lo más desolador era la forma en que lo hacían: Por comisión rogatoria de monsieur Monnerville, caballero de la legión de honor, juez de instrucción del Juzgado de Niza, nos Agustín Grégoire, comisario de policía de Aviñón...
Otras veces eran simples gendarmes con un mandato judicial los que recogían por todas partes, con paciencia y minuciosidad, detalles de la vida de Petit Louis para incluirlos en informes oficiales.
Era éste el formulario de nunca acabar, pero el magistrado estaba dispuesto a no desperdiciar ni una migaja y lo leía todo de un extremo al otro, ambos comprendidos:
—Visto bueno, legalización y firma... Y pensar que durante un mes habían estado amasando este granero de hormiga mientras Petit Louis en su celda ni siquiera lo sospechaba. Él pensaba que se alargaban las cosas porque estarían buscando el cuerpo de Constance y se amargaba temiendo la pregunta:
—¿Por qué tiró los dos pedazos al fondo del mar en el puerto?
Este interrogatorio le aplastaba. Sentía la cabeza hueca y la garganta seca. Pero aquí no podía pensar en que el magistrado le ofreciera unas cervezas como el jefe de la Sûreté. Fuera seguía lloviendo. Se oía a las gentes que pasaban por el pasillo y había orden de no molestar al juez ni siquiera por teléfono.
—Sigo adelante,.. Hasta la edad de veinticinco años ha frecuentado como cliente las casas de prostitución... Parece que tiene una marcada inclinación hacia esos lugares. Varios patronos declaran que acostumbra a pasar en ellas todo su tiempo libre...
—Conozco también otras distracciones... —murmuró Petit Louis.
—¿Decía usted...?
—No. Nada, siga...
El juez estuvo a punto de irritarse por la libertad de interrumpirle que se había tomado, pero se contuvo y continuó:
—A los veinticinco años está usted en Aviñón. Allí conoce a una chica llamada Lea...
¡Inimaginable! La Justicia se presentaba ahora a los ojos de Petit Louis como una inmensa y monstruosa máquina capaz de enredarlo todo...
¡A qué venía remover estas aguas! Lea... la mujer con quien había iniciado su aprendizaje de chulo... En ese tiempo él todavía trabajaba y ella le daba sólo un poco de dinero de vez en cuando, por divertirse. Era una buena chica, reía por cualquier cosa y era feliz oyendo contar historias durante horas y horas. Era un público excelente:
—Cuéntame otra vez la de anteayer, la del Marius ese que...
—Aquí dice que esta joven está ahora en Argelia y que ha declarado...
Petit Louis estuvo a punto de exclamar:
—¡Mierda!
Logró contenerse a duras penas. No era sólo la cólera, sino el fracaso lo que le hacía desesperar. Esto le colocaba en un terreno, en un lugar, donde perdía pie. Le pareció por un momento que todo iba a desmoronarse ante él: el juez que tenía delante, las paredes y hasta el abogado llamado monsieur Bouteille.
—En sus visitas a Lea conoció a la joven Louise Mazzone. Usted se convirtió en su amante. Las dos mujeres se pegaron y Louise Mazzone se trasladó a Marsella a ejercer su oficio.
¡Le resultaba imposible ordenar sus ideas! ¿Había sido o no exactamente así? Las palabras se entrechocaban dando una imagen desdibujada de las cosas.
—... usted se convirtió en el amante de esta muchacha.
¡No era así!
Ni tampoco la bofetada que le había dado en el salón delante de los clientes era la causa de que Louise hubiera bajado a Marsella.
—Avíseme cuando no esté de acuerdo...
—Siga adelante, señor juez...
El interrogatorio había empezado unos minutos después de las dos. A las cinco sólo había llegado a Hyères y unos minutos después estaban en Niza. Daba la impresión de que el magistrado quería hablarle de todo excepto de madame Ropiquet y de su muerte.
—En julio la policía le encontró instalado en el apartamento de madame Ropiquet, rentista, asidua del casino de la Jetee donde se hacía pasar por la condesa d'Orval...
Petit Louis guiñó un ojo, intentó abrir la boca para decir algo, pero se contuvo rápidamente.
Se había sobresaltado olfateando alguna trampa, ante el hecho de que la policía, en una combinación descuidada, peligrosa en todo caso, hubiera pasado por alto varias semanas de su vida:
—... en julio la policía le encuentra instalado en Niza...
Si hasta ahora había demostrado un gran interés en hacer constar hasta los detalles más insignificantes de su vida ¿por qué pasaban por alto el atraco de Lavandou? La policía se había ocupado de este asunto, le había interrogado... ¿Por qué no incluían en el informe el acta de ese interrogatorio?
No. No se habían preocupado de encontrar el cuerpo de Constance... Admitían el hecho consumado.
—... la policía le encuentra instalado en Niza...
Y, sin embargo, el inspector Mine estaba al corriente del asunto y sabía que era por él, y sólo por él, por quien había venido a la ciudad la banda de Marsella.
—... sacó a su amante de la casa de Hyères donde trabajaba. Obligó a madame Ropiquet a aceptar esta promiscuidad vergonzosa y algunos vecinos pretenden que...
Petit Louis sonrió de nuevo mientras se preguntaba si tenía algún sentido hacerse mala sangre. ¡Absurdo! Por supuesto iban por un camino errado y la prueba era que nadie decía una palabra de monsieur Parpin.
—Madame Ropiquet, rentista...
Quizá lo era. Pero ella recibía en todo caso subsidios mensuales del viejo pensionista de aduanas y, por tanto, ejercía el mismo oficio que Louise Mazzone...
Por otra parte, era imposible que la portera no hubiera hecho ninguna alusión a la visita del viernes.
—El viernes diecinueve de agosto madame Ropiquet fue vista por última vez en el restaurante de La Régence acompañada por usted y su amante...
—¡Perdón!
El juez levantó la cabeza sorprendido.
—¿Quién ha dicho eso? —preguntó Petit Louis.
—Tengo delante de mis ojos el informe de un inspector...
—¿Del inspector Mine?
—No importa el nombre. Un inspector que estaba por casualidad en el restaurante de La Régence y los vio...
—-¿Y no vio a nadie más?
El juez volvió a leer el informe.
—No menciona a otras personas.
—Me gustaría saber por qué se omite el nombre de la cuarta persona, porque éramos cuatro los que celebrábamos el cumpleaños de Constance sentados en la misma mesa...
—Le ruego que llame a la víctima madame Ropiquet.
—Si me permite le diré que con nosotros había un tal monsieur Parpin, un funcionario...
—Le ruego que guarde silencio... El abogado se levantó. Parecía que iba a entablarse una discusión.
—¡Lo que me quedaba por ver! —murmuró Petit Louis con tristeza—. He ahí un viejo vicioso que...
—¡Silencio! Si vuelve a pronunciar una palabra llamo a los guardias...
—No crea que me asusta...
Estaba a punto de estallar cuando el magistrado balbuceó:
—Tomo nota de que había con ustedes una cuarta persona y veremos si se estima conveniente interrogarla...
—¡Eso es! —comentó el prisionero, con ironía.
—Sigo con el interrogatorio en el punto que había quedado. La última vez que...
Petit Louis hizo un esfuerzo para seguir escuchando. La sangre se le subió a la cabeza, sentía martillazos en las sienes y tenía la camisa pegada al cuerpo.
—... De esa noche no hay huellas suyas por ninguna parte. Al día siguiente, sábado, llega por la mañana a casa de su madre, o mejor, a casa de monsieur Dutto que la tiene empleada como sirvienta... Voy a leerle la declaración de madame Bert...
Petit Louis se estremeció y miró a su abogado queriendo preguntarle si aquello era legal.
Pregunta: ¿Esperaba usted la visita de su hijo?
Respuesta: No.
Pregunta: ¿Tenía por costumbre venir a verla de improviso?
Respuesta: Lo hacía a veces... Cuando necesitaba dinero.
Pregunta: ¿Vio a su hijo por el camino cuando venía en dirección a la casa?
Respuesta: No.
Pregunta: ¿Estaba usted dentro o fuera de la casa?
Respuesta: Estaba en el patio.
Pregunta: ¿Cree que su hijo tuvo cuidado de que usted no le viera entrar?
Respuesta: Ésa era su manera de llegar...
Pregunta: Supongamos que traía una maleta pesada y que trataba de ocultarla...
Respuesta: Yo no vi ninguna maleta...
Pregunta: Pero usted no vio llegar a su hijo. Y, según ha declarado una vecina, usted le comentó que su estado no le parecía normal...
Respuesta: Es posible...
Pregunta: ¿Qué quiso usted decir con eso? ¿Hablaba usted de un mal momento? Piénselo bien... porque la vecina ha prestado juramento...
Respuesta: No recuerdo exactamente lo que le dije... Tal vez comenté que era capaz de hacer las mil y una...
Pregunta: ¡Perdón! La vecina habló de un «mal momento» ¿Ha dicho usted que tenía un mal momento o que era capaz de hacer las mil y una?
Respuesta: Viene a ser lo mismo.
Pregunta: Adelante, pues. ¿Le pidió su hijo dinero?
Respuesta: No.
Pregunta: -En resumen, usted ignora qué vino a hacer a Farlet.
Respuesta: Lo ignoro.
Pregunta: ¿No cree que vino a esconder alguna cosa sin que usted lo supiera?
Respuesta: Puede ser, pero no creo...
Pregunta: ¿Por qué?
Respuesta: Porque no creo que haya matado a esa mujer. Si me dejan hablar cinco minutos con él, ahora que Dutto ha muerto ya puedo ir a verle a Niza, sabré en seguida si él ha hecho eso o no. Si lo ha hecho, seré la primera en confesarlo.
En este punto, monsieur Monnerville levantó la cabeza y, dirigiéndose a los guardias de la puerta, dijo:
—Hagan entrar a la testigo.
Petit Louis tuvo miedo de haber oído bien. Miró al juez y luego al guardia, después a la puerta que se abría y al abogado y, apretando los puños, siguió con la mirada fija la silueta sombría que entraba en la sala cubierta con un velo de luto.


CAPÍTULO UNDÉCIMO



La mujer se sentó y pudo adivinarse entonces que bajo aquel aparato de faldas, enaguas y tejidos resistentes que la envolvían se ocultaba un cuerpo flaco de vieja. El velo era tupido y no podía verse a través de él hacia dónde dirigía su mirada. Monsieur Monnerville le rogó con voz amable:
—Me veo obligado, señora, a pedirle que se descubra el rostro.
Una mano enguantada con un mitón levantó el velo y quedó al descubierto' un rostro arrugado con la piel amarillenta y unos ojos claros que espiaban a Petit Louis, pero evitaban encontrarse con su mirada. Parecía como si madame Bert tuviera miedo de su hijo, como esas gentes que nunca han visto a nadie morirse tienen miedo a los moribundos. Le observaba a hurtadillas, como si el joven hubiera pertenecido a otro mundo, misterioso y temible, pero cuando comprobó que era el mismo Petit Louis de siempre, sacó del bolso un pañuelo y se puso a llorar.
—Le ruego que me perdone, pero no he tenido más remedio que imponerle esta prueba en interés de la justicia...
Petit Louis se había recluido en una inmovilidad feroz y amenazadora. Apenas si se estremecía algún músculo de las aletas de su nariz mientras miraba al juez fijamente…
—¡Que me muera si él ha hecho eso! —gimió la vieja resoplando—. No quiero creer que después de todas mis desgracias Dios me reserve también ésta... ¡Ay, señor juez, si usted supiera...!
Lloriqueaba con una mueca que daba a su rostro de vieja una expresión infantil. No parecía ser una mujer que había vivido y comprendido la vida, sino más bien una criatura poco madura que mira abstraída una nueva desgracia que cae sobre ella.
—Tranquilícese, señora. Voy a hacerle una o dos preguntas, que prácticamente ha contestado ya en el interrogatorio del comisario... ¡Míreme!
La mujer levantó dócil la cabeza y, por cortesía, hizo un esfuerzo para dirigir al magistrado una débil sonrisa.
—Piense en la última visita que le hizo su hijo... ¿Qué dijo usted al día siguiente a su vecina?
Madame Bert dirigió una mirada interrogante a Petit Louis. Después una segunda que parecía decir:
—¡Aguántate! Es la verdad...
Seguidamente empezó a hablar:
—Creo que dije que su aspecto no era normal...
—¿No habló usted de un mal momento?
—Bueno... Yo no me refería a eso... Creía más bien que se había peleado... ¡Es tan pendenciero! De pequeño siempre volvía de la calle con golpes y heridas...
Las lágrimas se le agolpaban en los ojos.
—Si supiera, señor juez, cuánto he sufrido en mi vida...
Petit Louis no quería mirarla y fijó la vista en las incrustaciones que adornaban la caoba del bufete.
—La causa de sus sufrimientos ha sido siempre su hijo que le ha salido un tipo de cuidado...
Ella afirmó con un ligero movimiento de cabeza.
—Después del veinte de agosto, ¿no encontró en la casa o en la viña algún objeto que Petit Louis hubiera dejado? ¿No se fijó tampoco si había tierra removida recientemente?
—No, señor juez...
Miró tímidamente a su hijo y se enterneció más de lo que ya estaba. Él quiso levantar los brazos en un movimiento casi imperceptible, un movimiento cuya amplitud no pasaba de un centímetro, pero se lo impidieron las esposas. Las aletas de su nariz se ensancharon entonces y sus pupilas se fijaron en el juez con tanta intensidad que el abogado se sintió molesto y tosió.
—Usted contó en distintas ocasiones a sus vecinas que Petit Louis la había amenazado. ¿Le creía por tanto capaz de «un mal momento»? ¿Qué era exactamente lo que temía de él?
El rostro de Petit Louis reflejaba su drama interior. Era como un perro destinado a la vivisección, que ha creído fielmente hasta el último momento en el hombre cuyo escalpelo pone de repente sus nervios al desnudo. Los perros que así sufren sin comprender por qué, debían tener poco más o menos la misma mirada y a su cerebro deben acudir también las mismas oleadas de deseo homicida.
—... ¿Qué era exactamente lo que temía de él?
La mujer no sabía qué responder. Quería ser cortés con el juez pero, al mismo tiempo, se sentía intimidada por la mirada de Petit Louis.
—Son cosas que una dice cuando se enfada...
—¿No la ha amenazado nunca?
—¡Con una pistola «Eureka»!... Pero era una broma... Él era muy pequeño para comprender...
—Sin embargo siempre venía a exigirle dinero, a usted que no tenía nada...
Madame Bert bajó la cabeza suspirando. Luego, como el que reza una letanía, empezó a recitar:
—He sido siempre muy desgraciada... Siempre... Incluso en tiempos de mi marido. El pobre tenía que trabajar en la mina cuando tenía que haber estado en un sanatorio... Y ahora, señor juez, las gentes del pueblo me señalan con el dedo... Los chicos me tiran piedras... Dutto ha muerto y, ¿sabe qué ha ocurrido?... Ha venido su sobrino de Italia, se ha instalado en la casa y me ha tirado a la calle sin dejarme siquiera recoger mis cosas. ¿Qué voy a hacer ahora?... Los periodistas me atosigan para que les cuente cosas que no sé... ¡Sólo me queda una pensión de viuda de guerra y nadie me quiere para hacer faenas...!
Su queja era la de una niña, de un ser inconsciente, incapaz de despegarse de su propia desgracia. Su mirada iba del juez al abogado y de éste a Petit Louis. Necesitaba asegurarse de que inspiraba piedad.
—¡No sé qué va a ser de mí ahora! ¡Vea!... Es todo cuanto me queda...
Hizo ademán de buscar febrilmente en su bolso... Mientras tanto, el juez, confundido y molesto, hizo a los guardias una señal.
—Gracias señora... Le pido perdón por haberla molestado y, por el momento, no necesitamos nada más de usted... —Se levantó, se inclinó cortésmente, como si estuviera en un salón, delante de la mujer que se disponía a recogerse sus enaguas.
—Le ruego, señora, que antes de marcharse firme el atestado de esta declaración.
La mujer se inclinó ante los papeles que le presentaba el secretario.
Cuando se irguió de nuevo, Petit Louis saltó de su asiento y gritó:
—¡Mamá!
Quedaron un momento frente a frente, llorando los dos, luego, Petit Louis bajó la cabeza y dijo a media voz:
—¡Te juro, mamá, que yo no he hecho eso! ¡Yo no la he matado!
Ya no volvió a verla. El guardia se la había llevado y estaba ahora en el pasillo asediada por fotógrafos y reporteros.
El juez se dirigió impasible a su secretario:
—Lea el atestado y hágaselo firmar al encartado... A menos que él se decida por el camino más fácil: el de confesar...
Por lo demás, su jornada de trabajo había terminado. Había sido un día duro. Y fue a lavarse las manos u una pilita instalada en una especie de armario.
Petit Louis había cambiado. Su mirada no volvería a perder esa expresión suspicaz que había adquirido mirando al juez.
Al día siguiente, el árabe que le habían impuesto como compañero de celda volvió a su costumbre de gastarle bromas y Petit Louis decidió fríamente romperle la cara. Era la única manera que tenía de librarse de él: enviarle a la enfermería.
Estaba tendido en el suelo, como cada mañana. El árabe, al que faltaban tres incisivos, reía con una sonrisa repugnante. Petit Louis se levantó, aparentemente tranquilo, agarró a su compañero por el cuello y empezó a darle golpes en la cara con el puño cerrado.
La sangre que brotaba de sus labios entreabiertos no le detuvo. No pensaba lo que hacía. Sus pensamientos estaban en el juez y en otras cosas que era incapaz de expresar.
A los gritos del árabe acudieron los guardianes. Después de separar a los dos hombres, cogieron entre cuatro a Petit Louis y le pusieron la camisa de fuerza.
¡No tenía, importancia! Por fin había conseguido lo que quería: que quitaran de allí al árabe.
Deseaba estar solo con su sequedad y su tristeza, como una bestia enferma incubando su odio. A su imaginación volvía una y otra vez el monstruoso informe sobre la mesa del juez, cargado de hojas, cada una de las cuales contenía el testimonio de un hombre o una mujer que había ido a escarbar en su pasado, como en un estercolero, para aportar algunos detalles humillantes.
Y faltaban muchos más. Petit Louis pensó en ellos con ironía. Todavía no habían hablado de Niuta, ni de la portera, ni de un montón de gentes con quienes había tenido contacto en Niza, ni, sobre todo, de Louise Mazzone.
Es verdad que el juez tampoco le había hablado del crimen. Se limitaba a hacer su trabajo cuidadosamente, a conciencia.
Y los días seguían corriendo sin que vinieran a buscar a Petit Louis para nuevo interrogatorio.
Pero no le dejaron solo en su celda como él esperaba. Le trajeron a un yugoslavo que no hablaba una palabra de francés, un coloso o, más bien, un monstruo musculoso y velludo como un mono, que llevaba un escapulario sobre el pecho junto a unos tatuajes pornográficos.
Petit Louis comprendió. Le habían traído un elemento capaz de destrozarlo si tenía de nuevo la idea de provocar un altercado. Y los dos hombres ocuparon sus respectivas posiciones ignorándose mutuamente, viviendo los dos en la misma celda, pero como si ésta estuviera dividida por un muro de piedra.
La actitud de los carceleros respecto a él había cambiado. Ahora eran mucho más brutales, pero Petit Louis ignoraba que esto era consecuencia del reflejo de la opinión pública sobreexcitada por las informaciones do los periódicos.
El odio de la masa crecía tanto más cuanto que no encontraban ni el cuerpo de madame Ropiquet ni nada que pudiera constituir una pista seria, sólo falsedades y nimiedades.
No estamos lejos del crimen perfecto — había comentado un periodista.
Petit Louis aparecía ante las gentes como un hombre de una inteligencia superior y una sangre fría difícilmente igualable.
Monsieur Parpin había muerto. Hasta ahora nadie había citado su nombre. Apenas los periódicos habían hecho alusión a un viejo amigo de Constance. Y eso que el pobre hombre había tomado, por error según decían, una fuerte dosis de veronal.
Petit Louis no sabía nada de esto. Ni tampoco tenía noticias de su abogado. Disponía de todo su tiempo para ordenar sus pensamientos y, cosa curiosa, había engordado, lo que le daba un aspecto equívoco.
Transcurrieron quince días y al fin se llevaron a Petit Louis en el coche celular al Palacio de Justicia. Como por azar era también una tarde de lluvia.
Se sentó automáticamente en el banquillo y miró al juez que ahora tenía delante dos expedientes, uno amarillo, el de la vez anterior, y otro nuevo, de color rojo.
El abogado estaba presente como un empleado en su despacho, atento e indiferente. Petit Louis observó que en la sala había dos guardias en vez de uno y no pudo evitar un gesto de disgusto.
—Quiero que me hable hoy de sus relaciones con Louise Mazzone. Al fin la hemos encontrado en su casa de Béziers y hemos podido interrogarla...
Petit Louis le miró atentamente, pero no dijo nada.
—¡Le escucho! — insistió el juez.
Y él contestó con cinismo.
—¿Qué le ha dicho ella?
Y como el juez no respondía, siguió diciendo:
—Sin duda está detrás de la puerta y me prepara la misma escena que con mi madre...
—Le ruego que emplee otro tono. Si no me veré obligado a enviarle a su celda.
—Si usted lo desea...
—Le he pedido que me explique la naturaleza de sus relaciones con Louise Mazzone.
—¿No están claras? ¿Necesita que le haga una maqueta?
—Tal vez no están tan claras como usted desea hacer creer. Guardias, hagan entrar a Louise Mazzone...
¡Vaya! ¡Lo había presentido! ¿No disponían de otros medios que recurrir a esta escena también con Louise? La joven entró, vestida con un abrigo de invierno, tan modesta que parecía una obrera por su modo de comportarse, naturalmente estudiado, y su manera de saludar al juez y al abogado.
—Siéntese, por favor... Tengo delante el atestado de su interrogatorio por, el comisario de policía de Béziers y desearía que me confirmara algunos puntos en presencia del detenido...
Bajó la cabeza asintiendo, mientras Petit Louis simulaba pensar en otra cosa.
—Usted ha declarado que, al principio, Petit Louis era para usted un cliente como otro cualquiera, un cliente regular, pero que poco a poco fue ligándose a él...
—Exacto...
—En el momento de autos, ¿formaba parte de eso que los periódicos llaman «la banda»?
—Nunca ha formado parte de ella.
—Nunca ha formado parte de ella, ¡correcto! Más aún, las gentes de «la banda», ¿no lo consideraban un aficionado?
—No se fiaban de él.
—Ésa es la expresión empleada por usted. Sin embargo, ¿usted se sentía atraída?...
—Bueno... Él quería sacarme de «eso», según decía... Insistía en que yo era allí desgraciada y que iba a ayudarme a rehacer mi vida...
—¿Trabajaba él entonces?
—Regularmente, no.
—Regularmente, no. —Subrayó su respuesta—. ¿Y qué ocurrió después...?
—Dejé la casa de Marsella y me fui con él. Pero pronto se quedó sin dinero y volví a «una casa» en Hyères.
—¿Le daba usted lo que ganaba?
—No. Le daba pequeñas cantidades cuando venía a verme porque siempre estaba sin dinero. Pero yo tenía a mi amante que...
—No necesito que me dé detalles a este respecto —la cortó el juez—. Eso no le interesa a la Justicia...
Petit Louis levantó la vista y le dirigió una sonrisa que contenía todo el desprecio de su corazón.
Louise no le dirigió ni una sola mirada y el joven no pudo ver de ella más que un perfil confuso.
—¿Qué pasó después?
—Él seguía insistiendo para hacerme cambiar de vida. Un día me dijo que tenía una tía rica que vivía en Niza, que le ayudaba mucho y que podía irme a vivir con ellos.
—¿Dijo que era su tía?
—Si no hubiera sido así, yo no habría consentido vivir con ellos. Pero comprendí lo que pasaba y decidí marcharme porque estaba segura de que esta historia tendría un mal final,
—¿Preveía usted lo que ocurrió más tarde?
—Exactamente, quizás no...
—¿Qué quiere decir?
—Petit Louis es un hombre muy complicado... Nunca sabe uno lo que tiene en su cabeza. Pero yo presentía que me estaba enredando en cosas que no eran normales, como la de hacerme ir a comer con el viejo...
—Le ruego que no mencione a los muertos...
—Perdón —dijo ella, precipitadamente. Petit Louis levantó la cabeza. Era la primera noticia que tenía de la muerte de monsieur Parpin.
—¿Se disputaban con frecuencia Petit Louis y su presunta tía?
—A veces...
—¿Por cuestiones de dinero?
—Ella no era tan generosa como él hubiera deseado...
—En resumen, usted prefirió volver a casa antes de verse mezclada en historias que no estaban muy claras.
—Más o menos...
—Muchas gracias. Esto es todo. Antes de retirarse, por favor, firme el atestado. Supongo que Louis Bert no tendrá nada que objetar a la declaración escueta y precisa de la testigo...
Petit Louis, sólo por ver la cara que ponía Louise, comentó:
—No sé cómo pudo creer que era mi tía cuando yo estaba liado con la otra.
El magistrado le atajó severo:
—Espero que no se dé a esta instrucción un tono más escandaloso del estrictamente necesario.
Este juicio estaba amañado, lo venía presintiendo desde hacía tiempo, pero ahora tenía una prueba y se sentía desalentado. Ni siquiera volvió la cabeza para ver salir a Louise Mazzone que se marchaba dando pasitos cortos, imitando el estilo de las señoritas de buena educación.
—¿Hemos terminado? —preguntó con desdén—. ¿Tengo que firmar yo también?
El juez replicó con la cara encendida:
—Aquí sólo pregunta una persona y esa persona soy yo.
—En ese caso, ¿podría preguntarme si he matado u Constance? Porque yo no la he matado y está usted a punto de dar un patinazo fenomenal...
—¡Silencio!
—Creo que tengo derecho a explicarme... Me han metido en prisión y hasta ahora no sé de qué se me acusa...
El juez golpeó la mesa con el puño. El abogado intervino:
—Creo, señor juez, que deberíamos preguntar a mi cliente...
—Perdone, señor. En la Audiencia tendrá ocasión de preguntar cuanto desee. Aquí soy yo quien lleva a cabo la instrucción y la llevo a mi manera, sin dejarme impresionar por las inconveniencias de este sujeto...
Petit Louis sonrió. Volvió a sentarse y miró al magistrado como quien dice:
—¡Adelante! Esto es como lavarle la cabeza a un burro...
Como castigo le sacaron de la sala durante media hora. Mientras tanto monsieur Monnerville, que salió a beber un vaso de agua, se vio asaltado por los periodistas que le cortaban el paso.
Louise Mazzone fue al encuentro de Charlie y Gene que la esperaban en un bar de los alrededores y todos juntos subieron a un coche.
Cuando volvió el juez, dijo con aire digno:
—Espero que me dejen acabar este interrogatorio debidamente. Todavía tengo que confrontar al reo con dos testigos, el primero Laure Moneschi, muchacha pública de Mentón que el veinticuatro de agosto y a instancias de Louis Bert se dirigió a una oficina de Correos con la tarjeta de identidad de la difunta...
El abogado se vio en la necesidad de intervenir siquiera una vez:
—Perdón. No hay ninguna prueba de que Constance Ropiquet esté muerta. De momento, señor juez, no tenemos su certificado de defunción...
Petit Louis no pudo por menos que sonreír al escuchar el ingenuo argumento del joven abogado.
Hicieron entrar a la Moneschi. Al contrario que Louise, ésta llevaba un traje muy llamativo de color violeta brillante. Era gorda y muy dulce. Ceceaba y quería explicar las cosas con toda clase de detalles.
—Una vez en la habitación, cuando vi que no se desnudaba, le pregunté que a qué había venido... Entonces me dijo que prefería hablar un rato y me preguntó si quería ganarme quinientos francos. «Siempre que se trate de un negocio honrado...» Y él me juró por su madre...
—Perdone —le interrumpió el juez.
—Sí señor. Me lo juró y no había ninguna razón para que yo no le creyera... Tengo una hija en pensión en Piemont y acepté el dinero pensando en ella...
—Louis Bert, ¿acepta usted los hechos?
—Utilicé a esta persona para cobrar un giro de diez mil francos, pero yo no he matado a Constance Ropiquet.
—Firme, madame... Esto es todo.
—Entonces... ¿no es verdad?
—¿Qué dice?
—Me habían asegurado que me detendrían porque...
—Su buena fe está comprobada. Firme aquí... Con su verdadero nombre... Así... Gracias...
—¿Puedo irme entonces a Mentón? Yo querría decirle...
—Puede irse a Mentón... ¡Guardias! Llévense a esta persona y llamen a la señorita... Esperen...
Tuvo que buscar el nombre en el expediente.
—Mademoiselle Niuta Ropichek. Y anuncien a las demás personas que esperan que no podré escucharlas hoy... Ya las convocaré posteriormente...


CAPÍTULO DUODÉCIMO



Por su forma de entrar se vio claramente que Niuta esperaba desde hacía tiempo no sólo el momento de ser llamada sino la ocasión de encontrarse con Petit Louis, hablarle y gritar toda la verdad. Apenas si pudo contenerse cuando le vio tan cambiado: más gordo, con barba de varios días, la camisa muy sucia y una actitud que se había hecho más suspicaz todavía al oír pronunciar el nombre de la chica.
Ésta venía de fuera, del exterior, donde era otoño y hacía fresco y traía con ella un poco el olor de la calle, como un recuerdo del movimiento de los coches y las gentes agitadas atravesando los cruces.
Era limpia. Muy pulida. Y, adelantándose al juez, empezó con decisión:
—Monsieur Louis, tengo que decirle que...
Como presidente de la sala, Monnerville la llamó al orden dando un golpe en su bufete con una regla:
—Por favor, le ruego que se dirija a mí y no hable con el acusado.
—¿Por qué...?
—Sólo puede hablar cuando yo le pregunte...
Con la moza regordeta de Mentón había sido muy amable, pero ante esta jovencita impresionada se erizaba por instinto.
—Usted ha declarado a la policía...
—Señor juez, le juro...
—Usted ha declarado a la policía que el martes veinticinco de agosto encontró a Louis Bert a eso del mediodía. Que éste llevaba un voluminoso paquete y que pareció contrariado al verla...
Los delgados dedos de Niuta temblaban de impaciencia. Sus labios se abrieron al fin para decir:
—Me preguntaron...
—No importa lo que le preguntaron. ¿Mantiene usted su declaración? ¿Fue el veinticinco de agosto cuando...?
—No lo sé... —dijo mirando a Petit Louis para pedirle consejo.
—Le ruego que reflexione sobre la gravedad de lo que está haciendo en este momento. Se trata de un asesinato. Hay una muerta. Su declaración...
—No recuerdo nada...
—Sin embargo, usted fue mucho más explícita con el inspector...
—Era él el que hacía las preguntas y daba las respuestas...
—Usted ha declarado entre otras cosas que, la noche del veinte al veintiuno de agosto, oyó desde su apartamento los ecos de una fuerte disputa entre madame Ropiquet y su amante...
Petit Louis levantó la cabeza. Las fechas empezaban a aclararse en su cerebro. La noche a que hacía alusión fue la que pasó en la taberna de su hermana en Tolón.
—¿Mantiene usted su declaración?
—¡No!
—Mademoiselle, le suplico una vez más que reflexione acerca de lo que hace...
—El policía me preguntó si había oído algún ruido. .. Pero sus preguntas eran tantas que me perdía con ellas...
Cada vez que hablaba volvía la cabeza hacía Petit Louis espiando algún signo de aprobación.
—Voy a hacerle otra pregunta. ¿Está usted segura de qué sus relaciones con el acusado han sido siempre meras relaciones de vecindad?
Petit Louis sonrió con ironía. Niuta parpadeó y cuando entendió bien lo que significaba la pregunta, estuvo a punto de estallar en sollozos.
—Usted vive sola en Niza, sin vigilancia, sin nadie que guíe su conducta. Su madre viaja en estos momentos por América...
Y, sin darle tiempo para reponerse, siguió:
—Ya la convocaré posteriormente cuando haya reflexionado.


Petit Louis llegó a admirarse. El expediente engordaba por días, cada vez más nutrido, más repleto de detalles. De repente surgían personajes que Petit Louis tenía completamente olvidados y a los que les hacían venir sólo para aportar ligeros retoques al retrato del inculpado, para decir, por ejemplo:
—Se marchó un sábado sin pagar su cuenta...
Ésta había sido la declaración de un hotelero que habían hecho venir desde Aviñón y la cuenta en cuestión era de cuarenta y dos o cuarenta y tres francos.
Casi a diario el coche celular escoltado por dos guardias, distintos cada día, recogía a Petit Louis en la prisión. Ahora no entraba directamente en el despacho del juez, sino a una salita que había al lado, un antiguo vestuario mal iluminado, amueblado con un banco donde le hacían sentarse, esperar unos minutos y a veces incluso una hora. Cuando se abría la puerta del despacho contiguo le empujaban hacia dentro. Siempre se encontraba con nuevos fantasmas sentados en una silla: un cobrador de autobús, el tabernero de Pradet, un cliente de casa de su cuñado con el que había jugado una partida de cartas...
—¿Le reconoce? — preguntaba monsieur Monnerville mientras Petit Louis esperaba de pie la respuesta.
—Es él... Creo que entonces estaba algo más delgado... Pero es él, sin duda...
Petit Louis volvía a ocupar su lugar entre bastidores. Su papel era mudo. Y tenía que adivinar lo que estas gentes llamadas a reconocerle tenían que decir de él al juez de instrucción.
Así se encontró un día con un antiguo compañero que era ahora croupier en Juan-les-Pins.
Otras veces eran desconocidos: un hombre y una mujer, campesinos, que Petit Louis intentó identificar en vano... Porque no veía ninguna relación entre su asunto y una pierna humana que habían pescado en el estanque de Thau, cerca de Séte. Un tendero y su mujer que creyeron reconocer en la fotografía de Petit Louis, publicada en todos los periódicos, la cara de un cliente un poco extraño que había estado una tarde en su tienda con un voluminoso paquete.
La prensa se había referido ya a este hecho. El tendero y su mujer llegaron una mañana y, por razones tácticas, no les presentaron a Petit Louis solo, sino en compañía de otros tres individuos.
—¿Está entre éstos el hombre que ustedes vieron?
El tendero miró a su mujer pidiéndole ayuda. Al fin bajó la cabeza y fue ella quien señaló a un inspector de policía y dijo algo insegura:
—Si no estuviera convencida de que era más alto diría que era éste. Pero me parece que llevaba un bigotito a lo Charlot...
Los testigos se iban sumando. Monsieur Monnerville y su secretario trabajaban de doce a trece horas diarias, enviando comisiones por toda Francia.
Petit Louis volvió a ver a las señoras robustas del bar de la carretera donde había bebido con los ingleses.
—¿Pueden asegurar que este hombre salió de su bar con unos clientes y se fue con ellos en un coche?
Las dos, que tenían tanto empaque detrás del mostrador, estaban allí como dos larvas, mirándose una a la otra con una mirada imbécil, igual que el tendero y su tendera...
—¿Le viste tú?
—No recuerdo...
—Les ruego que respondan por separado y sin ponerse de acuerdo. ¿Puede usted afirmar...?
—Afirmar no. Ya sabe usted lo que pasa... Teníamos prisa por cerrar...
¡Para echarse a llorar! Todos hacían lo mismo. Afirmaban incluso cuando se trataba de un error o una mentira.
Ahora estaban frente a un hecho importante. Petit Louis se había ido esa noche con los ingleses. Y el juez intentaba establecer que el crimen se había cometido aquella noche.
¡Y estas grandísimas comadres no se acordaban ahora de nada! Flotaban impresionadas por el magistrado.
Y la policía, tan hábil para repescar viejos compañeros y conocidos, era incapaz de encontrar las huellas de este coche con matrícula GB ni de sus ocupantes, que sin duda alguna eran asiduos de la Costa Azul. Petit Louis se había acostumbrado y ya no se indignaba. Esperaba toda la mañana para saber si por la tarde tendría servicio en Palacio como él decía. A veces bromeaba con los guardias bien encerados y nutridos que le acompañaban. Sus bromas solían ser pesadas y cargadas de intención, porque llevaba un gran peso en el corazón y desde su puesto hacía lo posible por escuchar las murmuraciones de fuera.
Una vez estuvo a punto de perder su sangre fría. Le pusieron delante a dos señoritas viejas, una de las cuales le observaba a través de unos impertinentes. Las reconoció en seguida. Estaba seguro de que eran ellas. Y de que la presencia allí de aquellas mujeres suponía una catástrofe, pero no se acordaba de dónde las había visto.
—¿Están seguras de que es él? ¿Lo afirman formalmente? — decía Monnerville, que repetía la pregunta ya automáticamente.
—¿Qué dices tú, Thérèse? — preguntó una de las señoritas a su hermana.
—Creo que es él. Y si pudiera ver sus manos lo afirmaría con mayor seguridad porque fui yo la que...
Entonces Petit Louis comprendió. Eran las señoritas de la guantería donde la famosa tarde, a eso de las ocho, había entrado a comprar unos guantes de caucho y sólo habían podido venderle unos de piel.
—Enseñe las manos, Petit Louis.
—El seis y medio... Reconozco incluso el pulgar que me llamó la atención.
La mujer retrocedió horrorizada al verse tan cerca de un asesino.
Otro testigo que Petit Louis había olvidado era un camarero de un bar que dudó al reconocerle, y que contó:
—Me pidió que le sirviera cualquier cosa, algo fuerte... Y como yo me extrañara me habló de un accidente de tranvía que acababa de presenciar. Entonces le conté que la semana anterior, también yo había...
Y Monnerville tan desmedrado e inconsistente se cargaba todo este mundo a sus espaldas. Un gentío que iba aglomerándose poco a poco formado por las gentes más distintas: primeros papeles y comparsas; trágicos, cómicos y bufones; jóvenes sirvientas; viejas señoritas e incluso el anciano de la cabeza de madera fue convocado a decir que pasaba los días en su ventana y que no había notado nada anormal. Como era sordo tuvieron que escribirle las preguntas y él aullaba sus respuestas. Algunos días, los pasillos hervían de gente. Todo esto gravitaba ahora alrededor de Petit Louis.
A una convocatoria de un periódico había acudido una plaga de testigos.
Un viajante de comercio escribía desde Bourges. A un lechero de Pas-de-Calais le pagaron el viaje para decir que él no había visto a Petit Louis nunca en su vida y que el hombre que él decía tenía una cicatriz de una cuchillada en la mejilla izquierda...
Durante tres días no hubo más problemas que los de fechas y horas. Todo el mundo se enredaba: el juez, Petit Louis, los testigos que tenían que volver al día siguiente cuando constataban que su horario no cuadraba con el establecido por Monnerville. Y este horario era falso. En algunas fechas había errores de días y de semanas.
De repente se hizo la calma. Durante ocho días, Petit Louis se quedó solo en su celda. Al yugoslavo, que había sido condenado a diez años de prisión, le sucedió en su puesto un contable sin escrúpulos que escupiniteaba al hablar y a quien, desde el primer día, mantuvo a raya.
Por fin, una mañana, le anunciaron la visita de su abogado e hicieron salir al contable. Parecía como si monsieur Bouteille, a fuerza de convivir con monsieur Monnerville en su despacho, había acabado por contagiarse de la fiebre del juez de instrucción.
Sin muchos reparos, manifestando la satisfacción del hombre que acaba de poner fin a una tarea de titanes, le anunció casi alegremente:
—¡Se acabó! El juez de instrucción pasa el asunto a la Audiencia de lo Criminal en los Alpes Marítimos, bajo acusación de crimen con premeditación, ocultación del cadáver, robo, abuso de confianza, falsificación y uso de la falsificación...
Depositó sobre la mesa una cartera llena a rebosar y siguió diciendo con orgullo:
—El expediente contiene ochocientas veintitrés actas y han sido interrogados doscientos treinta y siete testigos. Tenemos que tomarlo muy en serio. Nuestro caso será el acontecimiento de la próxima temporada. Sin falsa modestia, me siento capaz de asumir solo su defensa, pero en principio he pensado invitar a una destacada figura del colegio de abogados de París.
—Usted sabe que yo no tengo dinero —respondió Petit Louis sin dejarse intimidar.
—Tal como están las cosas, no le quepa la menor duda de que cualquier abogado estará dispuesto a aceptar su defensa sin interés económico. He recibido visitas de varios periodistas extranjeros que se han ocupado del asunto y que desean estar presentes en la Audiencia. Si he desistido de avisar a los compañeros de París es simplemente porque a los jueces de Niza no les gusta que venga gente de fuera a mezclarse en sus asuntos. Podría citar varios casos recientes...
Petit Louis le observaba sin perder detalle, como se mira a un animal de otro planeta. El abogado Bouteille se excitaba por momentos y escuchándole se tenía la impresión de que era él quien estaba acusado, que era su asunto, su proceso.
—Ayer estuve hablando con dos abogados de Niza, los mejores desde mi punto de vista, y los dos están dispuestos a secundarme...
—Si ya lo ha decidido... —dijo Petit Louis con aire indiferente—. ¿Y cuándo será esto?
—En junio, probablemente...
—¿Cómo? ¿Antes no?
—Piense que tenemos que preparar nuestra defensa. Una vez cerrada la instrucción, tenemos libertad de obrar y empezamos entonces nuestro trabajo. ¿Ha pensado usted en algún sistema?
—¿Un sistema de qué?
—Creo que se habrá dado cuenta de que el expediente es aplastante. Monnerville es el juez de instrucción más minucioso que existe en el país, además de un magistrado de una integridad indiscutible. Se trata de saber si aceptamos la culpabilidad, negamos la premeditación y reclamamos circunstancias atenuantes o si seguimos obstinados en negar la culpabilidad contra toda evidencia...
—¡Caramba!
—Escuche, Petit Louis, aquí entre nosotros, quiero decirle...
¡No! ¡En absoluto! Estaba decidido a no confesar hada ni siquiera a su abogado ni a los defensores de París, ni a nadie. Su decisión estaba tomada y apenas si escuchó el discurso del abogado Bouteille que acabó dando rienda suelta a su lengua como una portera vieja ávida de chismes.
—¿No comprende que su sistema no se tiene de pie?
—No se trata de un sistema...
—Desde el momento que han encontrado en su poder...
—¡Oiga! —le interrumpió Petit Louis—, ¿no pueden darme algún trabajo que hacer? Calcetines, juguetes, lo que sea...
No podía soportar la charla del abogado. Le cansaba. Y la presencia del hombre, empeñado en persuadirle, acabó por marearle.
—Sin embargo, es preciso que...
—Sí. Pero dejémoslo para otro día... ¿Sabe dónde está mi madre?
—Un periodista de Niza que la oyó en el Palacio de Justicia se impresionó de su miseria y se la llevó a su casa para ocuparla en la limpieza...
Petit Louis le miró con desprecio. Desconfiaba de los periodistas tanto como de los jueces y los abogados. ¿Qué pretendería sacarle aquel tipo de su madre?
—Escuche, volveré cuando...
—Será mejor... Y no olvide que quiero trabajar...
Y consiguió un trabajo. Lo emprendió con interés, destreza y una calma asombrosa. De la mañana a la noche se entregaba con aplicación a la construcción de juguetes sencillos de madera blanca. No levantaba la vista del trabajo ni dirigía una palabra al compañero de celda. Como si su suerte hubiera dependido exclusivamente del número o la perfección de estos pequeños objetos.
Este trabajo intenso parecía restarle fuerza vital. Su mirada era cada vez más sombría, pesada e insegura. Parecía tener miedo de posarla en las personas y en las cosas. Y lo hacía por etapas, seguidas de un recogimiento brusco y un rápido movimiento de los párpados.
El director de la prisión, impresionado por su conducta ejemplar, vino a verle dos o tres veces y por último le envió al capellán que quedó admirado de la habilidad del joven. Petit Louis no le hizo mucho caso y miró al hombre de la sotana como miraba a los otros, con desconfianza, con ese aire del que ha perdido el interés por relacionarse con sus semejantes.
—¿No cree, Petit Louis, que una charla sencilla y sincera entre usted y yo podría seguramente reportarle un gran consuelo y reconfortarle?
No hubo respuesta. Sólo una mirada mientras sus manos seguían manejando hábilmente las herramientas.
—He visitado a su madre. Durante el tiempo que ha vivido en Farlet se había olvidado por completo de la religión, pero ahora busca en ella el valor que necesita para superar sus pruebas...
Por toda respuesta otra mirada de descontento. Y el capellán acabó por marcharse diciéndole lo mismo que el abogado:
—Volveré otro día... Confío en la gracia de Dios...
—¡Cualquiera diría que hablan con un condenado a muerte! —comentó entre carraspeos el contable que había cogido una gran antipatía a su compañero de celda.
Nadie. Nadie de este mundo habría podido adivinar lo que se cocía detrás de la frente inclinada de Petit Louis, mientras sus dedos se movían ágiles en su trabajo.
Si no quería que nadie le ayudara era porque sabía que estaba completamente solo. Y esto, en lugar de desanimarle, le proporcionaba una feroz energía.
El abogado Bouteille había esperado que confesara:
—¡He matado a Constance Ropiquet! ¡Sálveme! Haga lo imposible por salvar al menos mi cabeza...
»Que no esperara tal cosa. Los había conocido a todos tal como eran y tenía conciencia de que su salvación dependía sólo de sí mismo...
El tiempo transcurría. Comía cuanto le servían sin quejarse jamás.
Como única distracción gastaba bromas de vez en cuando a uno de los guardianes, un pelirrojo que tenía la cara más simpática que los otros y hablaba por la nariz.
Recibió a los dos abogados de Niza, a los dos «ases», pero no les hizo mucho caso y ni siquiera les dio las gracias por su interés en ocuparse de él:
Les despidió diciéndoles en tono de burla:
—No se preocupen demasiado por Petit Louis... Por esta vez no creo que vayan a cortarle el cuello...
Esta idea del «cuello cortado» procuraba dejarla bien clara ante todos los que se le acercaban. Ya que cada día, a medida que transcurría el tiempo, estaba más cerca del juicio en la Audiencia de lo Criminal. El pelirrojo tenía muchos detalles con él y los abogados le traían siempre golosinas.
Todos parecían preguntarse:
—¿Pero no se da cuenta de su verdadera situación?
Petit Louis se limitaba a mirarlos fijamente, sin que sus ojos dejaran traslucir nada de lo que estaba pasando en su interior. Miraba, reflexionaba y meditaba mientras sus manos seguían trabajando sin detenerse. Y mientras el nerviosismo iba ganando a la gente que le rodeaba, él acabó por conseguir una calma como nunca había conocido antes de ahora, salvo, tal vez, alguna mañana, cuando fumando en su lecho con la ventana abierta a una calle de Niza, escuchaba entonar La Berceuse de Chopin en la habitación vecina.
Monsieur Monnerville había tardado más de dos meses en levantar su monumento, ese informe que, según los medios informativos, pasaba por ser modelo en su género. Los abogados lo estudiaban punto por punto tratando de descubrir alguna inseguridad.
Para Petit Louis estaba claro. Sólo él sabía toda la verdad. Era él el único que conocía la serie de banalidades que eran piezas clave en la reconstrucción del magistrado. Era él el único que sabía que todo era falso de un extremo al otro: se habían equivocado en las fechas y para tapar huecos habían tratado de impresionar a los testigos que habían perdido pie y acabaron confundiendo domingo con lunes y una semana con la otra. Y todo esto había sido recompuesto por el juez, que seguramente actuaba de buena fe, pero que no estaba contento en el fondo de sí mismo porque las cosas no habían ocurrido como él habría querido que ocurrieran.
En una palabra, monsieur Monnerville había reconstruido el crimen a su manera. Y era este crimen y no el verdadero el que él se había ingeniado en rehacer detalle por detalle.
—Como sigas engordando así no van a reconocerte los testigos —le dijo el carcelero pelirrojo.
Petit Louis no le sonrió porque ya no sonreía. Le respondió con una mueca que era una manifestación minusválida del buen humor.
—Otra vez hablan los periódicos de tu asunto. Parece que van a ser necesarias tarjetas de autorización especiales para entrar. Hay anunciados tal cantidad de periodistas que tendrán que reformar la sala y colocar teléfonos provisionales en el Palacio de Justicia...
Sus abogados le amenazaron por dos veces con abandonar la defensa si no les ayudaba.
—¡Vaya! —les respondió, cínicamente.
Cinco días, cuatro días, tres días faltaban ya para el proceso y Petit Louis seguía tan tranquilo. Sólo parecía ocuparse de detalles superfluos: llevar el traje a la tintorería, conseguir una corbata nueva y tres camisas, porque según le habían dicho la audiencia duraría tres días y ya empezaba a hacer calor.
La víspera hizo venir al peluquero de la cárcel para que le cortara el pelo y le rogó que viniera al día siguiente, muy temprano, para afeitarle. Sin embargo, cuando sus abogados le mostraban recortes de periódico, que traían por centenares, no sentía ninguna curiosidad por conocer el contenido. Y se limitaba a mirar las fotografías.
—En ésta no me parezco en nada —comentaba con desdén.
O bien:
—¿De dónde habrán sacado ésta?... Ni siquiera conozco el lugar...
Y seguidamente se interesaba:
—¿Vendrá mi madre?
—Está citada como testigo...
—¿Y Niuta?
—También.
—¿Y Louise?
—Le han enviado una citación, pero aún no ha llegado...
—De acuerdo —respondió.
Y se puso a colocar en orden cuanto había en la bandeja que durante dos meses le había servido de mesa de trabajo.


CAPÍTULO DECIMOTERCERO



El peluquero, que estaba allí por haber disparado cuatro o cinco tiros contra su novia, llegó a las seis de la mañana, alegre como un rayo de sol.
—¿Sabes cuántos periodistas hay? —exclamó entusiasmado, como si se tratara de su propio proceso o de una fiesta—. ¡Cincuenta y tres!
Exageraba un poco. No obstante, eran cuarenta y nueve, veinte de los cuales habían llegado de París el día anterior. Y en los hoteles de lujo de la Promenade des Anglais, se preguntaban por qué madrugaban tanto sus clientes ese día. Petit Louis no podía ver la bahía des Anges que tenía esta mañana color de lavanda, sin una ola, sin un barco ni nada que quebrara su tersura en todo lo que alcanzaba la vista.
Los parisinos, en cambio, tuvieron ocasión de gozar del espectáculo y cuando se dirigían al Palacio de Justicia se desviaban para contemplar también el mercado de las flores repleto de claveles de todos colores.
Los modestos cafetines despedían el olor de sus primeros cafés y los camiones cisternas estaban todavía regando las calles, cuando cuarenta guardias de la brigada móvil, con cascos y botas altas, entraron en la plaza del Palacio de Justicia y formaron una barrera delante de la escalera de éste.
Mientras tanto, Petit Louis acababa de arreglarse, balanceándose en la estrecha jaula de un coche celular observado con interés por el más joven de los guardias a través de la ventanilla.
Entró en el Palacio de Justicia por una puerta estrecha y solitaria, mientras en todas las demás reinaba ambiente de feria. Se sentó en un banco en una sala pintada de gris, una especie de cuarto trastero mal iluminado y se dispuso a esperar.
Las gentes iban y venían como los organizadores en las fiestas benéficas. Otros formaban grupos en las escaleras del Palacio. Abajo, entre los coches allí aparcados, la multitud contemplaba a los guardias. Empezaron a llegar mujeres hermosas, unas provistas de autorización, otras sin ella. Estas últimas se acercaban a los periodistas o se lanzaban a la caza de los abogados.
En las mesas de la prensa un fondista había colgado unos cartones con su nombre seguidos de la siguiente leyenda: Se reservará la mejor acogida a los señores periodistas ofreciéndoles precios especialmente económicos.
Petit Louis oía un rumor como de puertas que se cerraban, pero eso era todo. De vez en cuando miraba al guardia joven con curiosidad porque tenía la impresión de que se le parecía enormemente, sobre todo ahora que había engordado y que tenía él también esa piel lisa y tersa de animal bien alimentado.
¿Por qué no podía él haber estado en el lugar del policía y éste en el suyo? Los dos tenían la misma mandíbula fuerte y ancha, los mismos pómulos salientes, los mismos ojos, la misma frente...
Uno de los abogados entró al fin vestido con la toga, tan excitado como el peluquero lo estaba por la mañana.
—¿Preparado para el ataque? —dijo examinando a Petit Louis—. ¿Está muy nervioso?
—En absoluto.
—¿Ha visto la sala?
Y fue a abrir la puerta que daba al banquillo de los acusados. Por la puerta entreabierta, Petit Louis contempló a una multitud que se agitaba, sobre todo al fondo, donde el público debía estar de pie... Su mirada se encontró con otras, pero no se conmovió.
—¿Ha llegado Louise? —preguntó al abogado.
—No la he visto.
—¿Y mi hermana?
—Ha enviado un certificado médico.
A pesar de las oportunas enfermedades y de los testigos a los que se había renunciado, eran sesenta y siete las personas que había que oír. Los magistrados estaban impacientes, pero el retraso de uno de los jueces no les permitía empezar.
Por fin cada uno ocupó su puesto. Los periodistas abandonaron los bares de los alrededores y se acomodaron como en su casa, discutiendo y acabando de fumarse el cigarrillo. Los magistrados entraron en la sala. Petit Louis ocupó el banquillo, todas las miradas se dirigieron hacia él y los fotógrafos se acercaron a menos de un metro para ametrallarle con sus cámaras.
Sonreía mientras miraba lentamente a toda la asamblea reunida en la sala, deteniéndose un instante en los rostros conocidos. Instintivamente se llevó la mano a la pajarita azul con lunares blancos que había elegido como corbata y luego sacó el pañuelo para secarse las palmas de las manos que tenía húmedas de sudor.
Nombraron los jurados por sorteo, pero nadie hacía caso, ni siquiera los abogados, a los cuales se oía decir de vez en cuando, como por descuido:
—¡Rechazado!
Puesto que iba a pasar tres días dentro de esta sala, era preciso acostumbrarse a la atmósfera. Algunos pequeños detalles se habían grabado ya en su memoria, como por ejemplo el reloj que se encontraba exactamente encima de la cabeza del escribano, el magistrado de la derecha del juez, un hombre grueso, de tipo sanguíneo, que se retrepaba casi hasta acostarse en el respaldo de su sillón y que parecía encantado de estar allí en su puesto, de ver lo que veía y de vivir aquellas jornadas en primera fila.
Mientras leían el acta de acusaciones, uno de los abogados iba mostrando a Petit Louis a los periodistas de más renombre. El joven los contemplaba con curiosidad, moviendo la cabeza después de cada presentación. Mientras tanto, el presidente hablaba con el magistrado de su izquierda y el procurador, que ocupaba el lugar del ministerio público, ponía pacientemente en orden los papeles de su informe.
El aire entró enriquecido con el frescor de la mañana por las ventanas abiertas que todavía no había ordenado cerrar ningún cronista viejo y friolero.
—¡Póngase de pie el acusado!
Hacía más de una hora que estaban allí, pero el proceso no empezó hasta que Petit Louis se levantó. Estaba de pie en el palco de los acusados, con las manos húmedas apoyadas en el borde de haya claro. El presidente tosió para darse tiempo a encontrar su tono. Se notaba inquieto, dudoso, como si temiera ver a la sala estallar de risa o silbarle.
—Se llama usted Louis Bert y ha nacido en Lille...
—Sí, señor presidente.
Por primera vez sonó su voz. Todos quisieron verle a un tiempo y observar detalladamente sus movimientos.
—Su padre era obrero de una mina y fue movilizado al estallar la guerra...
—Sí, señor presidente.
Su voz no temblaba. Petit Louis se mantenía erguido, sin altivez, pero sin apartar la vista del hombre que le interrogaba.
—La guerra obligó a su madre a refugiarse con usted y su hermana en el sur de Francia...
—Sí, señor presidente.
—Y esta infeliz mujer hizo cuanto pudo por educarle convenientemente, rodeándole para ello de los mejores ejemplos...
Petit Louis quiso decir algo, pero volvió a cerrar la boca sin pronunciar una palabra. El presidente tuvo la mala fortuna de preguntar:
—¿Iba a decir algo?
La mirada de Petit Louis se clavó en los ojos del juez. Toda la sala quedó pendiente de sus palabras. El joven dudó. Se le vio mover la nuez y crispar sus manos más aún en el reborde del palco...
—Sí, señor presidente.
—Los señores jurados le escuchan. Vuélvase hacia ellos, se lo ruego...
Petit Louis obedeció, pero su mirada se volvió instintivamente otra vez hacia el presidente.
—Quería decir que durante toda nuestra infancia, mi hermana y yo hemos dormido en la misma habitación que mi madre y el viejo Dutto...
Volvió la vista a la sala, donde acababa de levantarse un denso murmullo y recorrió con la mirada todas las filas de rostros. El presidente dio un golpe en su bufete con una regla plana.
—¡Advierto que no toleraré ninguna clase de manifestaciones de dondequiera que éstas procedan!
Los periodistas se apresuraron a escribir febrilmente y Petit Louis, terminado el incidente, volvió a encerrarse en sí mismo.
—Lamento que haya sentido necesidad de hablar de la manera que lo ha hecho de la infortunada criatura que vamos a ver dentro de unos momentos. Testigos de cuya honradez no cabe ninguna sospecha han confesado que consideran a madame Bert una santa y añaden que usted ha demostrado los peores instintos a lo largo de toda su infancia...
Los labios de Petit Louis volvieron a abrirse para dejar paso a una sonrisa desdeñosa. El presidente quedó un instante en suspenso, dispuesto a discutir con Petit Louis como lo hacen dos hombres en la calle o el café.
—Recordará que siendo todavía niño cometió un buen número de hurtos...
El joven respondió condescendiente:
—Sí, señor presidente,..
—¿Lo admite?
—-Es decir, señor presidente...
—¿Admite también que fue expulsado de la escuela de Farlet?
—Sí, señor presidente.
—¿Y que siendo todavía muy joven empezó ya sus aventuras amorosas...? ¿Y que frecuentaba ciertos lugares a una edad en la que por lo general...?
—Desde que pude, señor presidente.
De nuevo se oyeron risas y el magistrado amenazó con desalojar la sala. Luego siguió recitando:
—Desearía que nadie olvidara que la sombra de una muerta preside estos debates...
El defensor número uno aprovechó para decir:
—¡... y que mi cliente se juega la cabeza!
Petit Louis le miró desconcertado. Y siguió observando al presidente en espera de un nuevo ataque. Las togas no le impresionaban, lo que le ponía nervioso eran los gestos instintivos del procurador que no cesaba de retorcer las puntas de sus bigotes blancos. Sentía necesidad de pedirle que se estuviera quieto porque le estaba distrayendo.
—Tomo nota también de que ha sido un cliente asiduo de las casas de prostitución...
—... como más de la mitad de los franceses —comentó el abogado a media voz.
Petit Louis sonrió y el presidente dudó si debería llamarle al orden.
—Más tarde prefirió otro papel al de simple cliente e intentó vivir de las mujeres, es decir, de su prostitución para ser más exactos.
—Señor presidente, veo en la sala por lo menos diez a los que no se les conoce otro oficio y, sin embargo, nadie les acusa de haber matado a Constance Ropiquet.
El público se agitó. Cada cual se volvió a mirar a su vecino. El procurador salió al paso en ayuda de su colega y gritó con indignación:
—Es la primera vez que contemplo un caso semejante de cinismo en todos los años de mi carrera...
—Cuando le acusan a uno de haber matado a su amante...
—¡Silencio! ¡Silencio allá en el fondo u ordeno desalojar la sala inmediatamente...! Guardias, hagan salir a las personas que vean hacer el menor comentario... ¡Es intolerable! ¿Estamos en un tribunal o en una caseta de feria?
El presidente perdió su sangre fría. Sudaba mientras trataba de recuperar en vano el hilo de sus ideas.
Petit Louis, por el contrario, continuaba inmóvil, tranquilo, con la mirada triste y grave del toro que espera que le claven las banderillas.
—Me sorprende que en esta situación intente todavía ganar prosélitos. Ahora son los jurados quienes han de apreciar...
Petit Louis no tenía intención de hacer proselitismo. Estaba solo en medio de una multitud que arremetía contra él. Ellos eran más fuertes. Habían conseguido aislarlo durante un año y hacer los interrogatorios a su manera.
Pero lo que más descorazonaba a Petit Louis, era verlos recoger argumentos, Dios sabe de dónde, tan mezquinos para servirse de ellos injustamente como armas traidoras.
¿Por qué venía a decirle ahora que sólo había tenido buenos ejemplos delante de sus ojos cuando todo el pueblo sabía que Dutto era un hombre pervertido y que más de una vez lo habían sorprendido desabrochándose los pantalones delante de las niñas y de su misma hermana entre otras? Y por las noches, ¿no dejaba la lámpara del dormitorio encendida intencionadamente?
Petit Louis habría deseado hacer una pregunta, puesto que hablaban de las casas de prostitución con tanta complacencia... Para entrar en la sala había sido necesario proveerse de tarjetas especiales expedidas por la autoridad judicial, ¿cómo se entendía entonces que hubiera sentados en primera fila por lo menos tres patrones de estas casas, entre ellos el de la casa de Hyères, sin contar, además, una docena de chulos de fama reconocida?
¿Y qué hacían las esposas y las hijas de los magistrados junto a estos señores?
Pero lo dejó estar. Decidió de una vez por todas no disgustarse. Y no dejaba notar otros movimientos que el de sus manos que se crispaban más o menos y el de su nuez que subía y bajaba.
—Cuando encontró a madame Ropiquet comprendió en seguida el partido que podía sacar de la pasión desgraciada de esta burguesa acomodada...
—Madame Ropiquet era una mantenida — corrigió Petit Louis.
—Madame Ropiquet era una honrada viuda, cuyo único error fue su debilidad por poseer un título de grandeza, lo que me parece una manía bastante inocente...
—¿Era también una manía inocente recibir dos mil francos mensuales de un viejo que, por otra parte, se ha suicidado?
Desde su sitio habría podido observar la frase que escribían los periodistas en su cuaderno de notas: el cinismo increíble del acusado... Pero ¿por qué diablos hacían aquí santo a todo el mundo menos a él? ¿No había asistido desde su cuarto a escenas indignas y grotescas que tenían lugar durante las visitas del viejo funcionario jubilado? ¿Y esto era el proceso?
—Recomiendo al acusado que modere sus expresiones y que se abstenga de poner en entredicho a personas que ya no pueden defenderse...
El reloj avanzaba con lentitud y Petit Louis, después de una hora de interrogatorio, sentía húmeda su piel. Los periodistas apremiados por la tirada de su periódico salían a hablar por teléfono. Se les veía ir y venir, ofrecerse caramelos y cargar sus plumas.
—¿Confiesa que la noche del dieciocho de agosto se separó de madame Ropiquet hacia la medianoche en el restaurante de La Régence donde habían cenado juntos?
—Pero no la dejé sola...
—No es ésa la respuesta. Conteste a mi pregunta...
—No la dejé sola —insistió—. Pero un policía, un inspector de la Sûreté, que no estaba allí por casualidad, ha omitido en su informe que había otras personas en la mesa. Puesto que le molesta, no voy a hablar de monsieur Parpin, pero quiero preguntarle al inspector Mine quiénes eran las personas que nos espiaban desde fuera...
—La pregunta se hará al testigo cuando comparezca a prestar declaración. Pero, ¿por qué cogió usted un autobús en marcha y saltó de él antes de que llegara a la parada, en un lugar completamente oscuro?
Petit Louis, confundido, no respondió. Acababa de descubrir en la sala a unos hombres de la banda, seguramente enviados por Gène y los de Marsella.
—Luego le vieron en un cabaret de mala fama divirtiendo a los clientes con juegos de manos hasta las tres de la madrugada. ¿Qué hizo después? Más o menos fue así: vino a Niza, entró en el apartamento de madame Ropiquet, usted tenía una llave...
—Fui a Saint-Raphaël en el coche de unos ingleses — afirmó Petit Louis.
—¡Silencio! Usted hablará cuando yo le ceda la palabra... Esto es, volvió a Niza y, como madame Ropiquet no se mostraba muy generosa con sus caprichos desde hacía algún tiempo, porque estaba harta de una unión tan escandalosa, usted la amenazó para apoderarse de...
—Su afirmación no tiene sentido, señor presidente...
Y siguió diciendo con voz apagada:
—No tienen la menor idea de cómo ocurren estas cosas. En primer lugar, Constance no estaba harta de mí, al contrario, estaba más ligada a mí que nunca, hasta el punto de presentarme como su sobrino a su viejo amante y organizar una cena todos juntos, incluida Louise Mazzone, para celebrar su cumpleaños...
—Una fiesta familiar... —dijo con ironía el presidente.
—Si hubiera querido coger alguna cosa no habría tenido nada más que hacerlo. Era el dueño de todas sus llaves y pasaba muchos ratos solo en el apartamento. ¿Qué necesidad tenía de matarla?
—El hecho existe, sin embargo. Usted la ha matado. Si no, ¿cómo se explica que unos días más tarde tuviera usted en su poder su abrigo de visón y todos sus papeles, incluido su carnet de identidad?
Se hizo un momento de silencio. Petit Louis levantó la cabeza y preguntó:
—¿Y las joyas?
—¿Qué joyas? —preguntó, con sorpresa, el magistrado.
—Además del abrigo de visón, tenía joyas y éstas estaban en el apartamento. ¿Qué ha sido de ellas? Puesto que han encontrado huellas de tantas cosas, ¿cómo no hay ninguna pista de éstas cuando la mayor parte de los joyeros de Niza son confidentes de la policía?
—Por favor...
Petit Louis hizo un gesto que quería decir...
—¡Qué importa! Usted sabe que es verdad...
Y siguió:
—En el apartamento también había dinero. Louise Mazzone puede confirmarlo... Si yo hubiera matado a Constance Ropiquet, habría cogido el dinero y no me habría visto obligado a robar un bolso de mano al día siguiente en la Promenade des Anglais...
Todos los ojos se abrieron a un tiempo. El presidente se agitó:
—Perdón. Ahora se ufana de otro robo que no había confesado...
—Porque nadie me lo ha preguntado. Hasta ahora sólo se me han hecho preguntas sobre cuestiones estúpidas o sobre idas y venidas sin ninguna trascendencia...
Su abogado movió la cabeza en señal de desaprobación. Petit Louis buscó en sus bolsillos y sacó la medalla de san Cristóbal.
—Mire, esta medalla estaba en el bolso que contenía además trescientos francos y que tiré al mar después de sacar el dinero. Con un anuncio en el periódico será fácil encontrar a la dueña y ella podrá decir...
La sala se apasionó. Esperaban nuevos choques entre Petit Louis y el presidente que empezaba a perder su equilibrio.
—El Tribunal no permitirá que continúe esta burda maniobra —exclamó el procurador de los bigotes que salía en auxilio de su colega—. El acusado ha tenido tiempo durante la instrucción de dar a conocer...
—¡No me han dejado hablar...!
—¡Silencio! Demos por terminado el incidente y continuemos el interrogatorio.
Pero el presidente había perdido el rumbo y, después de consultar sus notas sin éxito, prefirió anunciar la suspensión de la audiencia durante diez minutos, lo que permitiría a los asistentes ir a refrescarse a los bares cercanos.
Algunos se desviaron al salir para ver de cerca a Petit Louis y el patrón de la casa de Hyères le dirigió al pasar una mirada.
Por la tarde, después de la segunda audiencia, el más famoso de los cronistas judiciales comentó a sus compañeros, mientras, recogía sus papeles desparramados sobre la mesa:
—¡Le condenarán a veinte años!
La multitud se dispersó en medio de un gran barullo, Petit Louis subió al coche celular y fue devuelto a su celda, donde le esperaba el contable que parecía celoso de su fama.
Al día siguiente había doble cantidad de público. Sobre todo más trajes claros.
En la sala de espera pintada de gris, Petit Louis repasaba los periódicos que le había traído su abogado:
El acusado respondió con un irritante cinismo al interrogatorio del presidente...
—Lo había previsto. Ha puesto a la opinión pública en contra suya...
—¿No han encontrado todavía a Louise...?
—Se han enviado telegramas a distintas ciudades. Se ignora su dirección actual...
¡Como si la policía pudiera ignorar la dirección de una prostituta! ¡Como si, desde antes del proceso, no hubieran podido asegurar su presencia en Niza durante estos días!
¿Por qué no confesaban francamente que no querían contar con ella como testigo? Porque tal vez se vería obligada a contestar algo que no querían oír... Y preferían toda esta barahúnda de testigos quejumbrosos que venían a declarar, como la madre de Petit Louis, que el joven la había amenazado hacía diez años... o bien que...
Petit Louis seguía inmóvil y miraba ahora a los testigos a los ojos, como había mirado antes al presidente.
—Levante la mano derecha y diga: Lo juro.
—Lo juro.
Vino luego una tendera que creía haber visto a Petit Louis por las calles de Farlet escondiendo un paquete voluminoso.
—Diga: Lo juro.
Y juró. Pero se hizo tal lío de fechas que cuando el abogado le formuló preguntas concretas confesó que el encuentro a que ella se refería había tenido lugar la víspera de la feria de Farlet, es decir, un mes antes de la muerte de Constance Ropiquet.
También un chófer de taxi confundió la fecha. Pretendía haber llevado a Petit Louis a Villa Carnot y afirmaba haber cargado un pesado baúl de modelo desconocido. Era un hombre con un marcado acento ruso. Petit Louis le miró de arriba a abajo y aseguró no haberlo visto en su vida.
—¿Qué es lo que le hace pensar, a un año de distancia, que el hecho que usted atestigua ocurrió el veintiuno de agosto?
—Que era sábado y el domingo fui a Montecarlo. Por el camino tuve una avería. He encontrado la factura del garaje...
—¿Dice que era sábado?
—Estoy seguro.
—Entonces no pudo ser el veintiuno de agosto porque éste cayó en lunes.
La historia se prolongaba demasiado. Las viejas señoritas que habían vendido los guantes discutieron con dos fotógrafos que intentaban retratarlas. Las gentes se distraían con los acontecimientos y los periodistas dibujaban croquis en sus cuadernos de notas para matar el tiempo. Petit Louis era el único que no se permitía un momento de distracción y, de vez en cuando, se inclinaba hacia los abogados para sugerirles alguna pregunta que hacer a los testigos.
Cuando le tocó el turno al inspector Mine, Petit Louis se concentró más aún con el rostro tenso por la atención.
—¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
—¡Juro!
Y el «Calamitoso» dirigió una mirada, solo una, a Petit Louis.
—¿Qué sabe usted del asunto Ropiquet?
—Como inspector de la Sûreté no me ha tocado ocuparme de este asunto. Pero ocurrió que el viernes dieciocho de agosto, una vez terminado mi servicio, entré al restaurante de La Régence donde encontré a Petit Louis en compañía de otras personas.
—¿De cuántas personas? —preguntó el abogado.
Pero el presidente le llamó en seguida al orden.
—Le ruego, señor abogado, que no pregunte directamente al testigo. Las preguntas ha de hacerlas a través mío como manda la ley. Pregunto pues al testigo cuántas personas acompañaban a Petit Louis...
El joven sentía que las venas de las sienes iban a estallarle. Tenía los codos apoyados en el borde del palco y la barbilla entre las manos, como un animal al acecho.
—Tres...
Petit Louis habló con su abogado. Éste se levantó.
—Señor presidente, desearía preguntar al testigo de qué conoce a Petit Louis.
El «Calamitoso» miró a su alrededor con cierto embarazo mostrando sus dientes amarillos.
—Me había ocupado de él anteriormente en un interrogatorio. ..
—¿Puede decirnos el testigo la causa de ese interrogatorio?
—Creo... Es decir, debo guardar silencio apoyándome en el secreto profesional porque este asunto no está todavía archivado.
—Si este asunto no tiene relación con el caso de madame Ropiquet...
Petit Louis estiró el cuello, abrió desmesuradamente los ojos, como si hubiera querido instar a Mine por todos los medios a decir la verdad.
—No lo creo...
—¿Está seguro?
—El testigo —intervino el presidente— está en su derecho de apelar al secreto profesional.
Petit Louis se puso en pie.
—Ordeno al acusado que se siente.
—Pero...
—Le ordeno que se siente.
Los que estaban más cerca de él, vieron una lágrima, la primera, la última también, empañar los ojos del reo, una lágrima de rabia e impotencia.
El hombre que podía salvarle estaba allí, a unos metros de él, rodeado de periodistas y fotógrafos, estaba allí con su traje de paño oscuro, el sombrero en la mano, la miraba avergonzada de hombre de acciones bajas...
El presidente presintió el peligro y se apresuró a preguntar:
—¿Ninguna otra pregunta?
Petit Louis cogió al abogado con vehemencia por el hombro y le dijo algo en voz baja, mirando al policía con unos ojos que querían traspasarle.
—Una pregunta más. ¿Puede decirnos el testigo qué le dijo aquella tarde el acusado?
—Mis recuerdos no son muy precisos. No me ocupaba de él en ese momento ni he vuelto a ocuparme después. Pero creo que me habló de unas personas que le querían mal y que temía encontrárselas en la Avenue de la Victoire.
—¿No citó ningún nombre?
—No recuerdo...
—¿No eran los nombres de unas personas implicadas en un asunto anterior, precisamente ese que acaba usted de apuntar?
—Pido autorización para no responder. Insisto en que ese asunto aún no está concluido.
—¡Naturalmente! —aprobó el procurador.
—¿Los señores jueces no desean hacer ninguna pregunta?... El testigo puede retirarse. La corte, inspector Mine, le agradece la imparcialidad y honradez de que ha dado prueba.
Petit Louis despotricó tan fuerte como pudo hacia todo y contra todo, luego se cogió la cabeza entre las manos y se quedó así durante más de diez minutos, sin moverse, sin llorar y seguramente también sin pensar...
Cuando levantó la cabeza su mirada había cambiado. Parecía haberse desinteresado de todo cuanto ocurría allí. Y, como hacía de niño en la escuela, siguió primero el vuelo de una mosca y luego las líneas de un dibujo incoherente que trazaba un periodista que no tenía otra cosa que hacer.
Cuando trajeron la plancha y la sala se estremeció, él se limitó a echar una rápida ojeada a la prueba que iba a aplastarle. Luego siguió murmurando en silencio que todo aquello era falso. Precisamente estaba allí por haber tomado excesivas precauciones.
La plancha había sido examinada por varios expertos. Éstos desfilaron por la sala, pero Petit Louis no tuvo ningún interés en escucharlos.
—¿Cree el testigo que esta plancha ha servido para...?
Le hacía daño ver cómo se equivocaban, cómo se afianzaban a un error con una solemnidad ridícula y reconstruían los acontecimientos como no habían ocurrido.
Gentes de seriedad reconocida dejaban al descubierto un alma de bufón y oyéndolas tenía ganas de reír.
—No olvidemos, señores, que el alma de una muerta...
Allí no olía a muerto. La verdad era que no olía a nada y en cuanto acabaron los enfrentamientos entre presidente y acusado aquello se hizo monótono. Tanto que Petit Louis oyó a un periodista que decía a uno de los abogados:
—A ver si preparáis algún incidente a eso de las tres para darme oportunidad de hacer una tercera edición de mi periódico...
La llegada de madame Bert provocó numerosos cuchicheos y el presidente quiso dar a la actuación de la testigo un matiz sentimental;
—Le pido perdón, señora, por imponerle una sobrecarga de dolor, pero es imposible...
Ordenó que le trajeran una silla y rogó a los fotógrafos que no perdieran de vista el pudor. No había visto a Petit Louis. No sabía de qué lado volverse, pero él había clavado en ella sus ojos sin lágrimas.
—Le ruego que haga un esfuerzo y diga a los señores jurados... Vuélvase a la derecha... Diga lo que sabe de este desgraciado asunto...
—Señor presidente...
—Diríjase a los jurados...
—¿Qué quiere usted que yo diga? Soy muy desgraciada... A veces me pregunto qué habré hecho yo a Dios para que me castigue de esta manera... Si no fuera por el señor periodista que me ha recogido en su casa para hacer las faenas, a pesar de mis piernas... ¿Qué van a hacer con mi hijo?
—Lo que los señores jurados desean saber es por qué su hijo le causó mala impresión cuando fue a visitarla el sábado diecinueve de agosto.
—¡Y yo qué sé! Ese canalla de Dutto estaba a punto de morir... Creo que discutimos...
La mujer siguió hablando con su voz chillona de vieja:
—¿Dónde está?... Yo no creo que él haya hecho eso... Ni su padre ni su madre le han enseñado a vivir mal...
Suspiró y lloró sin atreverse a abrir su bolso de mano para sacar el pañuelo.
—¡No! Estoy segura de que él no ha hecho eso...
Era un rostro arrugado montado sobre un paquete de refajos y faldas negras que olían a baúl cerrado y a alcanfor. El presidente interrogó al procurador con la mirada.
—Creo que es inútil prolongar esta penosa escena. Puede usted retirarse. ¡Guardias! Ayuden a salir a la testigo.
Petit Louis no se movió, pero cuando la vio a un metro de la puerta, se puso en pie y gritó con voz clara, desafiando a la sala con su mirada serena:
—¡Mamá! ¡Te juro que yo no la he matado!
La mujer quiso ir hacia él, pero le cerraron el paso y antes que pudiese impedirlo se encontró en el pasillo mientras el presidente seguía diciéndole:
—... Tendrá una entrevista con su hijo al final de la sesión...
Por lo demás... Un abogado había traído caramelos ácidos, de vez en cuando le pasaba uno a Petit Louis... Al final de la sesión, el presidente tenía dos caramelos ácidos envueltos en papel rosa encima del informe...
—¡Veinte años! —insistió el cronista parisién—. ¡Ya lo veréis!
Incluso hicieron apuestas.
Pero todavía tenían que escuchar al notario de Orleans, a la chica de Mentón, a la empleada de Correos y a la portera de Villa Carnot.
Niuta no se presentó. Envió un telegrama desde Salzburgo donde pasaba unos días con su madre.
Era tanto su despecho que dos o tres veces estuvo tentado de confesar la verdad. Diría el lugar del puerto donde...
¿Y luego qué? El juicio sería aplazado de nuevo hasta completar las investigaciones. Y estas investigaciones no conducirían a más que a añadir horror al tema y presentar a Petit Louis como un descuartizador.
Su abogado le dijo:
—Conseguiremos el sobreseimiento por asesinato porque no hay ninguna prueba, pero cargarán las tintas por robo, abuso de confianza, falsificación y uso de la falsificación... Entre cinco y diez años...
¿Qué había ocurrido para que, al final de la comedia, Petit Louis asistiera a ella como si fuera un mero espectador? Y cuando hablaban de los acontecimientos del año anterior, de Constance, de Villa Carnot, de Louise, le costaba trabajo creer que era él quien había vivido todo aquello.
No acertaba a comprender cómo habían ocurrido todas estas cosas ni por qué. Hablando del presidente le había dicho a uno de sus abogados:
—¡Ese hombre me cansa!
Lo que para un meridional quiere decir:
—¡Ese hombre me enferma!
Y también:
—¡Ese hombre me fastidia!
Así era, en realidad. Todos le mareaban pero, más que ninguno, el procurador de los bigotes que de vez en cuando intentaba poner unas gotas de moral espiando las reacciones de las damas o dejando caer alguna frase rebuscada sobre la sociedad y el deber sin quitar el ojo a los periodistas.
¿Qué harían todas estas personas en sus casas y fuera de sus casas?
Los testigos seguían su desfile como agua que sale por un grifo. Al final quedaban trece y no sabían qué hacer con ellos. Estaban en el tercer día, el día siguiente era domingo y querían acabar a toda costa...
Pasaron rápidos. Les hicieron jurar, no les preguntaron nada y los hicieron salir a galope.
Petit Louis se quedó solo con su mirada serena y despreciativa. En algunos momentos se encontraba lejos de la sala pensando en otras cosas, por ejemplo arrepintiéndose de no haber entregado la sortija a la sirvienta de Porquerolles porque así habría escapado al embargo.
Tenía veinticinco años... Miraba a los jurados uno a uno, frunciendo el ceño, porque en el fondo de sí mismo tenía miedo de la pena capital.
¿No mentían sus abogados cuando hablaban de cinco o diez años? Todos mentían. Y, mientras Petit Louis cargaba con todas las culpas, ellos se felicitaban unos a otros por su honestidad, conciencia profesional, su vigilancia...
El informe estaba hueco. Sobre la cuestión principal, la única que contaba, el asesinato de la pobre Constance Ropiquet, no había ninguna prueba, ni siquiera un cadáver.
En su defecto, acumularon historias de presuntos robos, casas de prostitución, malas compañías, instintos perversos...
—No cree que sería sensato...
Pero Petit Louis no dejó acabar a su abogado.
—¡También usted me marea!
Cuando el procurador expuso su requisitoria, deteniéndose al final de cada frase como el que espera un aplauso, lo hizo con energía. Al final estaba rojo, con la frente empapada en sudor pidiendo la cabeza de Petit Louis.
Bebió un vaso de agua. Luego cedió la palabra a un abogado, después a otro. Petit Louis espiaba los gestos de la multitud, cada vez más compacta, nutrida por gentes venidas cualquiera sabe de dónde, que acabaron por formar una masa densa, aglutinada por el sudor.
Cuando tocó el turno al juez eran las ocho de la noche y fue preciso encender las lámparas. Los abogados no tenían ya tiempo de ocuparse de su cliente. Corrían en todas direcciones. Iban de periodista en periodista y ya no era cuestión del proceso...
—¿Cuándo se marcha?
—¡Hombre, esta noche cenaremos juntos...!
—Antes voy a llamar a mi periódico...
—Ya verán como queda en veinte años... Lo he dicho desde el primer día...
—¿Usted cree?
¿Acaso merecía la pena poner en marcha durante un año este complicado mecanismo, hacer venir a las gentes de todas partes, hacerles jurar, rellenar ochocientos folios y numerosas hojas con fina escritura, legalizar firmas, manejar fórmulas oficiales, para llegar al fin a esta superchería?
—Tú también eres del norte —dijo Petit Louis a uno de los guardias.
—De Valenciennes.
—Yo he nacido allá arriba, pero no he vuelto nunca más. No he pasado de Lyon...
Prefería no pensar en nada. Y, sin embargo, era el momento decisivo en que los jurados se habían reunido para deliberar. Pero, ¿para qué preocuparse si todo estaba trucado?
Cuando el «Calamitoso» no había querido decir nada...
A falta de pruebas proclamaron:
—Es un crápula, luego la ha matado...
Por el juego de puertas que se abrían y cerraban llegaba el murmullo del exterior. Petit Louis suspiraba entonces... Luego, volvía a quedar en silencio sentado en su banco.
—¿Tienes un cigarrillo? —le dijo al guardia de Valenciennes.
Si le hubieran dejado, se habría tendido en el banco largo de la sala y no se habría levantado ni siquiera para escuchar el veredicto.
—Si supieras cómo me aburren...
No encontraba otra palabra más adecuada para expresar lo que sentía. No sentía rencor contra Gène ni «los otros» que estarían seguramente bebiendo refrescos en los bares de los alrededores en espera de la sentencia. Apenas si sentía odio contra Louise que era una arpía y que deberían haberla hecho venir.
Lo que le aburría eran todos estos señores que hablaban y hablaban, sabiendo que todo lo que decían era falso, que se daban excusas, se obsequiaban con felicitaciones y se expresaban con frases hechas por temor a no estar en regla con la ley.
—¡Ahí está! —exclamó el guardia al oír el timbre.
La gente ni se tomó la molestia de sentarse, lo mismo hicieron los periodistas. Aquello olía a marcha, a desbandada, a carrera hacia los teléfonos, a invitaciones, a aperitivos y cenas.
—La respuesta a la primera cuestión es: Sí... La respuesta a la segunda es: Sí... La respuesta a...
Petit Louis no había tenido un momento más lúcido y más sereno en su vida y hasta llegó a observar que el presidente tenía una nube en un ojo.
Su abogado se volvió hacia él:
—Ha dicho no a la premeditación... ¡Salva usted la cabeza!
—¡Ah!
Y le decía esto como si fuera algo inesperado, como si en todo momento hubiera estado convencido de que iban a condenarle a muerte.
—¿Y cómo he pedido matarla sin premeditación? — murmuró a media voz mientras todos los rostros de la sala se dirigían hacia él.
Había vuelto a recobrar su acento cínico y su aire descarado.
—Después de haber deliberado, la Corte condena...
Los periodistas dirigieron una sonrisa al que había pronosticado veinte años.
La voz del presidente siguió:
—... a veinte años de trabajos forzados, veinte años de privación del permiso de residencia, además de la pérdida de los derechos civiles y...
Los abogados no disimulaban su contento, daban la impresión de gentes que han triunfado en un asunto difícil.
—¿Tiene el acusado algo que decir...?
Petit Louis los miró a todos, iluminados por las luces de unas lámparas de modelo antiguo. Algunos se detuvieron, cuando iban a salir, para escuchar su respuesta.
Él respondió con una amarga sonrisa:
—No, señor presidente.
Y lo dijo de tal manera que pareció que los papeles se cambiaban en ese momento, que todos ellos: magistrados, jueces, periodistas, bellas espectadoras, espectadores, todos, incluidos los abogados, que de repente habían sentido la necesidad de echar a correr para ocuparse de otro asunto más urgente, que iban y venían, corriendo hacia una persona o una puerta, no tenían ningún motivo de orgullo.
Y ahora, excepto los dos guardias, nadie se ocupaba de Petit Louis. Y el de Valenciennes le dijo con filosofía:
—¡Bah! Eres joven... Cuando salgas tendrás cuarenta y cinco años... No tienes de qué quejarte...
Isola de Pescatore, agosto de 1937

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